Capítulo 33 Luz en la tormenta
Easton
Se me hace raro que el apartamento esté tan tranquilo. Jace y Theo están en el sofá, enfrascados en alguna batalla virtual que implica muchos gruñidos y algún que otro insulto amistoso. Yo no sé cómo se sacan estos la carrera porque pasan las horas muertas enganchados a la consola.
Brooke teclea en su portátil desde el sillón, con una concentración que envidio y yo intento leer un complejo artículo sobre farmacología, pero mi mente no está en la página. Está con Mia.
Ha pasado más de una hora desde que salió hacia la biblioteca. Dijo que sería rápido. Intento convencerme de que estoy paranoico, de que mi instinto protector se ha desbocado para con ella, sin embargo, una sensación de inquietud se niega a abandonarme.
—Oye, ¿Mia no tarda mucho? —pregunta Brooke de repente. Levanta la vista de su pantalla y me mira, como si me hubiera leído el pensamiento.
—Le he mandado un WhatsApp y no le llega. Tiene un solo tic —nos informa Jace, sin pausar el juego.
Justo en ese momento, el móvil de Brooke, que está sobre la mesita de centro, emite un sonido de notificación, y luego otro. Lo coge con indiferencia, lo desbloquea, entra en la aplicación de mensajería y se lleva el terminal a la oreja. Le debe haber entrado un audio.
Su expresión cambia al instante. Pasa de la curiosidad a la confusión y de ahí al pánico, en cuestión de segundos. Se pone pálida como la cera.
—¿Qué pasa, nena? —pregunta Jace un tanto preocupado.
—Mierda —susurra Brooke, con la voz temblorosa, y se levanta de un salto. Nos mira a todos para terminar fijando la mirada en mí—. ¡Easton! ¡Es Mia! ¡Tenéis que escuchar esto!
Nos agrupamos a su alrededor. El corazón me empieza a latir con una fuerza sorda en el pecho. Brooke pulsa la pantalla y la voz de Mia, distorsionada por ser un susurro aterrado, llena el salón.
—Brooke, soy yo. Perdonadme, por favor, os he mentido.
Estoy... estoy con Joe. En el Daily Grind, el café junto a la biblioteca Franklin.
No sé qué hacer, está actuando muy, muy raro y tengo miedo.
Me ha pedido que vayamos a un lugar más tranquilo, que hablaremos de todo y me dejará en paz.
No me fío de él, pero debo hacerlo. Por si pasa algo, necesito que sepas dónde estoy en realidad.
Lo siento. Lo siento mucho, por todo. Dile a Easton que me perdone, pero tenía que hacerlo.
Tenía que solucionarlo yo sin meteros a vosotros en medio.
La sangre se me hiela en las venas. Su voz asustada, su disculpa… Joder.
—Hay más —dice Brooke, le tiemblan las manos al pulsar el siguiente archivo. Es una grabación de audio.
El silencio en el salón es absoluto mientras la voz de Joe, falsamente amable al principio, y luego cada vez más obsesiva, inunda la estancia.
Escuchamos sus preguntas sobre la medicación de Mia, sobre el «rechazo», sobre su delgadez, sobre el «regalo preciado» y la «responsabilidad sagrada».
Cada palabra es una puñalada. Esto no es un ex pesado.
Esto es otra cosa. Algo oscuro y retorcido.
—¡Vamos! —grito, antes incluso de que termine el audio, entrando en modo crisis—. ¡Al café! ¡Ya!
Salimos los cuatro del apartamento como una exhalación, bajamos las escaleras de dos en dos. No pensamos, solo corremos, yo con la voz de Mia y la de ese cabrón resonando en mi cabeza. Irrumpimos en el Daily Grind con el corazón en la garganta, barriendo el local con la mirada.
No están.
—Perdona. —Oigo a Brooke que habla con la camarera. Voy hacia ella—. ¿Por casualidad no habrás visto a una pareja que estaba aquí no hace mucho? Ella es rubia, alta y menuda. Él es de complexión atlética, con la piel café con leche…
—Sí, estaban en esa mesa del fondo —nos dice, al señalar una mesa donde hay una botella de agua a medias y un vaso con el resto del contenido—. Se fueron hará… no sé, ¿diez, quince minutos?
Salimos de nuevo a la calle, la desesperación empieza a arañarme por dentro. Miramos los cuatro calle arriba y abajo, sin saber bien qué hacer ahora.
—¡El móvil! —exclama Brooke de repente—. ¡Mia lleva tu móvil, Easton! ¡Podemos localizarlo!
Jace saca su teléfono de inmediato y abre la aplicación de búsqueda de dispositivos a toda velocidad.
Se lo quito de las manos. Los dedos me tiemblan sobre la pantalla.
Cuando introduzco mis datos, un punto parpadea en el mapa.
No está lejos, a cinco kilómetros, en una carretera secundaria que sale del campus.
—Jace, ¿podemos coger tu coche? —No hace falta que me responda. Sale al trote hacia el apartamento, lo tiene aparcado allí.
El GPS nos guía hasta una curva solitaria, rodeada de árboles.
No hay nadie, no hay ningún vehículo parado.
Nada de nada. Empezamos a buscar por el suelo cuando entendemos que puede estar tirado en algún lugar cerca de donde nos encontramos.
Y entonces lo vemos. En el arcén, junto a la hierba húmeda.
La pantalla está hecha añicos, como si lo hubieran lanzado con fuerza desde un coche en marcha.
Ahora sí que siento un pánico frío y paralizante. La última conexión con ella, rota. Joe sabía que podíamos rastrearlo. O simplemente se deshizo de la única forma que tenía Mia de pedir ayuda.
—¡Mierda! —chillo con todas mis fuerzas. Me doblo por la mitad y grito de impotencia. Maldigo cada célula de ese ser. Como le haga algo…
Oigo los sollozos de Brooke y a Jace que le susurra palabras tranquilizadoras.
—Eh, tío. —Theo, me aprieta el hombro—. ¿Estás bien?
Me yergo y me aparto. No quiero que nadie me toque, no quiero que nadie me tranquilice.
—Estará bien, tío. Esto no quiere decir nada —sigue él, para calmarme.
—Déjalo, Theo. —Sí, soy un borde con él, pero ahora mismo mataría a cualquiera. Todos somos conscientes de que no pinta muy bien que haya tirado el móvil.
—Quizá… —vuelve a intentarlo.
—Volvamos a casa. Quiero estar allí por si vuelve —lo corto en seco.
La vuelta es silenciosa, estamos todos derrotados a la par que aterrados por cómo puede estar sucediendo todo.
Al llegar, Brooke se deja caer en el sofá, se tapa la cara con las manos y empieza a llorar de nuevo.
Jace enseguida la arropa y Theo no sabe qué hacer y va arriba y abajo del salón resoplando.
Levanta la cara del hombro de Jace, donde la tenía enterrada y me pregunta con ansiedad en la voz.
—¿Vas a llamar a su padre?
—No —niego con rotundidad.
—Pero, Easton, ¡esto no se trata de una puñetera broma! Se la ha llevado, joder. ¿Hasta cuándo quieres esperar? ¿Hasta que pase algo realmente malo?
—Si llamamos a su padre, entrará en pánico y moverá sus hilos, quizás la policía se precipite. Hay algo en esta grabación que no cuadra.
—Easton, Brooke tiene razón —la secunda Theo—. Debemos avisar a su familia.
—Dejadme pensar, por favor. Quizá estemos exagerando, Mia vuelva dentro de una hora y habremos montado un circo para nada. Démosle un poco de tiempo mientras yo intento averiguar algo. Por favor.
Los tres me miran con dudas. Brooke no deja de mover la pierna y se muerde el labio con saña. Jace y Theo me miran con cara de: «Tío si no lo llamas la vas a cagar a lo grande».
¡Joder! Gruño y me tiro del pelo. Tienen razón, hostia puta.
—Está bien, llámalo. ¿Tienes su número?
No termino de decirlo y Brooke ya está marcando.
—Sí, Mia me lo dio por si algún día se descompensaba, la tenían que ingresar y ella no podía llamar para informarlo.
Pone el manos libres. Un tono. Dos… Y salta el buzón de voz.
—En este momento no le puedo atender. Me pondré en contacto con usted tan pronto como me sea posible.
—Vuelve a marcar, nena —le pide Jace, también de los nervios.
Ella no se lo piensa dos veces y repite el proceso con el mismo resultado.
—Seguramente esté reunido. Ese hombre vive en junta casi perpetua —les digo.
Miro el reloj, desesperado.
—Brooke, ¿me dejas tu móvil? Quiero volver a escuchar el audio —le pido ya con la palma de la mano hacia arriba.
Brooke me lo cede sin rechistar. Me siento en el sillón y me pongo la grabación que ha enviado Mia. Una vez y otra. Las palabras de Joe se me antojan perturbadoras. ¿Por qué esa insistencia en su salud física, en el cuidado que debe llevar por el trasplante?
Escucho la grabación una vez más, me sé su diálogo de memoria, pero sé que si Mia envió esto es porque ella se dio cuenta de algo o tuvo un presentimiento.
Tengo que encontrar una pista en la voz de ese loco, un hilo del que poder tirar para saber qué planea ese demente.
Su discurso suena como si fuera un folleto de donación de órganos.
Y su obsesión con los inmunosupresores… Es que pone los pelos de punta.
Normal que Mia sonara aterrada en su mensaje.
Hay algo en él, algo retorcido, y la idea que se empieza a formar en mi cabeza es tan imposible que mi cerebro se niega a aceptarla, pero encaja.
Encaja de una forma horrible. Y si tengo razón…
si tengo razón, Mia no solo está con un acosador. Está con un puto perturbado.
Me levanto de golpe. Necesito moverme, necesito confirmar esta sospecha horrible que de repente me está ahogando.
—Puede que tenga una pista —les digo a todos, que me miran como si fuera un marciano—. Una corazonada muy jodida. Me voy al hospital.
Jace se levanta también.
—¿Al hospital? ¿Para qué? ¿Vamos contigo?
—¡No! —Lo freno, a la vez que vuelo al recibidor para coger mis llaves y el abrigo—.
Vosotros quedaos aquí por si vuelve. Brooke me llevo tu móvil para que podamos estar en contacto.
Llamadme enseguida si aparece. ¡Mierda! —Mi agenda telefónica está en mi teléfono, lo cojo.
Me tiemblan tanto las manos que casi no acierto a desbloquear la pantalla destrozada.
Intento que Siri me cante el teléfono que busco, pero es una opción vetada para la asistente virtual.
No tengo más remedio que ordenarle que me busque el contacto que me interesa y cuando me lo muestra, bajo la mirada atenta de mis compañeros de piso, me lo apunto en el dorso de la mano con un bolígrafo que me tiende Theo.
La tinta se corre un poco por el sudor frío, es legible igual, sin embargo, lo memorizo por si acaso.
—Por favor —se me rompe la voz, aunque me importa una mierda—, por favor, por favor…
Llamadme enseguida si vuelve. Decidle que no se preocupe por nada, que no tiene nada por lo que disculparse.
Que entiendo por qué lo ha hecho. Decidle que me muero por abrazarla y…
—trago saliva, siento el nudo en la garganta como si fuera algo sólido, y miro a Brooke sabedor de que ella entenderá la magnitud de mis palabras—.
Y decidle que la quiero, joder. ¿Me oís? Decidle que la quiero.
Jace asiente, con el rostro completamente serio por una vez. Theo da un paso adelante y me pone una mano firme en el hombro.
—Volverá, ya lo verás. Esto habrá sido la anécdota del año y nos reiremos de ello. Ve, tranquilo. Nosotros nos encargamos de todo aquí.
Aprieto los labios porque ojalá esa afirmación se hiciera realidad. Les lanzo una última mirada.
—No sé si voy a tardar mucho en volver; si en dos horas no aparezco por aquí y Mia sigue sin dar señales de vida y no habéis logrado contactar con su padre, llamad a la policía.
Salgo del apartamento y bajo las escaleras al trote.
Una vez en la calle, no me detengo. Saco el móvil de Brooke mientras camino a toda prisa hacia el hospital y marco el número que he memorizado antes.
Es de Leo, un residente de segundo año que me debe una muy gorda desde que le cubrí en una guardia que se saltó porque estaba de fiesta en la otra punta del país.
Rezo para que hoy tenga turno y si no es así, lo obligaré a ir al hospital.
Pulso «llamar». El aparato suena una, dos, tres veces. «Cógelo, vamos…», rezo mentalmente.
—¿Sí? —responde con voz cansada.
—Leo, soy Easton. Necesito un favor. Uno muy gordo.
—Joder, Easton, estoy hasta arriba de…
—Es de vida o muerte, Leo —lo corto desesperado—. No hay tiempo para explicaciones. Te lo pagaré con lo que quieras. Con mi puta mano derecha si hace falta. Pero necesito tener acceso a información de un archivo de datos protegidos.
Hay un silencio al otro lado de la línea, solo roto por el sonido de un teclado de fondo.
—¿Tú estás loco? —susurra alarmado por lo que le acabo de pedir—. Sabes que eso es imposible.
—No te lo pediría si no fuera importante.
—Easton, nos jugamos la carrera…
—¡La vida de Mia está en peligro! —grito enfurecido, como si supiera de quién le hablo. Me detengo bajo una farola—. Por favor, Leo, te lo suplico. Solo es un nombre.
Otro silencio, más largo esta vez, hasta que oigo cómo suelta aire.
—Joder, Easton. Me cago en tu madre, colega. Te odio por meterme en esto.