Capítulo 32 Migas de pan #2
—¿Lista? —Se levanta, saca la cartera del bolsillo trasero de los tejanos y deja un billete de veinte dólares encima de la mesa. Demasiado para un agua, aunque no voy a ser yo la que diga nada. Tampoco me saldrían las palabras.
No esperamos la vuelta, me coge con suavidad del codo y nos dirigimos a la salida. Solo puedo rezar para que las migas de pan que he dejado sean suficientes para que alguien encuentre el camino hasta mí.
Fuera, el sol de la tarde empieza a bajar y ha teñido el cielo de tonos anaranjados y violetas. Una escena preciosa para una película de terror. Joe me guía hacia su coche, el mismo coche negro y elegante en el que me sentí tan incómoda hace meses y que ahora se me antoja una celda sobre ruedas.
Me abre la puerta del copiloto, un gesto de falsa caballerosidad que me provoca náuseas.
El cuero frío a través de mis vaqueros me da escalofríos.
Joe rodea el coche y se sienta a mi lado.
El sonido del motor al arrancar es definitivo, como el cierre de una verja.
El clic de los seguros al cerrarse me parece mi sentencia de muerte.
—Ves, ¿a que no ha sido tan difícil? —dice, mientras nos incorporamos al tráfico y nos alejamos del campus—. Solo necesitábamos un poco de privacidad.
No respondo. Tengo la mirada fija al frente y las manos apretadas en el regazo. Mi mente repasa una y otra vez los mensajes enviados a Brooke. ¿Los habrá visto ya?
—No estés tan callada, Mia —dice casi con reproche—. Pensé que querías hablar. Aclarar las cosas. Yo sí quiero. Quiero que entiendas por qué te cuido tanto.
—Tu forma de «cuidarme» es un tanto extraña, ¿no crees? No creo que agobiarme a llamadas y mensajes cuando te dejé claro hace tiempo que me dejaras en paz se pueda tildar de cuidado. —No sé de dónde saco la fuerza para rebatirlo.
—No es extraña. Es necesaria. Eres muy importante para mí. Más de lo que crees.
Esa declaración, tan críptica y a la vez tan intensamente posesiva, me hiela la sangre. El pánico me nubla la razón y, sin pensarlo, llevo la mano al bolsillo de la chaqueta y busco el móvil de Easton. Mi única conexión con el exterior, con la seguridad, con él.
Pero Joe lo ve. Su mirada se desvía de la carretera a mi mano en una fracción de segundo y se le endurece la expresión.
—¿Qué haces? —Su voz ha perdido toda la suavidad. Ahora es fría. Cortante.
Retiro la mano como si me hubiera quemado.
—Nada. Yo...
—Dame el teléfono.
—No es ningún teléfono —intento engañarlo.
—Dame. El. Teléfono.
No es una petición. Es una orden. Niego con la cabeza y me aferro a la chaqueta.
Entonces, pisa el freno de golpe y el coche da una sacudida para detenerse bruscamente en el arcén de una carretera solitaria rodeada de árboles.
El silencio que sigue, roto solo por nuestras respiraciones, es aterrador.
Se gira hacia mí en el asiento.
—No me hagas esto más difícil, Mia —dice con la voz enrabietada—. Te estoy protegiendo. No entiendes la importancia de lo que está en juego. Ese teléfono solo es una distracción. Una conexión con un mundo que no te hace bien.
—¡Estás loco! —grito, y el miedo se convierte en rabia—. ¡Déjame salir! ¡Quiero salir!
—No. Aún no. —Su calma es lo que más me asusta—.
Primero, vas a darme ese teléfono. O si no llamo de inmediato a tu padre y le cuento lo «confundida» y «perdida» que estás.
Que no te cuidas y que te va todo mal en la universidad.
Le diré que necesitas volver a casa, a un entorno seguro.
Conozco sus miedos, Mia. Sé exactamente qué decirle para que te saque de aquí hoy mismo.
¿Es eso lo que quieres? ¿Volver a tu jaula?
Su amenaza es perfecta. Sabe cuál es mi mayor terror. Sabe que haría cualquier cosa por no volver a esa vida. Las lágrimas de impotencia me queman los ojos. Estoy atrapada.
Lentamente, meto la mano, que casi no me responde, en el bolsillo, saco el móvil de Easton y se lo tiendo, sin mirarlo.
Él lo coge y lo mira con desdén. Luego, con una tranquilidad pasmosa, reanuda la marcha y cuando cogemos velocidad, baja la ventanilla eléctrica. Un torbellino de aire frío invade el coche. Y sin más, lanza el teléfono por la ventana. Oigo el ruido sordo al golpear el asfalto.
Sube la ventanilla sin añadir ni una palabra más y el silencio vuelve a encerrarnos.
—¿Adónde vamos? —Me aferro al agarradero de la puerta con fuerza y me recuesto sobre ella, lo más lejos que puedo de él.
Desvía un momento la mirada de la carretera para posarla sobre mí. La sonrisa que lucía hasta ahora se evapora y es sustituida por una seriedad que me hiela la sangre.
—A un lugar donde por fin podremos hablar. Donde entenderás por qué eres tan importante, Mia. Por qué tenemos que estar juntos.
Me quedo sin aire porque tal y como lo dice, estoy segura de que no son palabras de deseo, no son las de un ex despechado. Son otra cosa. Algo más… posesivo.
Y en ese instante, el miedo que siento muta.
Se transforma. El temor a que se repita aquella escena en este mismo coche sigue ahí, pero se ve rápidamente superado por un terror existencial mucho más grande, más profundo.
Me doy cuenta, con una claridad que me congela hasta el alma, de que no estoy con un simple chico con el ego herido.
Estoy con alguien obsesivo e impredecible que me está llevando a no sé dónde y yo solita me he prestado a ello.
Ya no temo que intente algo conmigo. Temo lo que no conozco.
Temo su calma, su lógica retorcida, la convicción en su voz de que está haciendo lo correcto.
Temo lo imprevisible de su carácter y emociones, y en esa incertidumbre, el miedo por mi propia vida se convierte, por primera vez, en una posibilidad muy real y paralizante.