Capítulo 32 Migas de pan
Mia
Viste de forma casual, con un jersey de cuello vuelto y unos vaqueros. Parece un estudiante más, un chico normal esperando a una amiga. Pero no lo es. El recuerdo de su agarre, de su aliento contra mi mejilla en el coche, aquel día, sigue demasiado vívido.
Levanta la vista, como si sintiera mi presencia y una sonrisa se extiende por su rostro al verme. Una sonrisa sincera y encantadora. La misma que usó para engatusar a mi padre. La misma que utilizó conmigo, al principio, y me hizo bajar la guardia. Me hace un gesto con la mano para que me acerque.
Respiro hondo. «Tú puedes, Mia. Sé fuerte. Acaba con esto».
Camino hacia su mesa no sin esfuerzo; las piernas parecen pesarme una tonelada.
En lo que dura el trayecto, descuelgo la mochila de la espalda, cojo el móvil de Easton y me lo meto en el bolsillo interno de la chaqueta.
No me la voy a quitar así me ase de calor.
No tengo la intención de quedarme mucho rato: escucho lo que tenga que decirme, le exijo que me deje en paz o haré que mi padre entre en juego y me voy. Fin de la movida.
Cuando llego junto a él, me quedo de pie sin saber muy bien qué hacer.
—Mia, qué bien que hayas venido —apunta con un tono suave y meloso, a la vez que se levanta un poco en un gesto cortés—. Siéntate, por favor. ¿Te pido algo? ¿Un té, quizás?
—Hola, Joe —respondo. Y me sorprende lo firme que me sale la voz—. Un agua estará bien, gracias. —Dejo la bolsa en una de las sillas vacías y me siento frente a él. Procuro que ninguno de mis gestos refleje el terror que siento.
—Estaba preocupado —comienza. Junta las manos sobre la mesa y entrecruza los dedos—. No saber nada de ti después del incendio… Y tu padre me comentó que estabas en el campus cuando sucedió, pero no quería presionarte. ¿Estás bien? ¿De verdad?
—Sí, estoy bien, Joe. Ya me ves —respondo algo cortante.
Menos mal que «no quería presionarme».
—Me alegro. Me alegro mucho —asiente, y su mirada recorre mi rostro, como si estuviera evaluando mi estado—. ¿Y qué tal? ¿Te está gustando Enfermería? —pregunta, con una expresión de curiosidad que parece hasta sincera—. Tiene que ser fascinante, aunque muy duro.
—Bien. Se le ha de dedicar mucho tiempo al estudio y a las prácticas, pero me gusta, sí —respondo, sorprendida por la normalidad de la pregunta.
—Te entiendo. Hoy en la oficina, tu padre nos ha tenido a todos con un informe de previsiones que… bueno, digamos que he necesitado cinco cafés para sobrevivir —dice, con una risa ligera, autocrítica—. Pero bueno, basta de mis dramas de oficina. Me alegro mucho de verte. De verdad.
Por un momento, una parte estúpida de mí se pregunta si quizás he exagerado, si de verdad solo quería hablar y disculparse. Su tono es el del Joe que conocí al principio: encantador, atento y amable.
—Te veo bien —continúa y su sonrisa se vuelve más íntima—. Aunque quizás un poco más delgada, ¿no? ¿Estás segura de que te alimentas bien? —entrecierra los ojos y me mira de arriba abajo.
De pronto, el ambiente ha cambiado y algo me pone en guardia, el pelo de la nuca se me eriza.
—¿Qué? —Su pregunta me pilla por sorpresa. Está tan fuera de lugar…—. Como lo normal, Joe. Estoy bien.
—¿Segura? —insiste con la cara muy seria.
Se inclina un poco sobre la mesa e, inmediatamente, me echo hacia atrás en la silla—.
Porque con tu historial, tienes que cuidarte mucho —dice, bajando la voz como si compartiera un secreto—.
El doble diría. Cualquier pequeña infección, cualquier descuido puede ser fatal.
¿A qué viene este interés por mi salud? Y así, de sopetón. Mi intuición, esa que ignoré durante semanas con él, ahora me grita. Otro escalofrío me pone la piel de gallina. Algo no va bien. Nada bien.
—Sé cómo cuidarme, Joe. Gracias. —Quiero que deje de hablar de mi trasplante y se centre en lo que nos ha hecho quedar.
—No lo dudo —se apresura a decir, y levanta las manos en un gesto apaciguador—.
Es solo que me preocupo. Mucho. Por ejemplo: sigues con los inmunosupresores a rajatabla, ¿verdad?
Porque la constancia es clave. Un solo olvido podría conllevar un desperdicio terrible.
Y la nutrición es clave para mantener las defensas fuertes.
Pero… ¿qué? ¿En serio? Esto no es normal, nada normal. Le ha cambiado la expresión, ahora con una mirada un poco ida y el cuerpo en tensión, como si se estuviera conteniendo por algo.
Mientras él sigue hablando sobre la importancia de la hidratación y de las revisiones médicas periódicas, mi mano, temblorosa, se desliza hacia el bolsillo de mi chaqueta.
Saco el móvil de Easton con disimulo, bajo la mesa.
Mi corazón late con fuerza. Mantengo pulsado el «botón de acción» del lateral del teléfono que activa la grabación de voz, una función que he descubierto al ver estudiar a Easton, que graba audios mientras recita los apuntes.
Rezo para que funcione y para que Joe no se dé cuenta.
—…porque no me perdonaría nunca que te pasara algo —sigue él con la mirada intensa, casi febril—. Eres demasiado importante, Mia. La oportunidad que se te ha dado… Hay que protegerla a toda costa.
»Pienso en el sacrificio que se hizo —continúa explicando, ajeno a mi maniobra—. Ese riñón es un tesoro. La persona que lo recibió tiene la responsabilidad sagrada de cuidarlo, de honrar esa segunda oportunidad. ¿Entiendes lo que te digo? Es una responsabilidad casi divina.
—Parece como si te lo hubieras estudiado —murmuro más para mí que para él.
—Bueno, uno lee, se informa —dice, y le resta importancia con un gesto banal con la mano, pero sus ojos no se relajan—. Por eso insisto en que la medicación es clave para evitar un rechazo.
El vocabulario que utiliza es casi clínico y me inquieta mucho. El miedo empieza a reptar por mi espalda.
—¿Por qué te interesa tanto mi medicación? —Ahora sí que no puedo evitar ni el tono ni el gesto de pánico en la cara.
—Porque me interesas tú, Mia. Y me interesa que ese regalo tan preciado que recibiste se cuide como se merece —dice, su voz baja—. Hay que protegerlo a toda costa.
—Joe, creo que te estás preocupando demasiado. Llevo años trasplantada y sé perfectamente cómo tengo que vivir —lo corto para terminar con esta locura que le ha dado de repente—. No creo que tenga que darte explicaciones de cómo lo hago.
—Bueno, no te pongas así. Creo que es un tema importante que te incumbe. Y si te incumbe a ti, como amigo, también me incumbe a mí.
—Joe, escucha… —Intento encontrar una forma de pararle los pies y terminar con esto.
—No, escúchame tú —me corta, ahora muy serio—. Tenemos que hablar de verdad. Y este no es el lugar adecuado. ¿Podemos ir a un sitio más tranquilo?
Una alarma ensordecedora suena en mi cabeza. ¿Irnos de aquí? ¿De un lugar público? Ni hablar.
—No, Joe. Creo que podemos hablar aquí perfectamente. —Mi voz tiembla un poco, pero me esfuerzo por mantenerla firme.
—Mia, por favor —insiste, y en su tono hay un matiz nuevo, una impaciencia que no intenta disimular—. Si de verdad quieres que solucionemos esto, que te deje en paz, tienes que confiar en mí una última vez. Ven conmigo. Será solo un momento. Te lo juro. Y luego te dejaré tranquila para siempre.
Me quedo mirándolo, atrapada. Si me niego, ¿qué hará? Si me levanto y me voy, ¿me seguirá? ¿Cumplirá su amenaza de buscarme? La idea de volver al apartamento y contarle esto a Easton, de admitir mi error, mi imprudencia, me aterra casi tanto como Joe.
Necesito un segundo.
Necesito pensar.
—Vale —accedo para tranquilizarlo. Pongo todo mi empeño en sonar calmada, una actuación digna de un Oscar—. Déjame ir al baño un momento y… y nos vamos.
Joe esboza una sonrisa de triunfo que me revuelve el estómago.
—Claro, ve. Te espero aquí.
Me levanto con las piernas como gelatina y camino hacia el fondo del local con su mirada clavada en la espalda.
Entro en el pequeño baño y cierro la puerta con pestillo.
No sé cómo lo consigo porque las manos me tiemblan una barbaridad.
Apoyo la frente en la madera y hago ejercicios de respiración para controlar el nerviosismo y el llanto que pugna por salir, pero que trago, no sin esfuerzo.
«Vale, Mia, tienes poco tiempo. Apresúrate», me apremio.
Saco el móvil de Easton del bolsillo. Con dedos torpes, detengo la grabación de audio que inicié bajo la mesa. Aún no sé si son imaginaciones mías o no, sin embargo, ese tono, esa especie de obsesión por mi estado… Es todo tan extraño.
Abro el chat que Easton tiene con Brooke. El pulso me martillea en las sienes. Aprieto el botón del micrófono para grabar un mensaje de voz, pero me tiembla tanto la mano que casi se me cae el teléfono.
—Brooke, soy yo —susurro—. Perdonadme, por favor, os he mentido.
Estoy... estoy con Joe. En el Daily Grind, el café junto a la biblioteca Franklin.
No sé qué hacer, está actuando muy, muy raro y tengo miedo.
Me ha pedido que vayamos a un lugar más tranquilo, que hablaremos de todo y me dejará en paz.
No me fío de él, pero debo hacerlo. Por si pasa algo, necesito que sepas dónde estoy en realidad.
Lo siento. Lo siento mucho, por todo. Dile a Easton que me perdone, pero tenía que hacerlo.
Tenía que solucionarlo yo sin meteros a vosotros en medio.
Envío el mensaje de voz, con los ojos llenos de lágrimas. Sin dudar, busco el archivo de audio que acabo de grabar y también se lo envío. Es todo lo que puedo hacer. Un SOS digital. Un grito de socorro a última hora.
Borro cualquier rastro de la conversación con Brooke y de los archivos enviados del teléfono, por si acaso. Me lavo la cara con agua fría e intento recomponerme. La chica que me devuelve el espejo tiene los ojos desorbitados por el pánico. Respiro hondo.
Salgo del baño y vuelvo a la mesa. Joe me recibe con una amplia sonrisa.