Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 31 Disculpa silenciosa #2
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Capítulo 31 Disculpa silenciosa #2

Respondo a su orden no con palabras, sino con un beso aún más profundo, tirando suavemente de su pelo en la nuca, un gesto instintivo, posesivo.

Siento una risa ronca vibrar en su pecho contra el mío.

—Veo que a ti te pasa lo mismo que a mí con el control, nena…

Y no me da tiempo a réplica, me levanta con una facilidad que me deja sin aliento e, instintivamente, enredo las piernas alrededor de su cintura, aferrándome a él. Me apoya contra los azulejos fríos de la ducha, y el contraste con el calor de su piel me hace jadear su nombre.

Este momento no es como la noche anterior, que fue un descubrimiento lento y tierno.

Esto es diferente. Es una necesidad cruda, una afirmación de lo que sentimos, una tormenta de sensaciones que nos consume a ambos.

Cada beso, cada caricia, es más segura, más intensa.

Ya conocemos el camino, y ahora solo queremos recorrerlo más rápido, más profundo.

—He traído un preservativo —le digo antes de que cometamos una locura. Menos mal que lo he cogido de su mesita.

Easton niega con la cabeza, aunque se ríe.

—Lo que yo digo… Vas a matarme, princesa.

Y mientras me entrego a él, a esta pasión compartida, una pequeña parte de mi mente, la que guarda el secreto de mi cita con Joe, se lamenta. Porque esto, esta conexión, esta intensidad con Easton, es lo único real que he sentido en la vida. Y sé que estoy a punto de arriesgarlo todo.

Nos quedamos así, abrazados bajo el chorro de agua que empieza a enfriarse, con los cuerpos temblando por el esfuerzo y la emoción. Nos va a caer una buena por haber terminado con el agua caliente. Aunque ahora mismo no creo que eso nos importe mucho.

Easton esconde la cara en mi pelo, con la respiración todavía agitada.

Yo apoyo la mía en su hombro y, aun así, noto el latido desbocado de su corazón.

El miedo a lo que vendrá después, a mi cita con Joe, sigue ahí, en un rincón oscuro de mi mente.

Pero por ahora, en este preciso instante, en la seguridad de sus brazos, no existe.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

El resto de la mañana transcurre en una especie de neblina feliz y nerviosa.

Desayunamos en la cocina con los demás, y las bromas de Jace y Theo sobre nosotros ya no me sonrojan de la misma manera; ahora hay una complicidad entre Easton y yo, una corriente subterránea que solo nosotros conocemos.

Él está más relajado, sonríe abiertamente a algo que dice Brooke y, de vez en cuando, siento su mirada sobre mí, una mirada cálida, posesiva, que meda un vuelco en el estómago.

A medida que se acerca la tarde, la ansiedad empieza a filtrarse en mi pecho, y envenena mi felicidad.

Las cinco de la tarde. El Daily Grind. Joe.

Ahora, el plan que ideé anoche hace aguas por todos lados: ¿cómo voy a salir sola de casa? ¿Cómo los convenzo de que puedo ir a algún sitio sin que me acompañen?

Sobre las cuatro de la tarde, mientras finjo buscar un libro en el salón, me armo de valor.

—Chicos, voy a salir un rato —anuncio, con todas las ganas de que mi voz suene casual.

Al instante, cuatro pares de ojos se clavan en mí. Easton, que estaba en el sillón leyendo, levanta la vista y su expresión se vuelve seria de inmediato.

—¿Adónde vas? —pregunta con cautela, aunque sé que está en alerta.

—He quedado con una chica de mi clase de Anatomía en la biblioteca Franklin. —Y al momento odio el sabor de la mentira en mi boca—. Tenemos que preparar una presentación para mañana.

—Vale, te acompaño —Easton deja el libro en la mesa auxiliar y se levanta dispuesto a salir conmigo.

El pánico me atenaza.

—¡No! No, no hace falta, de verdad. —Intento sonreír y parecer la mar de tranquila—. Es en una de las salas de estudio pequeñas, solo para dos. Sería un rollo para ti tener que esperar fuera. Además, es justo ahí al lado. Estaré bien.

Me mira con fijeza, con los ojos achinados escudriñando los míos, como si pudiera ver a través de mí que miento. Siento un sudor frío recorrerme la espalda. «Por favor, créeme. Por favor, por favor…», suplico para mis adentros.

—Easton tiene razón, Mia —interviene Brooke, siempre protectora—. Mejor que te acompañe. O voy yo contigo si quieres.

—No, de verdad —insisto, notando mi desesperación crecer—. Es un momento. Voy y vengo. Estaré rodeada de gente en la biblioteca. No va a pasar nada.

Hay un silencio tenso. Jace y Theo no se atreven a abrir la boca y Easton sigue mirándome. Por un momento creo que va a negarse, que va a insistir. Pero entonces, para mi sorpresa, suelta un suspiro y asiente lentamente.

—De acuerdo —dice, aunque está rígido. Está claro que solo quiere darme espacio y demostrarme que no me controla—.

Pero lleva el móvil. Mi móvil —corrige enseguida, seguro que al recordar que el mío ya no existe—.

Y, ¿te importaría llamar a Brooke cuando llegues?

Solo para saber que estás bien. Por favor.

—Claro —acepto, aliviada y culpable a partes iguales—. Gracias.

Cojo mi mochila —con el móvil de Easton dentro—, me despido con un gesto rápido y salgo del apartamento antes de que nadie pueda cambiar de opinión. Una vez fuera, no me dirijo a la biblioteca Franklin. Cruzo la calle y voy directa al Daily Grind, el café que está justo al lado.

La campanilla sobre la puerta de la cafetería emite un tintineo alegre que contrasta brutalmente con el martilleo de mi corazón.

El aroma a café y a pastas flota en el aire, un olor acogedor y que siempre me ha gustado, pero que hoy no logra calmar el nudo pesado de mi estómago.

Mis manos, dentro de los bolsillos de mi chaqueta, están sudorosas.

Recorro el local con la mirada hasta que lo veo.

Sentado en una mesa al fondo, junto a la ventana, esperándome.

Joe.