Capítulo 31 Disculpa silenciosa
Mia
Me despierto con el peso cálido de su brazo sobre mi cintura. Su respiración profunda y regular es un sonido tranquilizador muy cerca de mi oído. Inspiro hondo y una nube de mariposas alzan el vuelo dentro mi estómago al recordar lo que hicimos ayer.
¡Es que aún no me lo creo! Es como un sueño febril y maravilloso.
Esto sí que ha sido una primera vez, EN MAYÚSCULAS y ha borrado cualquier regusto amargo que me hubiera podido quedar de aquel beso en el hospital.
La forma en que me miró, la ternura de sus manos, la tranquilidad que imprimía en su voz…
Y yo me entregué a él. Si estuviera sola en la cama patalearía y gritaría de felicidad.
Easton empieza a removerse poco a poco a mi lado, contengo la respiración, no por miedo, sino por una anticipación que vuelve a cosquillearme en el estómago.
Se tensa un instante, como si se estuviera situando, y luego sus ojos claros se abren y encuentran los míos.
El tiempo se detiene. No hay sorpresa, no hay fastidio.
Solo una mirada profunda, somnolienta y algo que se parece a una sonrisa en el fondo de sus pupilas que expresa a los segundos en sus labios.
—Buenos días, princesa —susurra con una voz ronca de recién levantado que me provoca un escalofrío.
—Buenos días —respondo apenas en un hilo de voz.
Se inclina y me da un beso suave, lento, un beso de buenos días que no tiene nada que ver con los de ayer. Es un beso que sabe a calma, a pereza de domingo, a una nueva intimidad. Sus labios son cálidos y respondo con una entrega que ya no me asusta.
—¿Cómo estás? —pregunta, con el pulgar acariciando mi mejilla—. ¿Has descansado?
—Sí —suspiro, y aprovecho para acurrucarme un poco más contra él—. Muy bien. Hacía mucho que no dormía así.
—Me alegro —dice, y me da otro beso, esta vez más corto, en la punta de la nariz—. Yo tampoco.
La intensidad de su mirada me hace sentir un calor que se me extiende por todo el cuerpo. Entonces, suelta un suspiro exagerado y se aparta con una lentitud que parece costarle un mundo.
—Joder, Mia. —Se sienta en el borde de la cama y se pasa una mano por el pelo revuelto—. Como no me levante de esta cama ahora mismo y me meta en una ducha fría, no respondo de mis actos. Te tendré aquí todo el día y no te dejaré salir.
Su comentario, su honestidad, me arranca una sonrisa genuina. Aunque no me atrevo a decirle que yo tampoco saldría hoy de esta cama y más a sabiendas de lo que voy a hacer esta tarde.
Se levanta y se estira, y me permito admirar la musculatura de su espalda y sus brazos. Luego se gira y me guiña un ojo, un gesto tan inesperado, tan juguetón, que me deja boquiabierta.
—Ahora vuelvo —anuncia, no sin antes, apoyarse con las manos en la cama y darme otro beso antes de desaparecer en dirección al baño.
Me quedo en la cama, envuelta en el calor de las sábanas que huelen a él, a nosotros. La felicidad me burbujea en el pecho, tan intensa que casi duele, aunque el subidón me dura poco.
La realidad vuelve como una ola helada. Joe. La cita. Hoy, a las cinco.
El plan que urdí anoche y que me pareció tan necesario y valiente, hoy se me antoja una locura suicida.
La culpa me oprime el pecho. Estoy aquí, en la seguridad de sus brazos, después de la noche más íntima de mi vida, y lo estoy engañando.
Le estoy ocultando que voy a encontrarme con el mismo hombre que me provoca ataques de pánico y del que él ha jurado protegerme.
Me muerdo el labio para frenar el temblor en la barbilla.
No voy a llorar, no puedo ser tan niñata.
«Tengo que hacerlo. Es la única forma», me repito.
Tengo que pararle los pies a Joe yo misma para que esta nueva vida que estoy empezando no se vea truncada tan pronto.
Soy demasiado feliz en el campus y si el acoso de Joe va a más y tengo que contárselo a mi padre, se terminará mi libertad y esta realidad maravillosa que estoy disfrutando como nunca creí posible.
No tengo otra opción. Si cancelo la cita, Joe seguirá insistiendo, quizás cumpla su amenaza de aparecer aquí. Y si le cuento la verdad a Easton, su furia protectora lo llevará a hacer alguna locura, o peor, a insistir en que hablemos con mi padre. No puedo arriesgarme.
Y en la necesidad de aferrarme a este momento, a esta felicidad que no sé cuánto va a durar cuando Easton descubra lo que voy a hacer, antes de enfrentarme a la pesadilla de esta tarde, tomo otra decisión loca, desesperada.
Una especie de despedida silenciosa que él no entenderá, pero que yo necesito.
Con el corazón latiéndome con una fuerza desbocada, me levanto de la cama, envuelta solo en su camiseta, la misma que me dejó anoche después de hacer el amor.
Todavía me cuesta pensarlo sin que algo dentro de mí dé un vuelco.
¡Lo he hecho! ¡Con Easton! Me llevo una mano al pecho, como si pudiera contener ahí dentro todo lo bueno que siento: la felicidad, este burbujeo que me sube desde el bajo vientre y me acalora, y este yo que sé que me hace tener ganas de chillar de alegría.
Camino con pies descalzos hasta la puerta del baño, agudizo el oído y me aseguro de que el agua corre en la ducha. Me quedo quieta unos segundos, con la mano apoyada en el picaporte y el pulso golpeándome en la garganta y, sin darme tiempo a arrepentirme, empujo la puerta despacio y entro.
El vapor empaña el espejo y suaviza los contornos del baño.
La mampara transparente deja ver a Easton bajo el chorro de agua, de espaldas, con la cabeza ligeramente inclinada y los hombros relajados.
Hay algo muy íntimo en verlo así, sin muros, sin ironía, sin esa coraza que lleva pegada a la piel desde que lo conozco.
Me permito mirarlo a placer, me obligo a memorizarlo antes de hacer algo que puede alejarlo de mí.
Me quito la camiseta y la dejo caer al suelo. El aire húmedo me roza la piel y me estremezco, aunque no sé si por el cambio de temperatura o por la decisión que he tomado. Abro la mampara con cuidado y entro detrás de él.
Easton se gira de golpe, sorprendido, sus ojos claros se abren como platos al verme.
—¡Mia! ¿Qué...?
No lo dejo terminar. Pongo un dedo sobre sus labios, para silenciarlo.
Su sorpresa dura apenas un segundo, después sus ojos recorren mi rostro, no mi cuerpo, y eso me hace que lo que siento por él, crezca un poco más.
Me mira como si intentara entender qué hago aquí, como si percibiera que hay algo debajo de este impulso que tan poco me pega.
—No digas nada —susurro.
El agua cae entre nosotros, caliente, insistente. Le resbala por el pelo, por las sienes, por el cuello. Me acerco despacio y él permanece inmóvil, atento, como si esperara una señal clara antes de tocarme.
Otro gesto más que me hace caer rendida ante él. Porque Easton podría arrasar con todo, podría hacerlo fácil, podría dejarse llevar sin mirar nada más. Sin embargo, espera. Siempre espera.
Subo las manos a sus hombros y noto la piel húmeda bajo mis dedos. Él contiene la respiración.
—Mia —repite, casi sin voz.
Y lo beso. Lo beso con toda la desesperación, todo el anhelo y todo el miedo que siento.
Es una forma torpe y urgente de decirle todo lo que no puedo confesarle todavía.
Que tengo miedo. Que me siento culpable.
Que no quiero perder esto. Que, aunque estoy a punto de mentirle, lo que siento aquí, bajo esta agua que nos envuelve, es lo más verdadero que he tenido nunca.
Él responde al instante, sus manos llegan a mi cintura con cuidado, sin apretarme, solo sosteniéndome. Como si incluso ahora quisiera recordarme que puedo apartarme si quiero. Que sigo siendo yo quien decide.
Y no sé por qué eso me da ganas de llorar.
El beso se profundiza, y ya no hay rastro de la timidez de la noche anterior.
Esto es diferente. Mis manos, que antes se aferraban a sus hombros, ahora suben, y se enredan en su pelo húmedo y corto en la nuca, lo atraigo más cerca, si es que eso es posible.
El agua caliente cae sobre nosotros, un velo que nos aísla del mundo, de mis miedos, de mi plan secreto. En este momento, solo existe él.
Sus manos se deslizan por mi espalda, firmes, seguras, apretándome contra él.
Su cuerpo es duro, una pared de músculo y calor contra la que me amoldo.
El beso se vuelve más hambriento, una batalla de lenguas y suspiros ahogados que se mezclan con el sonido de la ducha.
El sabor de su boca, mezclado con el sabor limpio y casi metálico del agua, es adictivo.
Es lo único real en este torbellino de emociones.
Me separo apenas un centímetro, jadeando, necesito aire. Apoyo mi frente en la suya, nuestros pechos suben y bajan al mismo ritmo frenético. Veo en sus ojos una pregunta silenciosa, una preocupación que lucha contra el deseo que los nubla.
—¿Seguro que estás bien? —susurra, ronco, casi irreconocible.
En lugar de responder, me inclino y beso la línea de su mandíbula, saboreo el rastro del agua y muerdo con suavidad la piel, que emite el rasgueo típico por la barba incipiente de la zona. Es mi respuesta. Es el «sí» más elocuente que cualquier palabra.
Se le dilatan aún más las pupilas y sube una de las manos de nuevo a mi rostro, su pulgar acaricia mi labio inferior, hinchado por sus besos.
—Mia... joder... —Su voz es un gruñido bajo, cargado de una emoción que me hace temblar—. ¿Qué me estás haciendo? Me vuelves completamente loco, ¿lo sabes? Me cuesta horrores mantener el control contigo. En todos los sentidos.
Pero sus palabras ya no me asustan, al contrario, encienden algo dentro de mí.
Una sensación de poder, de ser deseada de una forma tan abrumadora.
Respondo a su confesión no con palabras, sino con un gesto: le cojo la mano y hago que me apriete el pecho.
Enseguida responde y me pelliza el pezón.
La punzada entre el dolor y el placer es tan abrumadora que se me escapa un jadeo.
—Shhh… si vamos a hacer esto tienes que ser más silenciosa, princesa —me pide sobre los labios.