Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 30 Después del silencio #2
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Capítulo 30 Después del silencio #2

Levanta la vista despacio, con los ojos enormes, brillantes por lágrimas no derramadas, y en ellos veo un universo de emociones: asombro, confusión, quizás un poco de miedo.

—De verdad. ¿Estás bien? —insisto, y le acaricio la mejilla con el pulgar—. ¿Te he hecho daño?

Niega con la cabeza sin vacilar, sin embargo, el labio le tiembla un poco.

—No, no me has hecho daño. Es que… —Se le quiebra la voz un poco—. Ha sido… todo. Nunca había sentido nada así. Da vértigo.

Su confesión, tan honesta, tan vulnerable, me anuda el estómago.

—¿Vértigo por mí? ¿En plan mal o bien?

Dios, espero no haberla cagado con esto. He estado muy atento a ella en cada segundo, solo quería que estuviera bien, cómoda y lo más a gusto posible. Deseo, no, ruego que haya sido una primera vez «buena». Esta sí, por favor.

—En plan bien —susurra, y sus ojos, que ahora muestran determinación buscan los míos—. Pero me asusta que sea «demasiado bien».

No sé qué hacer con eso. No sé qué hacer con ella. Con esta chica que acaba de descolocarme la vida entera y aún parece convencida de que es ella la que debería tener miedo.

—¿Por qué?

Mia baja la mirada hasta nuestras manos que ahora están entrelazadas.

—Porque no sé qué significa para ti —confiesa—. Porque hace nada me odiabas. O eso parecía. Y ahora eres… esto. Y no entiendo por qué ahora. No quiero que juegues conmigo, Easton.

Suelto una exhalación frustrada, porque tiene razón.

Joder, claro que la tiene.

Suelto el aire despacio y me paso una mano por la cara. No sé cómo explicarle algo que ni yo mismo entiendo del todo. No sé cómo poner orden a años de resentimiento, rabia, culpa y deseo que nunca he sabido gestionar.

—Yo tampoco me entiendo a mí mismo, Mia —admito, y la sinceridad me raspa la garganta—.

Solo sé que mi gilipollez para contigo ha sido como un escudo para no admitir lo que me haces sentir.

—Trago saliva para bajar la piedra que tengo ahora mismo en la garganta, suelto el aire despacio y me paso una mano por la cara—.

Era más fácil odiarte —continúo—. Mucho más fácil.

Porque si te odiaba, no tenía que preguntarme por qué me importabas.

Ni por qué me cabreaba verte mal. Ni por qué no podía dejar de mirar hacia donde estabas, aunque fingiera que me dabas igual.

Me mira con los ojos como platos, sin decir nada, procesando mis palabras.

—Easton…

—No —la interrumpo con suavidad—. Déjame decirlo, porque si no lo digo ahora, igual vuelvo a esconderme detrás de alguna estupidez.

—Me dolía que mi madre te cuidara. Me dolía sentir que siempre estabas en medio, incluso cuando tú eras una cría y no tenías la culpa de nada. Y convertí todo eso en rabia porque era más sencillo que admitir que yo también estaba roto por cosas que no sabía ni que existían.

Mia me escucha en silencio, con los ojos cada vez más brillantes.

—Y luego volviste a aparecer —digo, casi en un murmullo—. Pero ya no eras esa niña de mi cabeza. Eras tú. Terca, buena, valiente hasta cuando estabas muerta de miedo. Y yo seguí comportándome como un capullo porque no sabía qué hacer con lo que me provocabas.

Me cuesta decirlo, me cuesta más de lo que debería. Pero ya no quiero seguir huyendo.

—Siempre me has parecido preciosa. Incluso cuando me fastidiaba admitirlo.

Pero ahora no es solo eso. Es verte pelear por tu libertad.

Es verte intentar vivir, aunque te hayan enseñado a tener miedo de todo.

Es que confíes en mí después de lo mal que lo he hecho contigo.

—Se me rompe un poco la voz al final, y eso me fastidia, pero no aparto la mirada—.

No quiero jugar contigo. No podría. No después de esto.

Mia guarda silencio durante tanto tiempo que empiezo a preguntarme si he dicho demasiado. Baja la mirada y acaricia distraídamente uno de mis nudillos con el pulgar.

—Yo no sabía nada de eso —dice al fin, con la voz apenas audible—. No sabía que te habías sentido así por mi culpa.

—No fue por tu culpa. Ese es el problema.

Asiente despacio, como si necesitara unos segundos para encajar la diferencia.

—Pero tú sí me culpaste.

La frase no contiene ningún reproche, pero se me clava como un puñal en el pecho.

—Sí. —Soy incapaz de añadir nada más.

—Y me hiciste sentir como si hubiera algo malo en mí sin explicarme nunca qué era. —Levanta la mirada y el brillo de sus ojos me encoge algo por dentro—. Cada vez que me hablabas así, volvía a preguntarme qué había hecho para merecerlo. Y no encontraba ninguna respuesta.

—Porque no la había.

—Lo sé ahora —susurra—. Y entenderlo ayuda, Easton. De verdad. Pero no hace que deje de darme miedo que mañana vuelvas a levantar ese escudo y decidas que odiarme sigue siendo más fácil.

Aprieto un poco sus dedos, incapaz de apartar la mirada.

—No quiero volver a hacerlo.

—Ya. —Respira hondo y una vulnerabilidad serena se instala en su expresión—. Pero necesito algo más que querer confiar en ti. Necesito tiempo para aprender a hacerlo.

—Te daré todo el que necesites.

Mia me observa durante unos segundos, como si buscara alguna fisura en mis palabras.

—Has sido bastante idiota.

Una carcajada breve se me escapa antes de poder contenerla.

—Integral.

—Muchísimo.

—Ya.

Su sonrisa aparece despacio, tímida, pero real. Y verla ahí, después de todo, me deshace.

—Lo siento —digo, ahora sin ninguna broma detrás—. Siento cada palabra borde. Cada mirada de desprecio. Cada vez que te hice sentir que sobrabas cuando en realidad era yo quien no sabía dónde poner todo lo que sentía. Y siento lo del hospital. Mucho.

Su rostro cambia al escuchar eso. No se rompe, pero se vuelve más serio. Más suave.

—El de la fiesta fue mejor. —Un atisbo de su sonrisa tímida le ilumina el rostro.

Un carcajeo se me escapa de la garganta.

—Sí. Ese fue bastante mejor.

—Y lo que acaba de pasar —continúa ella con las mejillas sonrosadas y la mirada intensa— ha sido…

—¿Lo mejor? —termino yo por ella. Arqueo una ceja, y una calidez nueva y desconocida se me extiende por el pecho.

—Con diferencia. —Se le vuelven a encender las mejillas y yo me fundo por dentro.

Me inclino y la beso de nuevo, un beso suave, lento, un beso que ya no tiene que borrar nada, sino construir. Un beso que sabe a tregua, a confesión, a un nuevo y jodidamente aterrador comienzo.