Capítulo 30 Después del silencio
Easton
Sus palabras quedan suspendidas en el silencio de mi habitación, cargadas de una desesperación que me golpea directo en el plexo solar.
La miro, ahí de pie frente a mí, nerviosa, con toda su vulnerabilidad expuesta en esos ojos enormes y asustados.
El recuerdo de su ataque de pánico en el salón, la imagen de ella viendo a Joe desde la ventana, el modo en que se ha ido quebrando delante de mí sin llegar a romperse del todo. Todo se agolpa en mi cabeza.
Me pide una distracción.
Pero sé que lo que realmente está pidiendo es un refugio. Algo que la saque de esta realidad de mierda, aunque sea durante un rato. Algo que le recuerde que su cuerpo no le pertenece al miedo. Que su vida no es solo lo que otros han decidido por ella. Que puede elegir.
Y esa certeza me cae a plomo.
El espacio entre nosotros es mínimo y está cargado de una electricidad que puedo casi saborear, pero esta vez no quiero dejarme arrastrar por ella. No del todo. No si no estoy seguro de que Mia sabe dónde está, qué quiere y hasta dónde quiere llegar.
—Mírame, Mia —digo en voz baja.
Levanta la cabeza, se muerde el labio y tengo que hacer un esfuerzo titánico para no mirar su boca más de la cuenta.
—No pienses en él —continuo, con la voz muy ronca ahora—. No pienses en nada más que no sea esto. Aquí. Ahora. Conmigo.
Me mantiene la mirada. Hay miedo en ella, sí, sin embargo, me parece intuir confianza. Y esa confianza me cala.
Acuno su rostro entre las manos. Su piel es suave, cálida bajo mis dedos, y noto el leve movimiento de su garganta al tragar saliva.
Mis pulgares trazan círculos suaves sobre sus mejillas con cuidado.
Ojalá, con este simple gesto, pudiera borrar de su cabeza todo lo que la ha traído hasta este punto.
No puedo.
Lo sé.
No puedo borrar a Joe. No puedo borrar su miedo. No puedo borrar su vida antes de ahora ni todo el daño que su padre ha dejado en ella, sin ser consciente de ello.
Pero puedo estar aquí.
Puedo no pedirle más de lo que me quiera dar.
Puedo esperar.
Puedo hacer lo que ella quiera porque me tiene a sus pies.
—Si quieres que pare, paro —le digo, antes de besarla—. Si necesitas respirar, respiramos. Si quieres que me aparte, me aparto. Tú mandas.
Mia cierra los ojos y un pequeño suspiro escapa de sus labios. Cuando los vuelve a abrir, algo en ella se ha asentado, con precaución, pero hay una determinación en su mirada que me corta el aliento.
—No quiero que te apartes —susurra.
Joder.
Esas palabras me deshacen. No por lo que tienen de deseo, sino por lo que tienen de elección.
Me inclino hacia ella y, ahora sí, la beso.
Al principio es apenas un roce. Una pregunta. Un contacto suave que no exige nada. Mia se queda quieta durante un segundo, como si su cuerpo necesitara comprobar que esto no se parece a nada de lo anterior. Que no hay presión. Que no hay prisa. Que no hay una mano obligándola a quedarse.
Entonces respira contra mi boca y me responde.
No sé qué parte de mí se rompe en ese instante. Solo sé que el beso cambia. No se vuelve urgente de golpe ni desesperado ni salvaje. Se vuelve más hondo. Más verdadero. Como si los dos estuviéramos dejando de pelear contra algo al mismo tiempo.
Mis manos bajan de su rostro a sus hombros, a sus brazos, siempre con cuidado, siempre atento a la mínima tensión en su cuerpo. Ella lleva las suyas a mi pecho y se aferra a mi camiseta con una vacilación que me parte en dos.
La guío hacia la cama sin dejar de besarla. Nos sentamos en el borde y, durante un momento, solo existe eso: su respiración mezclada con la mía, sus dedos cerrados en mi ropa, mi necesidad absurda de protegerla incluso de mí.
Nos separamos un momento y las frentes se quedan apoyadas la una en la otra. Su respiración es tan agitada como la mía.
—Mia —susurro—. ¿Estás segura de esto?
No responde enseguida. Solo me mira, y en la profundidad de sus ojos veo la respuesta.
Veo el miedo, sí, pero también veo el deseo, la necesidad, la confianza.
Y esa seguridad que está depositando en mí, después de todo, después de haber sido un cabrón con ella, me arrasa con la fuerza de un tsunami.
—Sí —dice al fin, casi sin voz—. Quiero esto. Contigo.
Se me cierra la garganta.
—Entonces iremos despacio.
Y vuelvo a besarla.
Esta vez el beso no intenta calmar el miedo.
Lo acompaña. Lo rodea. Lo deja existir sin permitir que lo ocupe todo.
Hay ternura en la forma en que Mia me toca, pero también una curiosidad nueva, torpe y preciosa.
Como si estuviera descubriendo que puede acercarse a alguien sin desaparecer dentro de ese alguien.
Como si descubriera, en cada nueva caricia, que puede querer sin sentirse atrapada.
Me obligo a contenerme. A respirar. A recordarme una y otra vez que esto no va de mí.
Va de ella.
De que se sienta segura.
De que, por una vez, algo sea suyo desde el principio hasta el final.
—Eres preciosa, princesa —se me escapa contra su piel, y no lo digo como antes, no con burla ni con filo. Lo digo porque me sale de un lugar que ya no puedo seguir negando—. Jodidamente preciosa.
Mia tiembla. Sus manos, ahora más valientes, exploran mi espalda y mis hombros.
Siento las uñas arañarme flojito en los omoplatos cuando me quita la camiseta, es un gesto involuntario que enciende algo dentro de mí.
Mis propias manos recorren su cuerpo con una reverencia que nunca había utilizado con nadie.
Cada curva, cada centímetro de su piel que voy descubriendo de ropa, es un territorio nuevo, un descubrimiento.
Recuerdo sus palabras de la otra noche, su confesión sobre su inexperiencia.
Y sé que tengo que ser cuidadoso. Joder, más que cuidadoso.
—¿Te gusta esto? —Le rozo el lóbulo de la oreja con toda la intención del mundo.
Un gemido es su única respuesta. Lo tomo como un sí.
—Dime si algo no te gusta —insisto. Necesito asegurarme de que no la estoy presionando y que quiere seguir con lo que hagamos—. Dime si quieres que pare. En cualquier momento. Tu ritmo. ¿Recuerdas?
—Sí… —jadea, y su voz es pura excitación—. No pares. Por favor.
Sus palabras son la única luz verde que necesito.
La exploro con las manos y con la boca. Le enseño las sensaciones que puede sentir su cuerpo y, a la vez, voy aprendiendo de sus reacciones, de sus suspiros, de la forma en que su cuerpo se arquea contra el mío.
Le enseño a guiarme, a pedir lo que quiere sin palabras.
Y su respuesta, su entrega y su intimidad me desarman por completo.
—¿Te gusta? —murmuro, con la mano entre sus piernas. Le provoco un gemido ahogado en la garganta al acariciarle el punto exacto donde el placer se le extiende por el cuerpo. —Dime qué te gusta, Mia. No tengas miedo.
Y lo hace. No con palabras, sino con gestos. Con la forma en que su cuerpo se retuerce hacia mi tacto, con los pequeños sonidos que se le escapan, con la manera en que sus dedos se enredan en mi pelo y tironean de él con pasión.
Cuando siento que está lista, cuando la veo completamente entregada, con los ojos nublados por el deseo, abro el cajón de la mesita de noche, saco un preservativo y me lo pongo, sin dejar de darle besos en el estómago, en las costillas, en los pechos…
Me posiciono sobre ella y me apoyo en los codos para no dejar caer todo mi peso.
—Mírame —pido con toda la dulzura que puedo. Rozo la nariz contra la suya y se la beso. Luego los ojos, la frente y, al final, la beso en los labios—. No te puedo prometer que no dolerá, pero iré con todo el cuidado del mundo. Te lo prometo.
Le brillan los ojos y tiene las mejillas sonrosadas. Eleva las caderas, sé que necesita más de lo que le estoy dando.
—Dime que quieres que lo haga, dime que quieres que siga hasta el final —le pido, casi suplicante.
Asiente. Y en ese instante, antes de que todo cambie, veo su alma desnuda. Y le ofrezco la mía.
La sensación de entrar en ella es abrumadora. Hay un instante de resistencia, un jadeo de dolor por su parte y me detengo de inmediato.
—Shhhh, tranquila. Se pasará pronto, te lo prometo. —Espero inmóvil, reparto besos suaves en el cuello, detrás de la oreja y, poco a poco, se va relajando y su cuerpo se acostumbra al mío.
La tensión en ella se disipa y es reemplazada por un suspiro de rendición.
Y entonces, con una lentitud infinita, empiezo a moverme.
Es un ritmo lánguido, tierno, una danza de dos cuerpos que por fin han dejado de luchar.
La miro a los ojos todo el tiempo, intento transmitirle toda la ternura, toda la adoración que siento por ella en este momento.
Me separo un poco de ella, bajo una mano hasta su sexo y la ayudo a llegar al clímax que tanto necesita.
La siento tensarse bajo mi cuerpo, oigo su grito ahogado con mi nombre y esa es mi propia perdición.
Un estallido de sensaciones que nos consume a ambos.
Me dejo ir con ella, en ella, en un final que no es un final, sino el verdadero principio de todo.
Me quedo así, sosteniéndola, sintiendo el ritmo de su corazón empezar a calmarse contra mi pecho.
El silencio que nos envuelve ahora es profundo, íntimo.
La adrenalina de la pasión se disipa poco a poco y deja paso a un cariño abrumador, a una sensación de conexión tan intensa que me asusta.
Ella sigue muy quieta entre mis brazos con el rostro escondido en mi hombro.
—¿Estás bien? —le susurro de nuevo contra el pelo.
Asiente, pero no dice nada. Y ese silencio me inquieta. No porque parezca miedo, no exactamente. Es otra cosa, algo más introspectivo, más frágil. Como si estuviera tratando de entender dónde encajar todo lo que acaba de pasar.
Necesito oírla. Necesito saber que no la he roto. Que no me he equivocado. Que no he confundido su necesidad de refugio con algo que no estaba preparada para darme.
—Mia... —reclamo con suavidad. La aparto un poco para poder mirarla a los ojos—. Eh, mírame.