Capítulo 29 El Plan
Mia
No puedo pensar con claridad. La imagen de mi móvil volando por la ventana se superpone a la del rostro de Joe mirándome desde la calle.
La disculpa de Easton es una tormenta de emociones que no acabo de descifrar: rabia, confusión y esa nueva ternura que me descoloca por completo.
Mi móvil yace destrozado en algún lugar de la calle, un sacrificio resultado de su furia protectora. Y aunque una parte de mí está en shock por su arrebato, otra, la más profunda y asustada, siente un alivio extraño. La fuente de mi terror inmediato ha desaparecido.
—Em… gracias —murmuro, sin saber muy bien qué decir ante su ofrecimiento, porque lo que realmente quiero es MI dispositivo.
No insiste más, tan solo asiente y me acaricia el dorso de la mano con su pulgar antes de soltarme e ir hacia la cocina. La calidez de su contacto persiste en mi piel.
Miro los restos de mi taza de té en el suelo. Otro desastre. Otro recordatorio. Y otra vez la ansiedad llama a la puerta de mi pecho.
—¿Alguien puede bajar a rescatar lo que quede de mi teléfono? —pregunto sin dejar de mirar la porcelana rota.
—Claro, voy ahora mismo —se ofrece Jace.
Desaparece escaleras abajo y yo espero con fingida calma sentada en el sofá.
—Mia, cariño, ¿estás bien? —La voz de Brooke me saca del trance. Se acerca a mí y me abraza.
—¿Por qué no vas un rato a la habitación de Easton a descansar? Nosotros recogeremos esto.
—Sí... creo que sí —musito, me siento agotada y no ha hecho más que empezar el día—. Necesito… estar sola un momento. —Luego ya me ocuparé de lo que quede de mi móvil.
Camino con piernas temblorosas hacia la habitación. Cierro la puerta y me dejo caer en mi lado de la cama. El silencio del cuarto es un alivio después de la tensión del salón. Pero mi cabeza sigue siendo un caos: Easton. Joe. Mi padre. Mi móvil destrozado.
Me doy cuenta de que me he quedado dormida cuando unas voces que hablan bajito, aunque no lo suficiente para que no pueda oírlas, me despiertan. Veo la puerta un poco abierta, alguien habrá entrado a ver cómo estaba y no la habrá cerrado bien.
Reconozco a Brooke y a Easton en la conversación. Agudizo el oído y el corazón me empieza a latir con más fuerza cuando entiendo de lo que están hablando.
—Easton, esto me da muy mala espina. —La voz de Brooke suena tensa y preocupada—. Tienes que llamar a su padre. Es la única forma de pararlo de verdad y de que ella esté segura.
Espero la respuesta de Easton, probablemente esté de acuerdo con ella. Pero lo que oigo me deja helada.
—Brooke, no voy a hacerle eso a Mia —suelta con una convicción que me sorprende—. Ya sabes cómo ha vivido en Nueva York. Si su padre se entera, la sacará de aquí y la encerrará otra vez. Y no se lo merece.
—Lo sé, pero me preocupa. No sabemos cuán equilibrado o no está ese tío. Y lleva mucho friéndola a mensajes y llamadas. No se cansa. ¿Y si se le va la olla y le hace daño? No podríamos perdonárnoslo, y tú, menos. Hazme caso, Easton, llama a su padre, cuéntale lo que está pasando.
Se hace un silencio que me hiela la sangre y un escalofrío me baja por la espina dorsal. «No, no, no…», rezo.
—Está bien, lo pensaré —cede él, y a mí se me para el corazón. Me tapo la boca para ahogar un sollozo.
No puedo volver, no puedo quedarme encerrada otra vez. ¡Y ahora será peor!
La conversación en el pasillo termina. Oigo alejarse sus pasos y vuelvo a quedarme sola, con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza: «Easton, llama a su padre, cuéntale qué está pasando». «Lo pensaré…». No. Tengo que hacer algo antes de que sea demasiado tarde.
Miro hacia el escritorio. El móvil de Easton está ahí.
Debe haber sido él el que ha entrado para ver cómo estaba y se lo ha dejado.
Una idea loca, desesperada, empieza a tomar forma en mi mente.
Mi móvil está roto, sí. Pero la tarjeta SIM podría estar intacta.
Con ella, podría… Sí, tengo que hacerlo, no puedo dejar que este problema recaiga sobre más gente. Tengo que ser yo quien lo solucione.
Más tarde, cuando el ambiente en el piso se ha calmado un poco, me dejo ver en el salón.
Tranquilizo a los cuatro, sobre todo a Easton, y les aseguro que estoy mucho más calmada.
Cuando Easton se va a la ducha y Jace se levanta para ir a beber agua a la cocina, voy detrás de él para preguntarle por los restos de mi teléfono.
—Oye, Jace. —Se sobresalta al no esperarme detrás de él mientras bebe directamente de la jarra—. ¿Has podido recuperar algo de mi móvil?
—¡Ah! Sí, los he puesto dentro de una bolsita. Aquí tienes, campeona. —Me entrega el paquete que estaba sobre la isla—. Creo que la tarjeta está bien. Lo demás… vas a necesitar uno nuevo.
—Muchísimas gracias, Jace —Intento parecer agradecida por haber recuperado mis contactos y no por estar a punto de cometer una locura.
Aprieto los restos del teléfono y la pequeña tarjeta SIM en la mano. El plástico roto se clava en mi palma, pero apenas lo siento. Mi mente está en otra parte, repasando una y otra vez el plan que ha tomado forma en mi cabeza, tan arriesgado como necesario.
Escucho el sonido del agua cortándose en la ducha.
Easton ya ha terminado. Contengo la respiración, aunque no dudo en dirigirme hacia su habitación mientras me guardo la SIM en el bolsillo trasero de los tejanos.
Unos segundos después, la puerta del baño se abre y él aparece en el pasillo, secándose el pelo con una toalla, vestido solo con unos pantalones cortos de chándal que cuelgan bajos en sus caderas.
La visión de su torso desnudo y de algunas gotas de agua resbalando por su piel, me provoca un vuelco en el estómago y un calor que intento relegar a un segundo plano; ahora no es el momento de pensar en ello.
Se detiene al verme en el umbral de su habitación, y la expresión de sorpresa en su rostro es evidente. Quizás no esperaba encontrarme ahí, esperándolo.
—¿Todo bien? —Hay una cautela nueva en su mirada, esa que ha aparecido desde… bueno, desde que todo se ha torcido de una manera incontrolada.
—Sí, yo… eh… Jace ha encontrado mi móvil. O lo que queda de él. La SIM parece estar bien, al menos. —Intento que mi voz suene lo más natural posible—. ¿Estás mejor? —me intereso a sabiendas de que el hecho de tirar el móvil por la ventana se debió a su estado alterado.
Una media sonrisa tira de la comisura de sus labios. Deja la toalla sobre su hombro derecho.
—Sí, estoy más tranquilo. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras? —Se acerca a mí y me acaricia los brazos con el dorso de las manos.
—Un poco mejor —admito—. Gracias por entenderme.
Da un pasito más, casi eliminando la distancia que nos separa. Su calor me envuelve. Levanta una mano y, con una delicadeza que todavía me parece irreal viniendo de él, me aparta un mechón de pelo de la cara y me roza la sien.
—No tienes por qué darme las gracias, Mia —dice en voz baja, que siento como una caricia ronca—. Haría cualquier cosa para que ese malnacido te deje en paz y para que tú estés bien.
¿Puedo derretirme ya?
Mis manos suben por voluntad propia y se posan en su pecho desnudo y casi se funden con la calidez de su piel y el latido de su corazón bajo mis palmas.
Las suyas bajan a mi cintura, me atrae con suavidad hasta que nuestros cuerpos quedan pegados para luego rodearme en un abrazo cálido y reconfortante.
Apoyo la cabeza en su hombro y aspiro su olor limpio y masculino.
—Quería preguntarte si… si seguía en pie tu ofrecimiento de antes —pregunto sobre su pecho sin atreverme a mirarlo a los ojos—.
Lo de prestarme tu teléfono —puntualizo—.
Creo que debería llamar a mi padre para decirle que se me ha estropeado el móvil y que no se preocupe si no puede contactarme en mi número.
Noto cómo se le relajan los hombros; no sé si por haber aceptado su ofrecimiento o porque voy a hablar con mi padre, aunque no con intención de contarle nada de Joe.
—Claro, princesa. —Y la suavidad en su tono sigue descolocándome—. Por supuesto. Cuando quieras. El móvil está en mi escritorio. —Se separa de mí, va hacia la mesa, lo coge y me lo tiende—. Toma.
Nuestros dedos se rozan de nuevo cuando lo cojo, y esa pequeña descarga eléctrica es un recordatorio constante de lo que ha cambiado entre nosotros.
—Creo que me voy a dar una ducha y lo llamo desde allí.
—Como quieras, es todo tuyo. Tómate tu tiempo. Estaré aquí por si necesitas cualquier cosa. —Me dedica una última mirada cargada de algo que no sé descifrar del todo, antes de que me gire y salga de la habitación con el teléfono en la mano y el corazón latiendo a mil por hora.
Cierro la puerta del baño común con pestillo y el clic metálico que resuena en el silencio se me antoja como el cerrojo de una celda.
Me apoyo contra la madera y el bombeo del corazón se me sube a la garganta.
Tengo miedo. Y me siento culpable. Easton ha confiado en mí, me ha brindado su ayuda y su apoyo y estoy a punto de traicionarlo de la forma más rastrera posible.
Pero tengo que hacerlo. Es la única manera.
La única forma de parar a Joe sin que mi padre se entere y mi vida vuelva a ser una prisión.
Sin arrastrar a Easton a un problema que no es suyo, por mucho que ahora insista en que «lo solucionaremos juntos».
Dejo mi ropa de recambio sobre un taburete auxiliar que tenemos para ese fin, luego me dirijo a la ducha, abro el grifo y dejo que el sonido del agua que cae con fuerza sobre el plato de ducha enmascare cualquier ruido que pueda hacer y, lo que es más importante, sirva de coartada para mi estancia prolongada en el baño.
El vapor empieza a empañar el espejo y crea una atmósfera íntima y casi clandestina para lo que estoy a punto de hacer.
Me siento en la taza del váter y, con manos temblorosas, abro la pequeña ranura del móvil de Easton. Saco su tarjeta SIM con la uña y la dejo sobre el borde de cerámica del lavabo, con cuidado de que no se caiga. Luego, con el corazón en un puño, introduzco mi propia SIM en la ranura.
La pantalla se ilumina y, al introducir el código de desbloqueo, mi perfil se descarga en el móvil de Easton. Funciona. Un nudo de tensión se afloja un poco en mi pecho, solo para ser reemplazado por la urgencia.
Ignoro la oleada de mensajes y llamadas perdidas de Joe que saturan la pantalla.
No quiero leerlos ahora. No quiero que su veneno me debilite.
Busco el último número desconocido desde el que me ha escrito.
Mis dedos, torpes y húmedos por el sudor nervioso, teclean sobre la pantalla del móvil de Easton:
Releo el mensaje una, dos veces. Es directo. Claro. Le da lo que quiere: un encuentro. Pero será en mis términos. En un lugar público. Y será la última vez. Le dejaré claro que se acabó, que no tengo miedo, que, si no me deja en paz, las consecuencias serán para él. O eso espero.
Pulso «Enviar» antes de que el valor me abandone. El mensaje se pega en la pantalla del chat y pronto aparecen dos tics en gris. Hecho. No espero a saber si lo lee o no. Saco mi SIM, vuelvo a colocar la suya con el mismo cuidado con el que la saqué y dejo el teléfono sobre el mármol.
Ahora de verdad, me meto bajo el chorro de agua caliente y espero a que arrastre la tensión, el miedo y la culpa, pero no funciona.
Sigo temblando. He cruzado una línea. He tomado una decisión peligrosa a espaldas de la única persona que, de forma totalmente inesperada, ha empezado a hacerme sentir segura.
Cierro el grifo de la ducha. El silencio repentino del baño me sobrepasa, roto apenas por el goteo persistente de la alcachofa y el latido desbocado de mi corazón. Me envuelvo en una toalla, y el estremecimiento que me recorre no es de frío. Lo he hecho. He citado a Joe. Mañana. Sola.
La magnitud de mi decisión, la imprudencia, el peligro... todo se agolpa en mi mente, incluso esa extraña determinación, esa necesidad de ser yo quien ponga fin a esta pesadilla.
Salgo del baño con las piernas como un flan.
Al entrar en la habitación me lo encuentro: Easton ha cumplido su palabra y no se ha movido del cuarto, como ha dicho antes.
Está sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas al frente cruzadas por los tobillos.
Repasa unos apuntes o finge hacerlo, por lo menos.
Levanta la vista cuando entro y su expresión se suaviza de inmediato al verme.
Esa mirada, ahora mismo, es mucho más difícil de soportar que su antigua hostilidad, porque me hace sentir una oleada de culpa por el secreto que guardo.
Intento actuar con normalidad, sin embargo, sé que mi cara debe ser un poema. La tensión de las últimas horas, el miedo a Joe, la conversación que escuché entre Easton y Brooke, mi propio plan clandestino, todo es una bomba de relojería dentro de mí.
Easton deja los apuntes a un lado.
—¿Todo bien? ¿Has hablado con tu padre?
Niego con la cabeza, incapaz de mirarlo a los ojos.
—No... no todavía. No me sentía con fuerzas. —Es una verdad a medias. La sola idea de hablar con mi padre me revuelve el estómago, pero el verdadero motivo de mi estado es otro.
—Tranquila —dice él, suave, comprensivo—. Cuando estés lista. ¿Quieres tumbarte un rato conmigo? —sugiere. Alarga la mano y la cierra y la abre para que vaya con él.
Me acerco a la cama, a mi lado, aunque no me acuesto. Me quedo de pie y me abrazo a mí misma. Siento cómo la ansiedad me ahoga. Mañana. Mañana a las cinco. La idea me revuelve el estómago. Necesito… necesito no pensar.
—Easton —susurro, y me tiembla tanto la voz que apenas me reconozco.
Su expresión cambia, se pone en alerta al instante y se pone serio al notar mi estado. Se incorpora un poco más en la cama.
—Eh, eh… ¿Qué pasa? —Se arrodilla y gatea dos pasos para alcanzarme. De rodillas quedamos frente a frente a la misma altura. Me acaricia la mejilla y me separa un par de mechones húmedos que tenía pegados a la piel.
—Es que… estoy tan asustada. No puedo… no puedo dejar de pensar. En Joe. En todo lo que está haciendo. Tengo miedo. —Las lágrimas amenazan con volver, traicioneras—. Necesito… por favor… necesito que me ayudes a no pensar. Distráeme. Di algo, haz algo, lo que sea.
Doy un pasito vacilante hacia él, mis manos se aferran a sus hombros como si así consiguiera mantenerme entera. Él me observa, sus ojos azul mar están fijos en los míos, llenos de una preocupación que me desarma.
—Por favor… —imploro, con la voz rota.
Su mirada, llena de una emoción que no logro descifrar, recorre mi rostro. Veo la lucha en su interior, una duda, pero también una ternura que me hace contener el aliento.
Se queda así, mirándome en silencio durante lo que parece una eternidad, y en esa mirada, en ese silencio cargado de posibilidades, es donde termina mi mundo y empieza el suyo.