Capítulo 28 La ventana
Easton
El sonido agudo de la porcelana al romperse en el salón me arranca de la conversación intrascendente que mantenía con Jace sobre cómo terminó la fiesta anoche. Un segundo después, oigo un jadeo ahogado, un sonido que me hiela la sangre por la pura angustia que transmite.
Mia.
—¿Qué coño...? —empieza Jace, pero yo ya estoy en movimiento.
Llego al umbral del salón en dos zancadas.
La escena que presencio me golpea con la fuerza de un puñetazo: Mia está de pie, o más bien encorvada, junto a la ventana, blanca como el papel, y tiembla de pies a cabeza.
Veo los trozos desperdigados de lo que era su taza de té a sus pies, aunque no es eso lo que me alarma, sino la expresión de terror puro en su rostro.
Sus ojos están fijos en algo al otro lado del cristal, como si hubiera visto al mismísimo diablo.
Brooke y Theo llegan a mi lado un segundo después, y sus caras reflejan mi propia preocupación.
—¡Mia! —Me acerco a ella con rapidez y con los músculos rígidos por la tensión—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Nena, ¿qué ocurre?
Mia no responde. Sigue temblando y señala con una mano crispada hacia la ventana.
Un escalofrío helado me recorre la espalda.
Sigo la dirección de su dedo, en busca de la causa de su pánico y lo veo.
Al otro lado de la calle, recostado contra un árbol con una suficiencia que me revuelve las entrañas, está el cabrón de Joe.
Mira directamente hacia nuestra ventana. Hacia ella. Nuestras miradas se cruzan un instante a través de la distancia y una sonrisa burlona, casi triunfal, se dibuja en sus labios.
Hijo de puta.
La rabia me ciega. Siento la adrenalina recorrer mi cuerpo.
—Voy a bajar —digo entre dientes, con la decisión tomada en una fracción de segundo—. Voy a partirle la cara a ese desgraciado.
Mia suelta un grito ahogado.
—¡No, Easton, por favor! ¡No vayas! ¡Es peligroso!
—Tranquila. —La atraigo hacia mí y la estrecho entre mis brazos sin dejar de mirar a Joe desde la ventana—. Quédate aquí. No va a pasar nada. Solo voy a… charlar con él. Intentaré que entienda que no puede seguir haciendo esto.
Miento. Lo que quiero es borrarle esa sonrisa de la cara a hostias. Pero no puedo asustarla más.
Jace, que me conoce de sobra, se acerca, con expresión seria.
—¿Ese tío es Joe?
—Sí, el capullo que no entiende que no es no. —Le doy un beso a Mia en la coronilla y me dirijo a la puerta con paso decidido.
—¡Eh, tío! Espera. —Jace se pone a mi lado—. No vas a bajar solo si ese tipo es un problema.
Theo asiente, su rostro normalmente tranquilo ahora está tenso y serio.
—Vamos contigo.
—Pero vosotros quedaos al margen —advierto—. No quiero un espectáculo. Solo quiero que ese cabrón sepa que Mia no está sola. Brooke —me giro hacia ella—, cierra la puerta con llave y no abráis a nadie hasta que volvamos. ¿Entendido? —Asiente con determinación.
—Tened cuidado, por favor —suplica, y se lleva una mano al pecho, atenazada por el miedo.
Con un último vistazo a Mia, que me mira con una mezcla de terror y una extraña gratitud, salgo del apartamento a toda prisa, seguido de cerca por Jace y Theo. Bajamos las escaleras de dos en dos, la rabia y la urgencia me impulsan.
Salgo a la calle como una exhalación, con Jace y Theo pisándome los talones. Busco a Joe al otro lado de la calle, donde lo había visto hace unos segundos, pero ya no está. Ha desaparecido. Se ha esfumado. La acera bajo el árbol está vacía. Solo queda el rastro de su sonrisa burlona en mi memoria.
—¡Mierda! —grito, y golpeo el aire con el puño; la frustración me quema por dentro—. ¡Se ha ido! ¡Ese cobarde hijo de puta se ha largado!
Jace y Theo miran a su alrededor y escudriñan la calle, ahora tranquila, con una mezcla de confusión y alerta.
—¿Estás seguro de que estaba aquí, tío? —pregunta Theo, con cautela.
—¡Claro que estoy seguro! —espeto—. ¡Lo he visto con mis propios ojos! Estaba ahí, plantado como si nada, observando a Mia. ¡Provocando!
La impotencia es como una bilis amarga en mi garganta.
Se me ha escapado. Justo cuando pensaba que iba a enfrentarlo y a terminar con toda esta mierda.
Y ahora Mia está arriba, más aterrorizada que nunca, sabiendo que ese cabrón ha estado aquí, a metros de ella, y que ha desaparecido como una puta sombra.
—Será mejor que subamos —propone Jace, más serio de lo habitual—. Mia debe estar de los nervios y Brooke está sola con ella.
Aprieto la mandíbula y asiento. Tiene razón. No hacemos nada aquí abajo y Mia debe estar destrozada ahí arriba. Ahora mi prioridad debe ser ella, tengo que conseguir que se sienta protegida, aunque la idea de seguridad en este momento parezca una puta broma.
Subimos las escaleras de nuevo, esta vez con menos prisa y con una tensión diferente.
Al entrar en el apartamento, encontramos a Brooke sentada en el sofá junto a Mia. La rodea con un brazo y le susurra algo al oído.
—¿Y bien? —nos pregunta alterada al vernos entrar.
Niego con la cabeza y clavo la mirada en Mia, que me mira con anhelo.
—Nada. Se ha esfumado. El cobarde ha desaparecido.
Veo cómo la esperanza se desvanece un poco de sus ojos y es reemplazada por una nueva oleada de miedo. Joder, odio verla así.
—Pero no te preocupes —me apresuro a añadir con firmeza—. No va a volver a pasar. No voy a dejar que se acerque.
Me agacho frente a Mia, y la obligo a mirarme.
—Escúchame bien. Esto es serio. Ese tipo sabe dónde vives y, claramente, no tiene buenas intenciones.
Así que, a partir de ahora, no vas a salir de este apartamento sola.
Ni a clase ni al hospital para tu voluntariado ni a ninguna parte sin que uno de nosotros —hago un gesto hacia Jace y Theo, que asienten con seriedad— te acompañe. ¿Entendido?
Me mira. Sus labios tiemblan sin que pueda evitarlo y veo la lucha en sus ojos. El miedo, sí, pero también… ¿qué es? ¿Resistencia? A pesar de ello, asiente, aunque con un gesto casi imperceptible, y aparta la mirada. No me gusta esa reacción. No es el alivio que esperaba.
—Easton tiene razón, Mia —interviene Brooke con suavidad—. Es mejor ser precavidos por ahora. Estaremos contigo.
—Lo que haga falta, compañera —añade Jace, intentando sonar despreocupado, aunque con una seriedad nada habitual en su mirada—. Si ese malnacido aparece, se las verá con los tres.
—No te va a pasar nada mientras estés con nosotros —asegura Theo con su calma habitual.
Mia sigue sin decir nada, se mira las manos entrelazadas que reposan en su regazo. La tensión en sus hombros es evidente y no es solo miedo a Joe. Es algo más. Y me jode no saber qué es o, peor, intuir que mi propia forma de protegerla la está agobiando.
—Voy a llamar a seguridad del campus —informo al levantarme—. Les diré que ha estado merodeando. Cuanta más más gente esté alerta, mejor.
Busco mi móvil, que encuentro sobre la barra que separa cocina y comedor, y marco el número sin perder tiempo. La llamada a seguridad es frustrantemente inútil. «Estaremos atentos», «Tomamos nota». Palabras vacías. Cuelgo con un bufido de exasperación.
Me giro y observo a Mia; sigue pálida, aunque Brooke le ha pasado un brazo por los hombros y parece un poco menos al borde del colapso que cuando se le cayó la taza. Jace y Theo están de pie, cerca, sus expresiones son una mezcla de preocupación y una tensión contenida que refleja la mía.
Me acerco y me siento en la mesita de centro, justo frente a Mia.
Necesito que me mire, que entienda que estoy aquí, que no voy a dejarla sola con esto, que la época de levantar muros frente a ella se ha terminado.
Nuestros ojos se encuentran. Sigue habiendo miedo en los suyos, pero también una vulnerabilidad que me aprieta el pecho.
—No servirán de mucho si no lo pillan en el acto —comento a modo de resumir la llamada.
Mia hace una mueca y se muerde el labio.
Recuerdo la conversación que tuvimos en el restaurante, cuando me contó cómo había sido su vida, cómo se sintió como una prisionera en la mansión de su padre.
Y ahora me pregunto cómo le habrá sentado mi propuesta para intentar protegerla, ¿cómo le habrá sonado ese «no vas a salir sola»?
—Eh. —Le acaricio los muslos y atraigo su atención.
Sus ojos, enormes y asustados, se clavan en los míos—.
Escucha. Sé que no quieres involucrar a tu padre, y después de lo que me contaste la otra noche en el restaurante, sobre cómo te has sentido durante años, entiendo perfectamente que esa sea tu última opción.
Y no te voy a presionar con eso, ¿vale? No si tú no quieres.
Se muerde los labios, como si intentara contener las lágrimas, pero asiente. El alivio en su mirada es mínimo, eclipsado por el miedo que sigue ahí.
—Sé que no quieres que te digan lo que tienes que hacer. Y es lógico que la idea de no poder salir sola te agobie. Pero tienes que entender que esto es serio —continúo, haciendo más grave la voz para darle la importancia que merece la situación.
»Ese cabrón te ha visto. Sabe dónde estás. Y no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a ver cuál es su siguiente movimiento. Ya has visto que ignorarlo, como has hecho hasta ahora con los mensajes y las llamadas, no funciona.
Levanta la vista y en sus ojos veo un atisbo de comprensión, pero también sigue habiendo algo más que no puedo descifrar.
—Entonces, ¿qué hacemos? —cuestiona casi desesperada y con la voz rota.
—Por ahora, si te llama o te escribe desde otro número, quiero que me lo digas. Inmediatamente. Si la seguridad del campus no sirve de nada o si este tío vuelve a dar señales de vida cerca de aquí, tendremos que ir a la policía. Y tendrás que contárselo a tu padre.
Se le pone el vello de punta y las pupilas se le dilatan. Los ojos le empiezan a brillar y en un nanosegundo las lágrimas ya le resbalan por las mejillas.
Mierda, joder. Se me rompe el alma.
Sé que la idea la aterroriza, que teme el escándalo, la posible reacción de su padre si se entera. Pero no veo otra salida si Joe sigue apretando.
Justo en ese momento, como si el universo tuviera un sentido del humor macabro, el móvil de Mia, que no sé por qué Brooke tiene en las manos, vibra con insistencia e ilumina la pantalla. Mia da un respingo violento, ahoga un gritito y se encoge, con la mirada de puro terror clavada en el aparato.
Otra vez. No puede ser.
Este cabrón está jugando con ella y parece que está disfrutando de su miedo.
La rabia me sube por la garganta, caliente y espesa, ahogando cualquier atisbo de la paciencia o la comprensión que intentaba mantener.
Verla así, temblando, con los ojos clavados en ese puto aparato como si fuera una sentencia de muerte… No puedo, se acabó.
Antes de pensármelo dos veces y antes de que nadie pueda reaccionar, cojo el móvil de las manos de Brooke de un manotazo y, en un impulso ciego de furia protectora, cruzo el salón en dos zancadas, abro la ventana y lo lanzo fuera con todas mis fuerzas.
Oigo el grito ahogado de Mia, la exclamación de sorpresa de Brooke y el «¿Pero qué coño haces, tío?
» de Jace, y no me puede importar menos.
No veo dónde cae el móvil, ni me importa si se ha hecho añicos contra el asfalto.
Solo siento un alivio brutal y salvaje al haber eliminado, aunque sea momentáneamente, esa fuente de su terror.
Me giro, con la respiración agitada. Mia me mira con los ojos desorbitados, con una mezcla de desconcierto, miedo y quizás... ¿qué? No lo sé. Brooke, Jace y Theo están igual, paralizados.
—Ya está —digo, tenso—. Se acabó. Ese hijo de puta no podrá volver a escribirte.
—Pero ¡¿qué has hecho?! —me recrimina Mia. Se pone en pie de un salto y me encara, parece haber salido del shock en el que se encontraba. Por lo menos ha servido de algo hacer volar por los aires el teléfono—. ¿Te has vuelto loco?
—¿No ves cómo te pones cada vez que oyes el puto móvil? —me defiendo.
—¡Pues ya se me pasará, como se me ha pasado todas las otras veces!
—No soporto verte así, nena.
Quizá no es la mejor respuesta, pero justo es el motivo de mi acto, quizá exagerado.
—No tenías derecho a hacerlo. —Niega con la cabeza y vuelve a morderse el labio—. ¿En qué estabas pensando? —Me taladra con la mirada y los puños apretados a los costados, aunque ya ha rebajado el tono.
—Quizá sí que se te ha ido un poco de las manos, amigo —la secunda Theo, al que fulmino con la mirada. Enseguida levanta las manos, como diciendo «vale, vale…».
Me fijo en el resto: Jace tiene los labios apretados en una fina línea. Brooke me reprende con las cejas perdidas en el flequillo. Nadie aprueba mi acción, vale, la he cagado, otra vez. Mierda.
Doy dos pasos y me acerco a Mia. La cojo por las mejillas y le levanto la cara para que me mire a los ojos.
—Lo siento. No debería haberlo hecho. Pero es que me supera que ese… cabrón, te haga esto. —Apoyo la frente en la suya y respiro su aliento.
Nos quedamos así, cinco, seis, siete segundos, no sé.
—Contrólate un poco para futuras ocasiones, ¿sí? Ya tengo bastante con lidiar con él como para tener que hacerlo también contigo otra vez —puntualiza. Y se le escapa una pequeña sonrisa.
—Lo prometo —susurro sobre sus labios—. Soy gilipollas, perdóname. —La punta de su lengua asoma, tímida, de entre sus labios para humedecer el inferior. Luego me da un beso rápido.
—Nunca más —pide con firmeza. Hablamos muy bajito, envolviéndonos en una burbuja de la que cada minuto que pasa me cuesta más salir.
—Nunca más.
Antes de que podamos hacer o añadir nada, la intimidad se rompe.
—Ejem, ejem. —Jace carraspea y nos trae de vuelta al aquí y al ahora—. Estamos aquí, parejita.
Nos separamos, pero entrelazo los dedos con los suyos. La quiero cerca de mí. Aunque fulmino a Jace con la mirada. Siempre tiene el don de la oportunidad. Paso de este, en serio.
—Si necesitas llamar a tu padre o a quien sea —añado al tiempo que saco mi propio móvil del bolsillo y se lo tiendo a Mia—, usa el mío.
No lo coge, solo me mira, supongo que todavía está procesando lo que acabo de hacer.
¿Por qué no paro de cagarla con esta chica?