Capítulo 27 La sombra persistente #2
Él solo asiente, y sus ojos, que son más claros por la mañana y que siguen fijos en los míos, se suavizan visiblemente.
La tensión en su mandíbula parece relajarse un poco.
Alarga la mano, coge una de las mías y tira de mí para que me acerque a él.
Cuando me tiene a su alcance, me eleva de las caderas, como si fuera poco más que una pluma, y me sienta a horcajadas sobre él.
La respiración se me atasca en la garganta.
Con las manos en mi cintura, me atrae con suavidad hacia él.
No opongo resistencia. De repente me encuentro de nuevo entre sus brazos, con la cabeza descansando en el hueco que queda entre el trapecio y el cuello.
Aspiro con fuerza su aroma y hasta me atrevo a frotarle la piel con la nariz; él reacciona apretándome más contra él.
Levanto la cabeza para mirarlo. Su rostro está a centímetros del mío y su mirada tiene una ternura que nunca antes le había visto, me voy a derretir, literal.
Entonces me besa.
Suave.
Dulce.
Hasta que se vuelve profundo y hambriento.
Me muero.
No dudo en responder, mis manos suben para acariciar su nuca y enredo los dedos en esas greñas de las que me estoy enamorando.
Easton gruñe, ladea la cabeza, para profundizar más el beso y me aprieta más, al tiempo que eleva las caderas y…
¡Dios! ¿Qué es eso? Solo lleva unos calzoncillos y la tela fina deja poco a la imaginación.
Por instinto, me balanceo, necesito más fricción justo en el punto donde se está concentrando todo el calor en mi cuerpo.
Easton me aprieta con más fuerza y me guía en el movimiento de caderas para acompasar nuestros cuerpos y, en un momento, sin que me lo espere, se separa con brusquedad de mí, me mira, con los ojos velados de ¿deseo?, y resopla.
—Vas a matarme —confiesa, se muerde el labio y se ríe a la vez que niega con la cabeza. Se me escapa una carcajada y me aletea el corazón cuando, con un gemido muy cómico, apoya la cabeza en mi pecho.
No dudo en volver a enterrar los dedos en su pelo.
Ante el contacto, Easton levanta la cabeza y volvemos a quedar frente a frente.
Me muerdo el labio para controlar la sonrisa que se ensancha sin remedio.
A él le pasa lo mismo, aunque se le suaviza cuando me besa de nuevo con un pico algo más largo de lo normal.
—Buenos días, princesa —me saluda sobre los labios, con una voz ronca y cargada de una emoción que me contagia.
—Buenos días, gruñón.
Nunca unas palabras tan simples habían sonado tan ideales, tan llenas de significado. Me acomodo entre sus brazos y siento una felicidad tan pura que hasta me cuesta respirar.
Me quedo así un instante más, grabo en la memoria la sensación de su calor, el latido tranquilo de su corazón y esta nueva e increíble sensación de paz, antes de que tengamos que salir de esta burbuja en la que se ha convertido la habitación de Easton, por mucho que una parte de mí desee con todas sus fuerzas quedarme aquí para siempre.
Con un suspiro casi imperceptible, me aparto un poco, solo lo suficiente para mirarlo a los ojos.
—Tengo que ir al baño —confieso, y noto cómo el rubor me sube por el cuello. Qué estupidez decir algo así después de este momento.
Me regala una sonrisa pequeña, genuina, que me llega directa al corazón.
—Adelante. Yo haré café.
Me siento en el colchón y él, con una agilidad sorprendente, salta de la cama y se recoloca la entrepierna.
Me mira y me guiña un ojo. ¡Dios! ¡Qué vergüenza!
Aunque su descaro no me priva de admirar la musculatura de su espalda mientras se viste.
Cuando me deja sola en la habitación, sacudo la cabeza, y aparto el barullo de pensamientos inapropiados que me inundan las neuronas.
No sin esfuerzo, me levanto yo también, aunque cuando estoy en pie, me sorprende la ligereza que siento. Es como estar casi flotando.
Después de asearme y vestirme, me dirijo al comedor-cocina, al entrar, me encuentro con una escena que nunca habría imaginado: Easton está junto a la encimera, espera a que la cafetera acabe de subir y tararea una melodía irreconocible por lo bajo. ¡Tararea!
Antes de que me pueda mofar de él, Jace y Theo hacen acto de presencia, entre bostezos y pasos arrastrados, atraídos por el delicioso aroma de café recién hecho.
—Buenos días, tortolitos —saluda Jace con una sonrisa pícara al vernos—. ¿Qué tal la noche? ¿Mucho estudio de anatomía?
Me pongo roja como un tomate. Easton se gira y le lanza a Jace un trapo de cocina, pero, para mi sorpresa, no hay verdadera hostilidad, solo una especie de advertencia divertida.
—Cierra el pico, Jace—le ordena con sorna. Me tiende una taza con un sobre de mi té favorito—. Para ti, princesa —susurra con dulzura y con beso en la sien incluido.
—Gra-gracias —tartamudeo, muerta de amor y vergüenza.
Brooke aparece en ese momento, ataviada con una enorme camiseta de Jace, con el pelo revuelto y una sonrisa de felicidad que no intenta disimular.
—Buenos días, familia. ¿Huele a amor o solo a café quemado de Easton?
—¡Oye! —protesta el aludido, pero hay una sonrisa tirando de sus labios.
Desayunamos juntos en la barra de la cocina, entre las bromas de Jace y Theo, los comentarios cómplices de Brooke y mis intentos por parecer normal y no una gelatina temblorosa.
Easton participa en la conversación de forma relajada y divertida.
Y de vez en cuando, siento su mirada sobre mí.
Una intensa, que ya no se esfuerza por apartar ni disimular y que me provoca un vuelco en el estómago.
Es como si estuviéramos compartiendo un secreto, sin ser secreto, en medio del caos matutino de nuestros amigos.
Después de desayunar, mientras los chicos recogen y planean su día de «no hacer nada productivo», yo cojo mi taza de té que todavía no he terminado —me gusta tomarlo lento y a sorbitos— y me acerco a la ventana del salón.
Necesito un momento para respirar, para asimilar todo.
La noche anterior, esta mañana… Easton. Es demasiado.
Pero es un «demasiado» que, por primera vez, no me asusta, sino que me llena de una extraña y cálida expectación.
Miro hacia la calle, observo a la gente pasar, los coches, el ritmo tranquilo de la mañana del campus y una figura solitaria al otro lado de la calle, apoyada en un árbol, me llama la atención. Está demasiado quieta. Demasiado fija en la ventana por la que estoy asomada.
Entrecierro los ojos. El sol de la mañana me deslumbra un poco. La figura se mueve, da un paso hacia la luz y mi corazón se detiene.
No. No puede ser.
Joe.
Un temblor violento se apodera de mis manos y la taza de té que sostengo se me resbala de entre los dedos. Oigo el golpe seco contra el suelo de madera, seguido del estallido agudo de la porcelana al hacerse añicos. El líquido caliente me salpica los pies descalzos, pero apenas lo noto.
Me quedo paralizada, con la mirada alterna entre el desastre a mis pies —los trozos rotos y el té extendiéndose como una mancha oscura— y hacia él. La sombra persistente está aquí y ha roto algo más que una taza. Ha roto la frágil burbuja de seguridad que apenas empezaba a construir.