Capítulo 27 La sombra persistente
Mia
Me quedo inmóvil, con el aliento atrapado en los pulmones. Ese simple roce me ha erizado la piel desde la base de la columna vertebral a la nuca.
Una parte de mí, la que ha vivido tanto tiempo con miedo y desconfianza, me grita que me aparte, que no me fíe, que esto es solo otro juego suyo, otra forma de confundirme.
Pero otra, una más nueva, más valiente quizás, o simplemente más desesperada por creer, siente una curiosidad abrumadora, una necesidad de saber si lo que ha dicho esta noche es cierto.
Con el corazón latiéndome en la garganta, tomo una decisión. Muy despacio, giro sobre el colchón hasta quedar boca arriba, y luego, con una vacilación que me parece eterna, me giro noventa grados más para encararlo.
En la penumbra de la habitación, apenas iluminada por la luz pálida que se filtra desde la calle, puedo distinguir el contorno de su rostro.
Está de lado, mirándome. Sus ojos brillan con una intensidad que me resulta familiar, sin embargo, ya no me desconcierta como antes.
Ahora hay algo más en ellos: quizás incluso un poco de ese miedo que siento yo.
Su mano sigue cerca de mi hombro, aunque ya no me toca. La ha retirado un poco, como si esperara mi reacción.
Los dos permanecemos en silencio durante lo que parece una eternidad. El aire entre nosotros está cargado de todas las palabras no pronunciadas, de todas las emociones que hemos desatado esta noche.
Su mano, la que había rozado mi hombro, ahora duda en el espacio entre nosotros y, con una lentitud que me desespera, la veo moverse.
Contengo la respiración. Sus dedos, cálidos y un poco ásperos, me rozan la mejilla en una caricia tan suave que un estremecimiento me recorre de pies a cabeza y me hace cerrar los ojos de deleite.
Cuando los abro, él sigue mirándome, con una expresión mezcla de ternura y una afectividad que nunca le había visto. Ambos abrimos la boca para hablar al mismo tiempo.
—Easton, yo… —empiezo, con la intención de explicarle mi situación.
—Mia, sobre… —comienza él, quizás para hablar acerca de algo de esta noche.
Nos callamos de golpe y nos reímos a la vez por la torpeza del momento.
—Perdón —murmuramos casi al unísono de nuevo.
—No, tú primero —susurra tan dulce que me hace bullir el estómago.
Respiro hondo, bajo la mirada a su pecho y me armo de valor. Hay algo que necesito contarle, aunque estoy convencida de que lo sabe de sobra. Sin embargo, tengo que explicárselo.
—Yo… —me tiembla la voz un poco—. Quiero que sepas que si ese fue mi primer beso… —lo miro a los ojos, con la necesidad de que entienda la magnitud de mi confesión—, puedes imaginarte que, bueno, que no he hecho nada más. Nunca.
Las palabras quedan flotando en el aire entre nosotros, cargadas de toda mi inexperiencia, de toda mi inseguridad. Espero su reacción con el corazón en un puño. ¿Se reirá? ¿Se sentirá decepcionado? ¿O simplemente me mirará con esa frialdad suya que tanto me duele?
Pero su expresión se suaviza aún más, si es que eso es posible. Sus ojos claros se llenan de una comprensión y un afecto que me desarman por completo. Su mano, que seguía en mi mejilla, traza un camino suave hasta mi barbilla, que levanta un poco para que lo mire bien.
—Mia. —Su voz es increíblemente cariñosa —.
Lo sé. Y está bien. —Hace una pausa, y sus ojos buscan los míos con una sinceridad que me llega al alma—.
Está más que bien. No hay ninguna prisa, para nada, ¿me oyes?
Absolutamente ninguna. Iremos al ritmo que tú quieras.
Siempre. Respetaré tus tiempos. Te lo prometo.
Sus palabras, su promesa, son un bálsamo para mis miedos. La tensión que llevaba acumulada en los hombros empieza a disiparse y una lágrima rebelde resbala por mi mejilla, ¡seré tonta! Easton la seca con una delicadeza infinita.
—Gracias —susurro, con la voz ahogada por la emoción.
Él sonríe, se le iluminan los ojos y se le transforma el rostro. Es la primera vez que lo veo sonreír así, sin rastro de sarcasmo ni de tensión. Y es… hermoso.
Nos quedamos así, frente a frente, en el silencio cálido de la habitación, con su mano todavía acariciándome la mejilla. Y por primera vez, la idea de compartir esta cama, este espacio, con él, ya no me angustia.
Me acurruco un poco más cerca, en busca de su calor y solidez. Él responde rápido: con un brazo, me atrae hacia su cuerpo hasta que mi cabeza descansa en su pecho, y con la mano que le queda libre me acaricia el pelo.
Permanecemos en silencio, abrazados en la oscuridad.
El mundo exterior, con sus fiestas ruidosas, sus amenazas y sus complicaciones, parece haberse desvanecido.
Solo existimos nosotros dos, en esta burbuja frágil de intimidad.
El olor de su piel, una mezcla de jabón y algo únicamente suyo, me envuelve, me calma.
Después de tantas semanas de tensión, de hostilidad y de confusión, esto es como navegar en la calma de un mar después de un fuerte oleaje.
No sé cuánto tiempo pasa cuando el agotamiento emocional y físico del día me vence.
Con el sonido rítmico de su corazón como nana y la sensación de sus brazos fuertes y protectores a mi alrededor, me dejo llevar por el sueño.
Por primera vez en mucho, mucho tiempo, me duermo sintiéndome completamente segura, en paz.
─── ⋆ ♡ ⋆ ───
Un zumbido insistente me arranca del sueño.
Abro los ojos, desorientada. La habitación está bañada por la luz anaranjada del amanecer.
Sigo en los brazos de Easton. Durante la noche nos hemos movido y ahora estoy de lado, con él pegado a mi espalda y uno de sus brazos alrededor de mi cintura.
Su respiración es profunda y regular. Aún duerme.
El zumbido vuelve. Levanto un poco la cabeza y veo la luz de mi móvil, que está sobre el escritorio y vibra contra la madera.
Con mucho cuidado para no despertarlo, me deshago de su abrazo y me levanto con sigilo.
Cuando llego a la mesa, la pantalla se ilumina de nuevo con una notificación de mensaje: número desconocido.
Un escalofrío helado me recorre la espalda, y borra de golpe la calidez y la seguridad de hace un segundo: Joe.
Con el corazón en la boca, desbloqueo el teléfono.
Número desconocido:
Releo el mensaje. El tono es amable, casi solícito. «Solo quiero saber cómo estás», «asegurarme de que todo va bien». Pero viniendo de Joe, después de todo lo que pasó, después de mis intentos de cortar toda comunicación, estas palabras aparentemente inocentes me suenan falsas y manipuladoras.
La sensación de paz y seguridad que sentía es reemplazada por una inquietud fría.
No es una amenaza directa como la de la otra noche, pero es persistente.
Agobiante. Como una sombra que no consigo quitarme de encima.
Justo entonces, siento el ruido de las sábanas removerse: Easton está despertando.
Un murmullo confuso escapa de sus labios y el brazo que hace un momento me rodeaba la cintura, traza círculos en el colchón, buscando algo o a alguien: a mí.
Se sienta de golpe en la cama, con una rapidez que me sobresalta. Sus ojos, aún nublados por el sueño, recorren la cama con una alarma momentánea, casi con pánico al no encontrarme a su lado.
—¿Mia? —murmura con un gruñido ronco y desconcertado.
Entonces me encuentra, de pie, frente al escritorio, con el móvil en la mano y, a ciencia cierta, con una expresión de terror que no he podido disimular. La alarma en su rostro se transforma al instante en preocupación al ver mi estado.
—¿Qué pasa? —pregunta, alertado—. ¿Estás bien?
Con un nudo en la garganta, le tiendo el móvil y le muestro el mensaje de Joe.
—Es… es Joe —susurro—. Otra vez.
Su expresión se vuelve seria, coge el móvil de mi mano temblorosa, se recuesta hacía atrás y se apoya sobre un codo para leer el mensaje.
Sus ojos se mueven rápido sobre las líneas.
Veo cómo se le tensa la mandíbula y cómo un músculo palpita en su sien.
El silencio mientras lee es casi más aterrador que el propio mensaje.
Tengo que sentarme en la cama, me tiemblan tanto las piernas que no me sostendrán mucho más.
Cuando termina, levanta la vista y me mira. Su expresión es grave, dura, aunque hoy sé que no va dirigida a mí.
—Solo para saber cómo estás, si te encuentras bien, si te cuidas… —repite en voz baja una frase del mensaje, su tono es neutro, pero hay un matiz helado debajo que me provoca un escalofrío—. Qué considerado, el cabrón.
Deja el móvil sobre el edredón y vuelve a sentarse. Su mirada se suaviza un poco al encontrarse con la mía, que seguro que refleja todo mi temor.
—Mia —llama mi atención en voz baja—. Esto no me gusta nada. Este tipo no va a parar hasta que consiga lo que quiere o hasta que alguien lo pare. Ya lo intentó una vez, y no podemos dejar que vuelva a pasar.
Me encojo de hombros y me siento pequeña.
—¿Y qué podemos hacer? Lo bloqueo y consigue otro número. No quiero ni pensar en si…
—En si nada —me interrumpe con suavidad pero con firmeza—. No estás sola en esto, ¿recuerdas? Lo primero: no le respondas. No le des ninguna señal de que sus mensajes te llegan o te afectan. Segundo; guárdalo todo: este mensaje, el número, cualquier otra cosa que te envíe. Podríamos necesitarlo.
Asiento, un poco más tranquila ante su tono práctico y decidido y, sobre todo, por ese «no estás sola».
—Y tercero… —continúa, aunque veo que duda un instante, como si estuviera sopesando algo—. Tenemos que pensar en el siguiente paso. Quizás deberíamos hablar con alguien. O prepararnos por si intenta algo más directo. Pero lo haremos juntos, ¿de acuerdo?
La forma en que me mira, con esa mezcla de preocupación y una determinación protectora es abrumadora. Ya no es el Easton que me odiaba. Es alguien que está a mi lado.
—Gracias, Easton —susurro, y las palabras me salen cargadas de una emoción que me sorprende.