Capítulo 26 Jodidamente… expuesto. #2
—No, no lo hagas. Dime lo que ibas a decir —casi le suplico.
Me mira directamente a los ojos, veo algo de indecisión en ellos, pero enseguida cambian y muestran una determinación nueva y vibrante que me encoge el corazón.
—Sí —susurra, y su voz es apenas un soplo en la quietud de la noche, aunque la palabra resuena en mi interior como mil tambores sonando a la vez—.
Sí quiero que importe, Easton. Mucho. —Traga saliva y veo el brillo de la emoción reflejado en sus ojos—.
Yo… yo siento… —continúa. Se para un momento y cuando sigue lo hace con mucha más fuerza y arrojo—.
Desde hace… no sé, desde hace unas semanas me atraes, me gustas mucho, aunque creía que…
que tú me odiabas, que yo era una molestia para ti.
Y tenía mucho miedo de sentir algo por alguien que parecía despreciarme tanto.
Sus palabras. Joder. Cada una es una punzada de culpa, pero también una revelación. Ella también lo ha sentido. A pesar de mi hostilidad, de mi frialdad calculada, de mi resentimiento, ella ha visto algo más, ¡ha sentido algo más! Y se ha estado conteniendo, igual que yo.
La miro y la veo. La veo a ella, a la chica que ha vivido encerrada en una mansión de oro, la que lucha por su libertad, la que se enfrenta a sus miedos, la que tiene el valor de poner los puntos sobre las íes cuando la situación no le parece justa o no le gusta, la que tiene una fuerza interior que apenas estoy empezando a descubrir.
Y la que, de alguna manera inexplicable, siente algo por el capullo que no ha hecho más que tratarla como una mierda.
Una oleada de algo cálido y doloroso a la vez me inunda el pecho. Es alivio. Es terror. Es… ¿qué coño es esto que me hace casi levitar?
—Mia... —empiezo, pero no sé qué decir. Las palabras se me atascan.
Ella sonríe, solo un poco, algo temblorosa, pero increíblemente hermosa a la luz de la farola.
—Parece que estamos en el mismo punto, ¿no? Asustados, confundidos y deseando esto desde hace demasiado tiempo. —Su honestidad me desarma por completo.
«Deseando esto». Lo ha dicho. Y tiene razón. Joder, si la tiene. He pasado tanto tiempo luchando contra esta atracción, contra esta conexión… Aprieto su mano con un poco más de fuerza.
—Sí —logro decir, mi voz ronca—. En el mismo puto punto. En la misma coordenada o en el mismo barco. Lo que prefieras. Y creo que ya va siendo hora de que dejemos de luchar contra la corriente.
Ya no hay vuelta atrás. No después de esto. No después de admitir en voz alta lo que ambos hemos estado sintiendo en silencio, lo que hemos estado luchando por negar.
Con mi mano libre, le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos.
Cierra los ojos un instante ante mi tacto y se le escapa un pequeño suspiro de entre los labios.
Ese simple gesto, esa rendición silenciosa, es todo lo que necesito.
Vuelvo a besarla, lento, tierno, profundo.
Saboreo la dulzura de sus labios y la suavidad de su respuesta.
Sus manos suben por mis brazos, hasta llegar a mi cuello, cierra los puños y apresa mechones de mi pelo para atraerme más cerca.
Le rodeo la cintura y la pego más a mi cuerpo, siento el latido acelerado de su corazón contra el mío.
Este beso habla de todas las palabras no dichas, de todos los sentimientos reprimidos, de la esperanza de este nuevo comienzo para nosotros.
Cuando nos separamos, su respiración es agitada, igual que la mía. El silencio que nos envuelve ahora está lleno de una paz extraña, de una intimidad que nunca pensé que compartiría con ella.
—Vamos a casa —susurro contra sus labios.
Ella solo asiente con una pequeña sonrisa dibujada en su rostro.
Llegamos al portal de nuestro edificio. La familiaridad de la entrada contrasta con la novedad del momento.
Subimos las escaleras en un silencio que ya no es tenso, pero es como si ambos tuviéramos miedo de romper el hechizo del momento con una palabra equivocada.
Cada roce de nuestros brazos, cada mirada fugaz que intercambiamos, está cargada de un significado nuevo.
Abro la puerta del apartamento con cuidado. Dentro, la oscuridad nos recibe. Mia entra antes que yo y el hecho de que se aleje me provoca una punzada inmediata por la pérdida de cercanía.
—Voy al baño —susurra, y puedo percibir su nerviosismo en estas tres palabras.
—Vale.
Joder. Esto es real. El beso en la fiesta, nuestras palabras después, este último beso…
Ya no hay vuelta atrás. Mia Astor, la chica que se suponía que debía odiar, la que ha sido una constante fuente de irritación y confusión, ahora es algo más.
Algo que me aterra y me atrae con una fuerza que no puedo controlar.
Porque ahora Mia burbujea en mi interior.
Respiro hondo y voy a la cocina a por un vaso de agua, más por necesidad de hacer algo, de moverme, que por sed. Me tiemblan las manos un poco al abrir el grifo. ¿Pero qué…? ¡Ni que tuviera quince años y fuera la primera chica a la que beso!
Cuando vuelvo al pasillo, la luz del baño sigue encendida. Me dirijo a mi habitación y entro; dejo la puerta entornada para ella.
Me quito la chaqueta y la camiseta y me quedo solo con los vaqueros.
Me siento en el borde de mi lado de la cama y me despeino con brío, en un intento de ordenar el caos de mis pensamientos.
La imagen de sus ojos brillantes bajo la farola, su confesión tímida, la suavidad de sus labios…
Pfff, voy a combustionar. «Poco a poco, machote, poco a poco».
Contengo la respiración cuando oigo la puerta del baño abrirse y cerrarse con cautela y sus pasos acercarse por el pasillo.
Mia aparece en el umbral, ya con su pijama de algodón puesto y va directa a su lado de la cama, aparta el edredón y se mete con una rapidez que delata sus nervios.
Se tumba de espaldas a mí, como siempre, pero esta noche sé que no es por hostilidad.
Es por timidez, por la misma confusión abrumadora que siento yo.
Me levanto, me quito los vaqueros, me meto en mi lado de la cama y me quedo también de espaldas a ella, mucho más consciente de su cercanía que nunca. El colchón es un universo que nos separa y yo solo quiero volver a sentirla cerca.
Pasan varios minutos en silencio. Solo se oye el sonido de nuestras respiraciones.
Intento calmar el latido de mi corazón, intento pensar con claridad.
Pero es imposible. Solo puedo pensar en ella, en el calor de su cuerpo, en el sabor de sus labios y en la forma en que sus ojos brillaron cuando le dije que este beso sí importaba.
Entonces, me armo de valor y rompo el silencio.
—Mia —la llamo en voz baja.
Oigo cómo su respiración se detiene un instante.
—¿Sí? —responde, apenas en un susurro.
Me giro despacio en la cama hasta quedar de cara a su espalda.
Dudo. Esto es una locura. Pero ya he cruzado demasiadas líneas esta noche como para detenerme ahora.
Quiero volver a tenerla entre mis brazos, necesito tenerla abrazada contra mi cuerpo.
Alargo una mano en la oscuridad y, con la punta de los dedos, rozo su hombro.