Capítulo 26 Jodidamente… expuesto.
Easton
Las palabras quedan flotando entre nosotros, en el aire fresco y algo viciado del patio, y se mezclan con el eco amortiguado de la música que llega desde el interior de la casa.
«Nuestro primer beso». Lo he dicho. He puesto voz a la locura que sentí, a la conexión que ya no estoy dispuesto a seguir negando por más tiempo.
Ahora estoy aquí, completamente expuesto, con el corazón que me late desbocado en la garganta.
Espero su reacción, con el temor de haberla cagado de una forma monumental e irreparable. Otra vez.
Mia me mira con sus ojos enormes y brillantes en la penumbra.
Veo el rastro húmedo de la lágrima reciente en su mejilla, la que sequé con mi pulgar hace un instante.
Sus labios, todavía hinchados y rojos por nuestros besos, están entreabiertos, como si quisiera decir algo, pero no encontrara las palabras.
El temblor ligero que le recorre el cuerpo es perceptible incluso a la pequeña distancia que nos separa.
Siento la necesidad de decir algo más, de llenar este silencio que se ha vuelto casi doloroso, pero no sé el qué.
¿Me arrepiento de haberlo dicho? No. Ni un ápice.
Por primera vez en mucho tiempo, quizás en toda mi vida, he sido completamente honesto con lo que siento en un momento así, sin filtros.
Mia parpadea, despacio, y la mirada se le ilumina. Su expresión es de felicidad, así que no habré metido tanto la pata, ¿no?
—Easton... —susurra en un hilo de voz temblorosa—. Yo… no sé qué decir.
La acerco un poco más a mí, necesito sentirla cerca de nuevo. Con una delicadeza que me es ajena, le aparto un mechón de pelo de la cara. Mis dedos rozan la piel suave de su sien.
—No tienes que decir nada —murmuro, con la voz cargada de una emoción que me esfuerzo por controlar—.
Solo quería que lo supieras. Que ese beso en el hospital no era yo.
O al menos, no el yo que quiero ser contigo.
Este —hago un gesto que nos incluye a ambos, aludiendo a lo que acaba de pasar—, este sí.
El ambiente se vuelve a cargar de esa electricidad que me atraviesa el cuerpo. Mia cierra los ojos e inspira con fuerza. Parece como si estuviera esnifando cada palabra que le he dicho. Cuando los vuelve a abrir, hay una luz nueva en ellos.
—¿De verdad? —pregunta, y lo hace con una fragilidad que me atraviesa.
—De verdad, princesa. —Esta vez se lo digo con todo el cariño del que soy capaz. Esta vez no hay ironía en mi voz, solo una certeza profunda y aterradora por lo que implica, por lo que significa para mí, para nosotros, para el futuro. Pero también liberadora.
Estoy a punto de inclinarme para besarla de nuevo y sellar así mi afirmación con algo más que un sonido pronunciado en un momento dado, cuando los oigo desde la puerta del patio.
—¡Ejem, ejem! Oye, pareja, ¿interrumpimos algo o es que a Mia se le ha metido algo en el ojo? Porque, vamos, ¡que corra el aire un poco entre vosotros!
Jace, por supuesto. Aparece en la puerta del patio, con Theo y Brooke que se asoman curiosos por encima de su hombro. Los tres nos miran con unas sonrisas que presagian tormenta de burlas.
Me separo de Mia como si me hubieran dado una descarga, aunque una parte de mí protesta por la pérdida de contacto. Ella se sonroja hasta las raíces del pelo e intenta esconderse detrás de mí. La entiendo, noto mis propias orejas arder.
—Qué más te dará, capullo —suelto en un intento de quitarle hierro al asunto, no porque no tenga importancia, sino porque es demasiado nuestro para compartirlo aún con nadie más.
—Llevamos buscándoos media hora —informa Theo—. Pensábamos que os había tragado la tierra, pero ya veo que estáis muy ocupados «tomando el aire», ¿eh, Easton?
Brooke se ríe por lo bajo, aunque me lanza una mirada que mezcla diversión y una advertencia velada. Seguramente ya está pensando en el interrogatorio que le espera a Mia.
—Solo hablábamos —se explica Mia. Y lo ha dicho tan insegura que creo que ni ella se lo ha creído.
—Ya, «hablando» —repite Jace, haciendo comillas en el aire—. Una forma muy cercana de hablar. Easton, colega, no sabía que tenías esa faceta tan melosa. Casi me haces llorar de la emoción. ¿Estabas a punto de declararle tu amor eterno o solo buscando la pipa de la paz en su garganta?
—Cierra el pico, Jace, o te lo cierro yo —amenazo, aunque sé que mi advertencia ya no tiene el mismo peso, no después de que nos hayan pillado así.
—¡Uy, qué carácter! —canturrea Jace—. Parece que le hemos tocado la fibra sensible. ¡Tortolitos!
—¡Bueno! Córtate un poco, ¿no? ¿Te he dicho yo algo por estar todo el santo día pegado a Brooke? —salta Mia por fin, con las garras afiladas y roja como un tomate.
—Tranquila, fiera, que solo es una broma —dice Theo, aunque su sonrisa no desaparece.
—Venga, chicos, dejadlos en paz —media Brooke, flipada con la escena y seguro que frotándose las manos mentalmente con todas las preguntas que le va a hacer luego a su amiga.
Miro a Mia, luego a mis amigos. La burbuja de intimidad, de vulnerabilidad compartida, se ha roto por completo, reemplazada por esta algarabía y la vergüenza.
Quiero largarme de aquí. Necesito sacar a Mia de esta situación, de las miradas curiosas y las bromas de mis amigos.
Necesito estar con ella en un lugar donde podamos respirar, donde podamos intentar entender qué coño acaba de pasar entre nosotros sin audiencia.
Con suavidad, intento que mi voz suene lo más tranquila posible por encima del jaleo de mis amigos.
—Mia. —Espero a que deje de lanzar rayos láser a Jace con la mirada y me atienda. Cuando sus ojos, todavía brillantes y confundidos, encuentran los míos, pregunto en voz baja—: ¿Quieres que nos vayamos de aquí? ¿Te parece bien?
Veo un atisbo de sorpresa en su expresión. Asiente, primero despacio y luego con más seguridad.
—Sí, por favor —se escapa de sus labios.
El alivio que siento es casi inmediato y profundo.
Sin pensarlo dos veces, alargo la mano y, con una vacilación que dura apenas un segundo, tomo la suya.
Sus dedos son pequeños y fríos entre los míos, pero su agarre, aunque ligero, es firme.
Una corriente eléctrica, diferente a la del beso pero igual de potente, me recorre el brazo.
Es la primera vez que la cojo de la mano así, de forma consciente y deliberada.
Y me siento bien. Más que bien, diría. Es como si fuera algo natural entre nosotros.
Con su mano firmemente sujeta en la mía, me giro hacia mis amigos, que han debido notar el cambio en la atmósfera porque han bajado el volumen de sus burlas.
—Nosotros nos vamos ya —anuncio junto con una mirada matadora para cortar cualquier posible comentario jocoso—. Que disfrutéis de la ¿ronda de chupitos?
Jace abre la boca para decir algo, pero levanto las cejas en señal de advertencia y la cierra de golpe, solo asiente con una sonrisa un poco forzada. Brooke nos mira con una expresión que mezcla la sorpresa, la curiosidad y algo que podría ser aprobación.
Sin esperar más, tiro suavemente de la mano de Mia y empezamos a abrirnos paso entre la multitud para salir de la casa y volver a la quietud de la noche.
Cuando encauzamos el camino de vuelta, ninguno de los dos hace ademán de soltarse, seguimos caminando, con las manos unidas, un gesto tan simple y a la vez tan cargado de significado que me cuesta procesarlo.
Siento el leve temblor que aún la recorre, o quizás es el mío propio, ya no sé.
El silencio nos envuelve mientras nos alejamos de la casa de la fraternidad.
Las luces de la fiesta y el eco de la música se van apagando a nuestras espaldas.
Solo se oye el sonido de nuestros pasos sobre la acera húmeda y el susurro del viento nocturno.
Es la primera vez que caminamos así, cogidos de la mano, como…
como algo más que dos personas forzadas a convivir.
Y la sensación, aunque extraña y aterradora por lo que implica, también es cálida.
Una calidez que se extiende desde nuestros dedos entrelazados hasta mi pecho y se instala en un rincón que creía muerto o permanentemente congelado.
La miro de reojo. Camina con la cabeza erguida, aunque no hay tensión en sus hombros como es habitual cada vez que me tiene cerca. Ahora es distinto, hay una nueva suavidad en su postura, quizá una especie de conformidad ante esta nueva realidad.
La luz de una farola ilumina su perfil y me descubro pensando, otra vez, en lo guapa que es, en la forma en que sus pestañas oscuras se curvan, en la voluptuosidad de sus labios.
«Joder, Easton, contrólate», me reprendo.
Pero es difícil cuando su mano sigue en la mía, un ancla pequeña y firme en medio de mi tormenta interna.
—Mia —llamo su atención. Necesito romper este silencio, necesito saber si ella está tan descolocada como yo.
Gira la cabeza hacia mí y sus enormes ojos azules se clavan en los míos, expectantes bajo la penumbra.
—Lo que dije antes, en el patio —carraspeo en busca de las palabras adecuadas—. Lo referente a «nuestro primer beso». Lo decía en serio.
Veo cómo traga saliva y un pequeño temblor le recorre los labios antes de que se los muerda.
—Fue horrible, ¿no? —titubea, como si la culpa de ello la tuviera ella. Como si el hecho de que haya dicho que no debió ocurrir fuera por ella.
—Ese no cuenta —digo con una firmeza que me sorprende a mí mismo—. Ese fue un error mío. Una estupidez. —Aprieto un poco su mano para que sea consciente de que ella no tuvo nada que ver—. Este es el que importa. Si tú quieres que importe, claro.
Mia se detiene en seco bajo una farola y yo la imito. Me mira a los ojos y en los suyos veo una mezcla de incredulidad, de vulnerabilidad y una chispa de algo que se parece mucho a la esperanza.
—Yo… —empieza, pero se calla de golpe, niega con la cabeza, como si no encontrara las palabras adecuadas para expresar todo lo que siente. O quizá crea que lo que tenía que decir me va a parecer una tontería. Emprende de nuevo la marcha y la freno en seco.