Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 25 Sinceridad que desnuda el alma #2
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Capítulo 25 Sinceridad que desnuda el alma #2

Easton levanta una mano, despacio, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo que ninguno de los dos queremos que desaparezca.

Sus dedos me rozan la mejilla apenas un segundo, lo justo para que se me corte la respiración.

Cierro los ojos por instinto ante la suavidad de su piel contra la mía.

Es un contacto que debería rechazar, que debería asustarme, porque este hombre ha sido una completa red flag conmigo, sin embargo, no lo hago.

Podría apartarme y evitar que me machacara todavía más.

Durante un instante, esa idea cruza por mi cabeza, como una alarma aprendida durante todas estas semanas.

En cambio, mi cuerpo no retrocede. Esta vez no me siento atrapada.

No hay presión en su gesto, ni exigencia en su mirada, ni una sola parte de mí gritando que escape.

Esta vez soy yo la que elige.

Esta vez me deja la libertad de hacer lo que yo quiera.

Y eso, más que cualquier caricia, termina de desarmarme.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, su rostro está aún más cerca.

Puedo ver cada detalle: las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos, la sombra de la barba incipiente en su mandíbula, la forma en que sus labios se entreabren ligeramente.

Y en su mirada, ya no hay confusión, ni hielo, ni una pizca de duda.

Hay algo que se parece al deseo. Uno que vería en mis propios ojos si pudiera mirar mi reflejo ahora mismo.

No dice nada. Yo tampoco. No me hacen falta palabras para acceder a lo que va a pasar.

Se inclina hacia mí, muy despacio, sus ojos, ahora completamente oscuros y que tantas veces me han mirado con frialdad o indiferencia, arden con una fuerza que me roba el aliento.

Es una mezcla de anhelo, de una vulnerabilidad que nunca le había visto y de algo que se parece a la necesidad.

Mi corazón se desboca, golpea mis costillas con una potencia que resuena en mis oídos y ahoga el eco lejano de la música de la fiesta.

Es entonces cuando sus labios encuentran los míos.

El primer contacto es tan suave que prácticamente es doloroso. Y duele porque es sencillo, porque no intenta robarme nada. Porque parece que le importa más mi respuesta que su propio deseo.

Cierro los ojos y me aferro a ese pensamiento con una emoción absurda e inmensa.

Esta vez sí.

Esta vez es un beso real. Y es mío.

Mis manos suben hasta sus hombros, primero con cautela y luego con una seguridad que me sorprende.

Easton suelta el aire contra mi boca, como si llevara demasiado tiempo conteniéndolo, y algo en ese gesto —en esa pequeña rendición que podría pasar inadvertida si no tuviera todos mis sentidos en lo que está pasando— me atraviesa como una daga.

Entonces el beso cambia. No de golpe, más bien como una melodía in crescendo, como una puerta que se abre despacio y deja entrar la luz en una habitación oscura.

Sus manos me sostienen con cuidado, una en mi nuca y otra en mi espalda, y yo dejo de pensar en la fiesta, en la gente, en el ruido, incluso en todas las razones por las que esto podría salir mal.

Solo está él.

Solo existen sus labios.

Solo existe este beso.

Su lengua roza la mía y un gemido ahogado se escapa de mi garganta. Exploro su boca con la misma curiosidad desesperada con la que él explora la mía. Cada roce, cada presión, cada suspiro compartido es una nueva revelación.

Cuando creo que no puedo más, que la intensidad me va a hacer estallar, el beso se suaviza un instante, solo uno.

Nos separamos apenas unos milímetros, Easton sigue tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan.

Su frente se apoya en la mía, con los ojos cerrados, como si, igual que yo, no supiera cómo volver al mundo después de esto.

—Joder, Mia... —gruñe contra mis labios, bajo, ronco, con la voz tan rota que me hace temblar.

Es como si se hubiera rendido a algo, como si acabara de entender que ha cruzado una línea y fuera consciente de que no quiere volver atrás.

Y antes de que pueda responder, antes de que pueda siquiera procesar la profundidad de ese «Joder, Mia», vuelve a besarme.

Respondo con la misma entrega, mi cuerpo se amolda al suyo como si estuviera hecho para encajar ahí. Mis dedos se hunden en su pelo y tiran de él para acercarlo más.

Es un beso largo, profundo, que parece robarme el alma y, al mismo tiempo, devolvérmela entera, nueva y diferente.

Cuando nos separamos, o más bien, cuando la necesidad de oxígeno se vuelve insoportable, ambos estamos jadeando, con los ojos brillantes y una expresión de incredulidad y asombro.

En sus ojos hay algo que se parece peligrosamente a la ternura, una emoción cruda y vulnerable que nunca antes le había visto.

Sus manos suben para acunar mi rostro con una delicadeza que me hace temblar, me acaricia las mejillas con los pulgares y vuelve a apoyar la frente en la mía.

Cierro los ojos ante el contacto, ante la abrumadora sensación de su cercanía, y con una ternura que me derrite por dentro y con una voz llena de un cariño que nunca hubiera imaginado en él, dice:

—Este debería haber sido tu primer beso. Nuestro primer beso.

Sus palabras, dichas con esa suavidad, me golpean con más fuerza que el beso mismo.

«Nuestro primer beso».

No lo dice como si quisiera borrar lo que ocurrió antes, ni como si pudiera deshacerlo. Lo dice como una ofrenda. Como si quisiera devolverme algo que no sabía que me había quitado. Una primera vez limpia. Una elegida. Una real.

Una lágrima solitaria se me escapa y resbala por mi mejilla. Él la seca con un pulgar.

No sé qué decir, porque no hay palabras que puedan expresar todo lo que acaba de despertar en mí.

Así que solo lo miro y espero que en mis ojos encuentre la gratitud, la emoción y esa chispa que me da miedo nombrar, pero que ya no sé cómo esconder.