Capítulo 25 Sinceridad que desnuda el alma
Mia
La música retumba en mi pecho tan fuerte que siento vibrar hasta los huesos.
A mi alrededor, un hormiguero de cuerpos se mueve al ritmo de una canción que no reconozco, entre risas estridentes y gritos que intentan superar el volumen ensordecedor.
El aire está cargado con una mezcla densa de alcohol, sudor y una variedad de perfumes que me marea un poco.
Las luces de colores parpadean sin descanso y tiñen la escena de azules, rojos y verdes intermitentes.
—¡Toma, Mia! —La voz de Brooke suena justo a mi lado, vaso de plástico en mano, y me sobresalta—. Una cerveza para ti y una para mí. ¡Para que te sueltes un poco y empieces a disfrutar!
Miro el vaso que me ofrece, esta vez no es un refresco; el líquido ambarino con espuma blanca en la parte superior me resulta completamente ajeno. Cerveza, nunca la he probado y no estoy muy segura de que vaya a gustarme.
—No suelo beber cerveza. —Intento que mi voz se oiga por encima de la música.
—¡Pues hoy es un buen día para empezar! —exclama ella con una sonrisa radiante, claramente en su salsa—. ¡No es veneno, Mia! Venga, solo un poquito para que te quites los nervios. Además, es tradición en las fiestas de Sigma Chi ¡y tienes suerte de que he pillado el barril frío!
La idea de beber algo que no sea agua o un refresco me pone nerviosa, y más después de la desastrosa noche de los chupitos. Pero también veo la ilusión en los ojos de Brooke, sus ganas de que me integre, de que me divierta. Y una parte de mí, esa parte que anhela la normalidad, quiere intentarlo.
—Eres muy mala influencia, ¿lo sabes? —digo a modo de aceptación. Cojo el vaso con una mano algo temblorosa—. Pero solo un poco, ¿vale?
—¡Así me gusta! —Brooke choca su vaso con el mío—. ¡Por las nuevas experiencias!
Le doy un sorbo pequeño, con cautela. El sabor es amargo, burbujeante y frío. No es desagradable del todo, pero tampoco es delicioso. Hago una mueca que intento disimular. Brooke se ríe.
—Te acostumbrarás —asegura, aunque no lo tengo tan claro—. Ahora, ¡a observar el percal! Mira a ese de allí, el que baila como si le estuviera dando un ataque epiléptico. Es de tercero de Ingeniería, siempre es el alma de la… bueno, del descontrol.
Sigo su mirada y no puedo evitar sonreír.
La gente baila con un abandono que me resulta fascinante y un poco intimidante.
Grupos de chicos y chicas ríen a carcajadas, otros se besan en rincones oscuros, ajenos al mundo.
Es un caos de energía juvenil, de libertad desenfrenada.
Y yo me siento como una antropóloga estudiando una tribu desconocida.
Mis ojos, casi por instinto, empiezan a buscar entre la multitud.
¿Dónde está Easton? Lo localizo al otro lado del salón, cerca de una estantería que hace las veces de barra improvisada donde se apilan más vasos rojos.
Está con Jace y Theo. Ríe por algo que dice Jace.
La luz azul de un foco le da de lleno en la cara y resalta las líneas de su mandíbula.
Se ve relajado y sociable. El Easton que Brooke describió una vez cuando llegué aquí.
El que es «el alma de la fiesta cuando se suelta».
Y entiendo a la perfección por qué las chicas se sienten atraídas por él.
Luego su mirada se cruza con la mía. La sonrisa no se borra de sus labios por completo, pero se transforma.
La diversión en sus ojos se apaga, sí, sin embargo, no es reemplazada por el hielo cortante de antes, sino por esa intensidad indescifrable que ahora conozco tan bien.
Me da un vuelco el estómago. Aparto la vista rápidamente y me centro en mi vaso de cerveza, con las pulsaciones disparadas.
Vale. Quizás la «tregua» o lo que sea que tengamos no solo funciona en la tranquilidad del apartamento. Quizás él también está tan confundido como yo. Esta nueva versión de Easton es desconcertante y me hace burbujear el cuerpo.
Doy un sorbo demasiado grande de cerveza en un intento de sosegar el calor que siento de repente. El líquido, amargo y fresco, me resbala por la garganta, aunque apenas lo noto. Tengo las neuronas atareadas en otros menesteres: intentan descifrar la mirada de Easton. Solo se ocupan de ello.
—Eh, Mia, ¿dónde te has ido? —La voz de Brooke me saca de mi ensimismamiento. Me da un codazo juguetón—. Te has quedado mirando a la nada con cara de ver un fantasma. ¿Todo bien?
—Sí, sí. Solo es que hay mucho ruido —miento, y fuerzo una sonrisa—. No estoy acostumbrada a estas cosas.
—Tranquila. Es normal al principio. Luego te haces al caos. ¡Mira! Ahí está Chloe, de mi clase de Marketing. ¡Voy a saludarla! ¡No te muevas de aquí, ahora vuelvo!
Y antes de que pueda protestar, Brooke se escabulle entre la multitud con la agilidad de una anguila y me deja sola en medio del gentío ruidoso y sudoroso.
Me siento como un faro en una tormenta, es como si desentonara aquí y todos me miraran, aunque nadie se fija en mí, son solo percepciones mías.
Bebo otro sorbo de cerveza, más por tener algo que hacer con las manos que por gusto.
Intento parecer natural, observar a la gente bailar, charlar…
, pero mis ojos, traidores, vuelven a buscarlo a él, que sigue en el mismo sitio.
La música cambia a algo con un ritmo más lento, más sensual.
Se forman varias parejas en la pista improvisada y algo se me encoge por dentro, aunque no sé darle nombre.
La gente se toca, comparte secretos al oído, se besan.
Y yo estoy aquí, sola, con un vaso de cerveza ya tibia en la mano y me siento más fuera de lugar que nunca.
El calor empieza a ser sofocante. Necesito aire. Miro a mi alrededor, en busca de una salida, una vía de escape de esta marabunta de cuerpos y ruido. Veo una puerta que parece llevar a un patio trasero o un jardín y decido arriesgarme.
Esquivo con torpeza a la gente que baila y pido perdón con la mirada cuando tropiezo con alguien.
Finalmente, llego a la puerta y la empujo.
El aire fresco de la noche me golpea la cara como una bendición.
Es un pequeño patio trasero, menos concurrido, con algunas sillas de plástico esparcidas y gente charlando en grupos más pequeños.
La música llega aquí más amortiguada, mezclada con el sonido de las conversaciones.
Me apoyo en la barandilla de madera que rodea el patio y respiro hondo. Esto está mejor. Mucho mejor. Cierro los ojos un instante e intento calmar el torbellino que es ahora mi cabeza. La imagen de Easton vuelve, su mirada intensa, la forma en que…
—¿Escapando del ruido?
Una voz grave y demasiado cercana, me hace dar un respingo. Abro los ojos de golpe. Es él. Se ha apoyado en la barandilla a mi lado y me mira con esa expresión indescifrable que me eriza la piel.
—Sí, un poco —tartamudeo. El corazón me empieza a latir con más fuerza—. Demasiada gente ahí dentro.
Él asiente y mira hacia la casa.
—¿No te gusta la fiesta?
—No es eso. Es que no estoy acostumbrada. —Me encojo de hombros y me siento estúpida, como siempre que tengo que confesar algo por el estilo.
—Supongo que tu vida en la «jaula dorada» no incluía muchas fiestas de fraternidad —añade tras una breve pausa, con media sonrisa que asoma en sus labios y le quita toda la posible malicia al comentario.
—No, la verdad —admito, algo más relajada—. Mi padre no es muy fan del «caos estudiantil» —bromeo.
Asiente de nuevo, pensativo. Se lleva el vaso a los labios y bebe un sorbo, sin apartar la mirada de mí.
Y en sus ojos, bajo la luz tenue del patio, vuelvo a ver esa intensidad, esa mezcla de confusión y algo más, algo que me atrae y me asusta a partes iguales.
Una electricidad estática que aumenta de potencia por segundos, de la tensión de todas las cosas no dichas, de la historia que se arremolina entre nosotros.
—Gracias —suelto, sin saber muy bien por qué, aunque siento la necesidad de romper esta energía que crepita entre nosotros—. Por todo: por calmarme en mi ataque de pánico, por apoyarme con lo de Joe. Y… por la cena.
No aparta la mirada de mí. Sus ojos claros, ahora más oscuros porque tiene las pupilas dilatadas, parecen buscar algo en los míos.
—No tienes que agradecerme nada, Mia —susurra.
Su voz, al decir mi nombre, sigue provocándome un escalofrío. Es tan diferente a cuando me llama «princesa» con ese tono de desprecio apenas disimulado.
—Sí que tengo —insisto en voz baja—. Has sido… —busco la palabra— amable conmigo en este caos.
Se ríe, aunque intenta disimularlo al pasarse la mano por los labios y esconder el gesto que tira de la comisura de boca.
—¿Amable? ¿Quizás menos capullo de lo habitual?
Me encojo de hombros y una pequeña sonrisa nerviosa juega en mis propios labios.
—Algo así.
Easton suelta un resoplido que podría ser una risa ahogada.
Da un paso, se acerca a mí y acorta la distancia entre nosotros.
Ahora puedo oler su perfume, una mezcla de cítricos y algo más profundo, masculino, que me revuelve el estómago de una forma extraña y agradable.
Puedo ver el brillo de sus ojos en la penumbra, la forma en que su mandíbula sigue tensa, como si estuviera librando una batalla interna.
—Quizás estoy cansado de ser un gilipollas contigo, princesa —murmura con la voz tan baja que apenas lo oigo por encima de la música lejana. Y esta vez, ese «princesa» me estremece más que oírlo pronunciar mi nombre porque lo ha dicho con una suavidad que se me ha clavado en el alma.
Sus ojos bajan a mis labios una fracción de segundo y luego vuelven a los míos.
Mi corazón empieza a latir con una fuerza desbocada. Siento un calor extenderse por el cuerpo, una anticipación que me seca la boca. El aire entre nosotros parece vibrar. ¿Está pasando esto de verdad? ¿O es el efecto de la cerveza, de la noche o de la tensión acumulada?
No lo sé. Y en este momento, no me importa.