Capítulo 24 La noche se complica #2
Jace me mira, luego a Mia, y una sonrisa lenta se extiende por su cara.
Brooke levanta un par de veces las cejas —con un mal gestionado disimulo— a Mia.
Theo asiente, como si ya se lo esperara.
No hay sorpresa en que yo vaya, pero noto su interés agudizado, sus antenas de cupidos vibrando ante la posibilidad de que mi decisión tenga algo que ver con la chica que ahora mismo parece el centro de mi jodido universo, lo quiera o no.
Veo cómo una pequeña arruga de confusión aparece entre las cejas de Mia.
—¿Ves? —dice Brooke, triunfante—. ¡Hasta el mismísimo Easton Davis se digna a salir de su cueva cuando hay buena compañía! ¡No tienes escapatoria, amiga!
Mia suspira, con una mezcla de resignación o quizás con una mínima chispa de curiosidad.
—Vale —cede al fin—. Supongo que… Está bien, iré.
Brooke ensancha la sonrisa de oreja a oreja. Jace y Theo intercambian una mirada de «misión en marcha». Y yo me quedo ahí, sintiendo cómo la vida se me complica.
La noche llega demasiado rápido. Mientras me pongo una camiseta limpia y unos vaqueros, oigo las voces de Brooke y Mia en el salón.
Brooke está entusiasmada, e intenta convencer a Mia de que se ponga algo «más festivo».
Escucho la risa nerviosa de Mia y sus protestas ahogadas.
Y una parte de mí, la que no quiero reconocer, siente una punzada de curiosidad por ver qué se pondrá y cómo actuará fuera del ambiente tenso del apartamento.
Cuando salgo de mi cuarto, Jace y Theo la están piropeando en broma.
Mia lleva unos vaqueros oscuros que se ajustan a su cuerpo y una blusa sencilla, de un color azul intenso que resalta el color de sus ojos.
No es nada espectacular, pero… ¡Joder! Se ha dejado el pelo suelto con unas ondas marcadas y va maquillada.
Hostia puta, qué noche tan dura me espera.
Hay una luz en su mirada, una mezcla de nerviosismo y una incipiente excitación que la hace parecer más viva. Más atractiva. Joder. Tengo que hacer un esfuerzo monumental por arrancar la mirada de ella.
—Está guapa nuestra Mia, ¿eh, Easton? —se mofa Jace de mí, dándome un codazo—. Va a romper corazones esta noche.
Mia se sonroja y murmura algo sobre que no exageren. Yo me aclaro la garganta.
—¿Nos vamos ya o qué? —Hago como si no me hubiera dicho nada. ¿Para qué? Decir que está guapa es quedarse corto, muy corto.
Salimos del apartamento en grupo. La noche es fresca y en el aire se respira la vibración de un fin de semana épico.
Los chicos vamos detrás de ellas, que ríen por alguna chorrada que habrá soltado Brooke.
Me flipa la forma en que el pelo de Mia se mueve cuando echa la cabeza hacia atrás para soltar una sonora carcajada más libre de lo que la he oído nunca.
Siento una opresión extraña en el pecho.
A medida que nos acercamos a la fraternidad, el estruendo se hace más evidente.
La casa en sí es una de esas viejas construcciones victorianas convertidas en fortaleza estudiantil, con la pintura desconchada en algunos sitios y un porche que parece haber sobrevivido a varias generaciones de fiestas salvajes.
Luces de neón de colores parpadean desde las ventanas del piso de abajo y proyectan sombras grotescas sobre el césped del jardín delantero que está, sorprendentemente, bien cuidado, y donde hay varios grupos bebiendo directamente de botellas y fumando algo cuyo olor dulzón y penetrante se mezcla con el de la cerveza y la tierra húmeda.
Entramos y el impacto es total. El calor húmedo y sofocante, una mezcla de sudor, alcohol y cuerpos demasiado juntos, me golpea la cara.
El suelo está pegajoso, un clásico. La música, un hip-hop con unos bajos tan reventados que distorsionan la melodía, lo inunda todo y obliga a la gente a gritar para hacerse oír.
Hay un mar de cabezas, cuerpos moviéndose con más o menos gracia —más bien menos— en el salón que se ha convertido en una pista de baile improvisada y abarrotada.
—¡Barra libre al fondo! —grita Jace por encima del ruido, y señala hacia la cocina, de donde emana una luz más brillante y un olor intenso a fritanga recalentada.
Nos abrimos paso a codazos entre la multitud.
Mia va delante de mí y detrás de Brooke, con los ojos muy abiertos.
Mira a un lado y a otro, mientras asimila el caos sensorial.
Se encoge un poco cuando un tipo enorme y sudoroso pasa por su lado y la empuja.
Tenso la mandíbula y me contengo para no soltarle un puñetazo.
La cocina es una batalla campal por conseguir un vaso de plástico rojo y abrirse paso hasta el barril de cerveza, que gotea sobre una toalla sucia.
Cuando por fin consigo servirme, el líquido está tibio y tiene ese sabor metálico de la cerveza más barata del mercado.
Me da igual, necesito algo que me distraiga de mis propios pensamientos.
Jace y Theo ya están en su salsa, rodeados de conocidos y riendo.
Observo a Mia: está pálida, aferrada a su vaso como si fuera un salvavidas, con la mirada perdida en el remolino de gente.
Está claramente abrumada y una parte de mí, la que se resiste, la que odia esta conexión no deseada, siente una punzada de…
¿satisfacción? No. No es eso. Es… joder, no lo sé.
Quizás es solo la confirmación de que ella no pertenece a este mundo, de que sigue siendo esa chica rica, por mucho que intente negarlo.
Pero otra parte, la que ha visto su fuerza y su vulnerabilidad, la que la sostuvo mientras lloraba, siente el impulso de sacarla de aquí.
Me obligo a apartar la mirada y me centro en la conversación superficial que Jace intenta mantener conmigo sobre un partido de no sé qué.
Pero mis sentidos siguen alerta, rastreando su presencia entre la multitud, consciente de cada uno de sus gestos, de la forma en que se muerde el labio, de la tensión en su cuerpo.
Esta fiesta, que se suponía que era una distracción, se está convirtiendo en otra prueba de mi autocontrol. Y sé, con una certeza incómoda, que estoy a punto de suspenderla.