Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 24 La noche se complica
64%

Capítulo 24 La noche se complica

Easton

El temblor de su cuerpo amaina poco a poco entre mis brazos.

Mia se ha aferrado a mi camiseta con la fuerza de un náufrago y su respiración, antes hecha de suspiros entrecortados, se vuelve más profunda, más regular, contra mi pecho.

Noto el peso de su cabeza sobre mí; creo que el agotamiento emocional y físico la ha vencido.

Aprovecho para aspirar de nuevo el aroma de su pelo y, muy a mi pesar, siento cómo empieza a clavárseme en la memoria de una forma extraña y persistente.

No quiero moverme, quiero seguir sosteniéndola, creo que ya me he rendido en la lucha contra esa parte de mí que se resistía a ella. Me centro en el silencio de la habitación, solo roto por el sonido de su respiración.

La rabia que sentí hacia Joe sigue ahí, una brasa fría y dura en mi pecho, pero ahora está cubierta por una capa de algo más.

Una preocupación que va más allá de la simple responsabilidad.

La imagen de su terror en el salón, su confesión sobre la vida de «prisionera» que llevaba, el recuerdo del beso en el hospital y la revelación de Brooke sobre su primera vez. Todo se arremolina en mi cabeza.

Esta chica, la que durante años ha sido el foco de mi resentimiento infantil, la encarnación de la atención que sentía que mi madre me quitaba, está ahora mismo vulnerable y buscando seguridad en mí. Y yo, contra toda lógica, contra toda mi historia de hostilidad hacia ella, se la estoy dando.

Con un cuidado que no sabía que poseía, me muevo despacio para no despertarla y la acomodo con delicadeza sobre las almohadas, en su lado de la cama.

Su rostro, ahora sereno sumido en el sueño, parece increíblemente joven, casi infantil.

Le aparto con suavidad un mechón de pelo que le cae sobre la frente.

La luz tenue que se filtra por la ventana ilumina sus pestañas oscuras y la curva suave de sus labios.

Tengo que tragar saliva fuerte cuando recuerdo su sabor.

Me levanto y me quedo de pie junto a la cama, tengo que apartarme de la tentación porque me muero por volver a besarla, aunque la culpa por cómo pasó en el hospital, por haberle estropeado ese momento, vuelve con fuerza.

La disculpa torpe que le ofrecí parece ahora una minucia.

Y mi comportamiento de las últimas semanas… joder, he sido un capullo integral.

Verla así, tan indefensa, después del terror que le ha hecho pasar Joe me mata. Todo el rencor que llevo años acumulando se encoge hasta volverse insignificante comparado con la urgencia de protegerla. Ese cabrón no se va a acercar a ella. No mientras yo pueda evitarlo.

Miro la cama, nuestra cama ahora, por obligación de las circunstancias. La idea de tumbarme a su lado esta noche, después de todo esto, con ella durmiendo tan tranquila porque confía en que la protegeré, me revuelve por dentro. Necesito espacio. Necesito pensar.

Cojo mi almohada y una manta del armario. El sillón es incómodo de narices, pero incluso el suelo será mejor que la tortura de estar a centímetros de ella ahora mismo, con este caos de emociones en el pecho.

Salgo de la habitación en silencio, cierro la puerta con cuidado y la imagen de Mia, dormida y vulnerable en mi cama, se queda grabada en mi retina.

La noche va a ser larga y sé que mañana, cuando despierte, nada volverá a ser igual entre nosotros.

Y esa idea, por primera vez, no me provoca solo rechazo, ahora hay algo jodidamente complicado y, quizás, inevitable.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Los días que han seguido a aquella noche han sido un aprendizaje de ensayo y error para ajustarnos a esta nueva conexión entre nosotros: la atención sobre Mia cuando el capullo de turno intenta comunicarse con ella y la evitación que nos profesamos el resto del tiempo.

Joe ha seguido mandándole mensajes, aunque lleva unos días mucho más calmado.

Al menos no la llama, y eso hace que no esté tan nerviosa.

Es como si pudiera lidiar con un mensaje, pero no con una llamada.

Al día siguiente de su ataque de pánico, hablé con el responsable de seguridad del campus, no sin antes tener que rellenar una instancia —puta burocracia— y ya están sobre aviso.

Pude enseñarles una foto que saqué de internet, de la web de la empresa del señor Astor. Fue fácil encontrarla.

Ahora, lo que más me preocupa es no haber hablado con su padre.

Cada día me repito que debería hacerlo, por mucho que Mia esté en contra.

Al fin y al cabo, es uno de sus trabajadores y debería saber qué tipo de gente contrata, ¿no?

Por lo menos, el hombre no le daría información gratuita de Mia al cabrón de su empleado sin saber el daño que le está haciendo a su hija.

Por lo que a ella respecta, algo fundamental ha cambiado entre nosotros, aunque ninguno de los dos se atreva a ponerle nombre.

La hostilidad abierta y mi sarcasmo constante hacia ella se han disipado y han sido sustituidos por una expectación similar a una bomba de relojería que está a punto de explotar.

Nos movemos por el piso como dos imanes a los que les cambia la polaridad: nos atraemos y repelemos en una danza invisible.

La pillo mirándome a veces, con esos ojos suyos enormes y llenos de preguntas, y tengo que apartar la vista rápidamente, porque conectar con su mirada me produce una punzada de algo que no quiero analizar.

Yo también la observo más de lo que quiero admitir, me fijo en pequeños detalles que antes mi resentimiento me impedía ver: la forma en que arruga la nariz cuando se concentra estudiando en la mesa del comedor, con la lengua asomando ligeramente por la comisura de los labios.

El hecho de que siempre se sirve el té en la misma taza azul desconchada que nadie en este apartamento quiere, y cómo la sujeta con ambas manos, como si buscara calor o consuelo.

Eso es algo que me choca, porque no es nada típico de alguien que ha vivido toda la vida entre el lujo.

Noto que, a pesar de su aparente fragilidad, tiene una determinación de acero cuando se trata de defender sus convicciones. Y eso me pone. Mucho.

Voy a la cocina para servirme un vaso de agua fresca, tengo que calmarme o no tendré más remedio que meterme en la ducha bajo el agua fría.

Me paro en seco al encontrármela intentando alcanzar un bote de la estantería más alta.

Se pone de puntillas, estira el brazo y el jersey que lleva —hoy, para mal de mi cordura es uno de su talla—, se le sube un poco y deja al descubierto una franja de piel pálida en su cintura.

Mi mirada se queda pegada a esa porción desnuda de su cuerpo, luego sube por la curva de su espalda y me quedo flipado con la forma en que su pelo suelto le cae en una cascada.

Sacudo la cabeza, molesto conmigo mismo por la reacción de mi cuerpo.

Sin pensarlo, me acerco, alargo el brazo por encima de su cabeza y cojo el bote.

—Ten —le digo en un susurro.

Ella se gira de golpe, ahoga un grito y se le abren los ojos al verme tan cerca.

—Ah, gracias, Easton. No llegaba. —Se toca la mejilla con la mano libre para disimular el leve rubor que las colorea.

—Ya me he dado cuenta —respondo sin intención de sonar seco.

Mi mirada se queda enganchada en la forma en que se muerde el labio inferior, un gesto nervioso que empiezo a reconocer como suyo. Me aparto con brusquedad de ella y salgo de la cocina, sintiéndome un idiota. ¿Adelantarme a sus necesidades? ¿Desde cuándo hago esas cosas por Mia Astor?

Theo y Jace me paran a medio camino.

—¡Ven que tenemos notición! —exclama un efusivo Theo.

Y me arrastran de nuevo hacia la cocina.

—¡Fiesta esta noche en la fraternidad Sigma Chi! —vocea Jace agitando el móvil que lleva en la mano—. Es el cumple de Mark Stevens. Va a estar todo el campus y dicen que han pinchado tres barriles de cerveza. ¡Planazo!

—Tenemos que ir todos —sugiere Theo, y nos señala con el dedo índice, alternativamente a Mia —que aún no ha abierto la boca—, y a mí.

—¿Ir a dónde? —pregunta Brooke que acaba de entrar por la puerta.

—Fiesta de cumpleaños en Sigma Chi —la informa Jace. Brooke se acerca a él y le da un pico como saludo.

—¡Justo lo que me recetó el doctor para este fin de semana! Necesito bailar y olvidarme de los plazos de entrega. —Se cuelga de su brazo y se gira hacia su amiga, que sigue con cara de circunstancias—. Mia, ¿tú qué dices? ¿Te animas? ¡Venga, será divertido!

—No sé… —duda, y me deja alucinado cuando sus ojos buscan los míos con una expresión que no sé bien cómo descifrar. ¿Me está pidiendo ayuda o permiso? No tengo ni idea, lo único claro que tengo es que la forma en que me mira me mata.

—¡Venga, amiga! Necesitas distraerte. El cabrón de Joe no te va a tener recluida en este piso.

Cuando Mia les contó a Brooke, Jace y Theo lo que ocurría, fue toda una odisea calmar a nuestra amiga y ahora parece que tiene por misión hacer que se distraiga y no piense más de la cuenta en ese tipejo.

—Además, venir a la uni no es solo estudiar y hacer de voluntaria en el hospital. ¡Una asignatura obligatoria también es pasarlo bien! Y no te pienso dejar sola en casa. Además, así conoces gente nueva, te relacionas…

Mia sigue sin tenerlo claro y vuelve a morderse el labio.

Supongo que estar en un ambiente que no controla y todavía con la ansiedad de Joe revoloteando por ahí la condicionan.

Entonces, antes de que mi cerebro pueda procesar del todo las implicaciones, las palabras salen de mi boca, casi por voluntad propia.

—Yo también voy. Mark es buen tipo, y sus fiestas no suelen estar mal.