Capítulo 23 No estoy sola #2
Su afirmación, dicha con esa calma tensa pero firme, consigue que el nudo de pánico en mi pecho se afloje una milésima. Asiento, sin palabras, todavía temblando un poco, aferrada a esa promesa inesperada.
Brooke, que ha estado observando la escena con los ojos muy abiertos, se acerca a nosotros con el rostro lleno de preocupación. Jace y Theo también han dejado de lado sus bromas y nos miran con seriedad.
—Oye, ¿qué está pasando? —pregunta Brooke en voz baja. Se dirige primero a mí y luego a Easton—. Mia, estás pálida como un fantasma. Easton, ¿es por las llamadas? ¿De quién son?
Antes de que yo pueda balbucear una respuesta, Easton interviene. Se interpone entre Brooke y yo, no de forma agresiva, sino protectora.
—Mañana os contamos con más calma. Ahora, creo que lo mejor es que Mia se tranquilice —explica con un tono calmado, aunque con un matiz de autoridad que hace que Brooke se detenga.
Jace y Theo intercambian una mirada y asienten, parecen entender —o al menos aceptan— la necesidad de no presionar más. Brooke sigue mirándome con preocupación, aunque termina por acatar.
Me siento muy expuesta y vulnerable. La idea de seguir en el salón, con todas las miradas puestas en mí, con la amenaza de Joe flotando en el aire y esta nueva e indescifrable dinámica con Easton es demasiado.
—Yo… creo que me voy a… a la habitación —murmuro, con la imperiosa necesidad de escapar—. Necesito descansar un poco.
—Claro, ve tranquila. —Brooke me abraza con cariño y me da un beso en la sien—. Si necesitas cualquier cosa avísame, sea la hora que sea —me susurra en el oído.
Me separo de ella, le regalo una sonrisa triste y le aprieto la mano en señal de afirmación.
Easton me mira, y por un instante veo esa misma expresión de preocupación concentrada de antes, aunque no dice nada.
Me giro y me dirijo al pasillo, consciente de las miradas clavadas en mi espalda.
Cierro la puerta detrás de mí y voy directa a la cama.
Me dejo caer sobre el borde de «mi lado» con el móvil todavía apretado en la mano.
El apartamento al otro lado de la hoja de madera parece un hervidero de ruidos amortiguados y de preguntas sin respuesta.
No sé cuánto tiempo pasa. Intento calmar mi respiración, analizar los mensajes de Joe, pero el miedo y la ansiedad son una niebla espesa en mi cabeza.
Oigo unos pasos en el pasillo y luego unos golpes suaves en la puerta.
—¿Mia? ¿Puedo pasar? —Es la voz de Easton que suena con una cautela inusual en él. ¿Me pide permiso para entrar en su propia habitación?
—Sí, claro —respondo tras aclararme la garganta.
La puerta se abre y él entra, cerrándola con suavidad detrás. Se queda de pie un momento y me mira. Su expresión es seria, indescifrable.
—¿Estás más tranquila? —Coge la silla del escritorio y se sienta frente a mí.
Niego con la cabeza.
—No mucho.
Easton asiente y tensa la mandíbula antes de preguntar de nuevo.
—No pienses más en ello —me pide en voz baja sin rastro de la hostilidad a la que me tiene acostumbrada.
Asiento, incapaz de hablar, con las lágrimas amenazando con volver.
—Tengo mucho miedo, Easton —susurro con la voz rota—. Cuando dijo que sabía que estaba sola…
Veo cómo tensa la mandíbula y los ojos se le oscurecen en un segundo.
—Ya te lo he dicho antes, Mia, y te lo repito ahora: no estás sola en esto. Mientras estés aquí, en este piso, ese cabrón no se te va a acercar. Te lo prometo.
Su firmeza es como un bálsamo, aunque tengo mis dudas.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Él…
—Porque ya le paré los pies una vez, ¿recuerdas? —Hay un deje de acero en su voz—. Y si tengo que volver a hacerlo, lo haré. No voy a dejar que te haga daño.
Me quedo mirándolo mientras asimilo sus palabras. La forma en que lo dice y la determinación en su mirada son tan diferentes de todo lo que he conocido de él…
—Mañana por la mañana —continúa con un tono más suave—, hablaremos con calma y veremos qué hacemos. Guardaremos esos mensajes y los números que ha utilizado. Si es necesario, hablaremos con la seguridad del campus o incluso… bueno, ya veremos. Pero no vas a pasar por esto sola. ¿Entendido?
Asiento de nuevo, esta vez con un poco más de convicción. Sus palabras y su seguridad empiezan a disipar una pequeña parte del terror que siento.
Él me observa un momento más, se levanta de la silla y se sienta a mi lado con una torpeza que lo hace parecer casi vulnerable, y entonces susurra:
—Ven aquí…
Dudo un instante.
No espera mi respuesta. Se mueve un poco más para acercarse a mí, me rodea los hombros y me atrae hacia él.
Es un gesto lento y vacilante; yo me dejo llevar y, al segundo siguiente, estoy acurrucada entre sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho firme.
No es el abrazo desesperado de esta tarde en el comedor: este es deliberado, protector.
Cierro los ojos, aspiro su olor limpio y masculino y escucho el latido constante y tranquilizador de su corazón bajo mi oído.
Es muy raro, pero aquí, en los brazos de Easton Davis, el chico que creía que me odiaba, me siento, increíble e inexplicablemente, a salvo.
Y por esta noche, eso es todo lo que importa.