Capítulo 23 No estoy sola
Mia
El último bocado de mis raviolis de ricotta y espinacas se deshace en mi boca, aunque apenas soy consciente de su sabor. Mi atención ha estado dividida toda la cena entre la comida, que estaba sorprendentemente buena, y la persona sentada frente a mí.
La noche es surrealista. Me siento como si me hubiera desdoblado de mí misma y mi alma flotara a mi alrededor, contemplando esta escena tan insólita, mientras mi cuerpo actúa como un autómata con Easton.
Hemos hablado de temas neutros: de las asignaturas más difíciles de primero, de lo abarrotada que está siempre la biblioteca del campus, de lo aguado que sirven el café en la cafetería de la facultad de Medicina.
Él ha escuchado, ha asentido, incluso ha respondido con frases completas que no contenían sarcasmo ni desprecio.
Por momentos, casi parecía una cena normal entre dos personas normales. Casi.
Porque algo ha seguido vibrando entre nosotros durante toda la velada, como un cable de alta tensión bajo la piel.
Cada vez que sus ojos se han encontrado con los míos, he sentido ese chispazo de algo indescifrable que me deja sin aliento, y he apartado la mirada de inmediato.
Ya no hay desprecio, sino una intensidad diferente.
Una que me tiene más nerviosa aún si cabe.
El camarero retira nuestros platos con una sonrisa amable. Easton pide la cuenta y paga sin darme tiempo siquiera a ofrecerme a pagar mi parte. Zanja el asunto con un gesto rápido y eficiente que no admite discusión.
—¿Lista? —pregunta con una amabilidad que me choca. Es como si fuera su cuerpo, pero lo hubiera poseído otra persona.
Asiento, incapaz de decir mucho más. Salimos del pequeño restaurante italiano a la quietud fresca de la noche del campus.
Camino a su lado, manteniendo una distancia prudencial, el silencio entre nosotros ahora es diferente al de la cena.
Allí, la comida y el ambiente del local servían de amortiguador.
Aquí, a solas, bajo el cielo oscuro, la extrañeza de la situación me encoge todavía más el estómago.
Es como si anduviera sobre la cuerda de un funambulista; un movimiento en falso, una palabra equivocada, y temo que todo se rompa y vuelva el Easton hostil que conozco tan bien y tan poco me gusta.
Me cuesta reconocer que no quiero que eso ocurra porque la versión de este Easton me fascina y me atrae muchísimo.
Intento analizar su perfil en la penumbra mientras caminamos.
Su mandíbula sigue tensa, aunque no de la misma manera agresiva de siempre.
Sus manos están en los bolsillos de la chaqueta.
Camina con esa seguridad tranquila que lo caracteriza, no obstante, hay algo en su postura, en el leve encorvamiento de sus hombros, que me sugiere que él también está tan tenso e incómodo como yo.
Cruzamos una zona más oscura del campus, un camino bordeado de árboles que lleva hacia la zona de los apartamentos.
Él camina un poco por delante, marcando un ritmo tranquilo y constante.
De repente, de la nada, una bicicleta veloz surge de un sendero lateral sin iluminar.
Va a toda pastilla, sin luces, y el ciclista encorvado sobre el manillar como si le fuera la vida en ello.
No tengo tiempo de reaccionar. Suelto un grito ahogado, mis pies se enredan al intentar apartarme y estoy a punto de caer, pero, antes de que mi cuerpo impacte contra el suelo, unos brazos fuertes me rodean la cintura, tirando de mí hacia atrás con una fuerza que me deja sin aliento.
Choco contra un cuerpo sólido y cálido, el de Easton.
Me ha agarrado justo a tiempo para apartarme de la trayectoria de la bicicleta, que pasa silbando a centímetros de donde yo estaba hace un segundo. El ciclista ni siquiera se detiene, solo suelta una maldición al aire y sigue su camino.
Todo ha pasado en una fracción de segundo. Easton todavía me sujeta con firmeza, con las manos en mi cintura y su pecho contra mi espalda. Siento el calor de su cuerpo a través de mi chaqueta y su respiración agitada cerca de mi oído.
—¿Estás bien? —Su voz, grave y tensa, hace que se me ponga el vello de punta.
Asiento, despacio, y me giro poco a poco entre sus brazos hasta quedar frente a frente.
La luz de una farola cercana ilumina su rostro.
Sus ojos azules me miran con una intensidad que me atraviesa.
Veo preocupación en ellos y una chispa, una conexión eléctrica que crepita en el aire entre nosotros, mucho más potente que cualquier roce anterior.
El casi accidente, la adrenalina, su cercanía física…
todo se mezcla en una sensación abrumadora.
Sus manos me siguen agarrando y soy dolorosamente consciente de cada punto de contacto entre nuestros cuerpos. Noto el olor de su perfume, mezclado con el aire fresco de la noche. Nuestros ojos siguen enganchados y el mundo parece haberse detenido.
Veo cómo su nuez sube y baja y su mirada se desvía un instante a mis labios antes de volver a mis ojos.
Por un momento, un momento demencial, creo que va a…
Que podría… Y no, de repente parpadea, como si saliera de un trance, me suelta la cintura con brusquedad, como si mi piel quemara, y da un paso atrás, rompiendo el contacto.
El magnetismo que hacía un momento parecía atraernos sin remedio se corta de golpe y me deja con una sensación de vacío y frío.
—Hay que tener cuidado. —Rompe el silencio con un tono ronco que antes no tenía—. Hay mucho idiota suelto.
Asiento de nuevo, todavía aturdida.
—Sí, gracias.
No responde. Se gira y reanuda la marcha, quizás un poco más rápido que antes.
Lo sigo en silencio, con las piernas temblando y el corazón todavía acelerado, pero ahora no solo por el susto de la bicicleta.
Ese instante, esa proximidad y esa mirada, me han dejado una marca cuya profundidad todavía desconozco.
El resto del camino de vuelta al apartamento transcurre en un silencio denso.
Soy hiperconsciente de cada centímetro que nos separa y del roce ocasional de su brazo contra el mío cuando la acera se estrecha.
La imagen de sus manos en mi cintura, de su rostro tan cerca, de esa mirada intensa bajo la farola, se repite en mi mente.
¿Qué ha significado? ¿Por qué me ha afectado tanto?
Llegamos al portal y subimos las escaleras.
Easton abre la puerta del apartamento y me cede el paso con un gesto que se podría considerar galante.
Al entrar, el sonido de risas y del televisor nos llega desde el salón.
Jace, Theo y Brooke están allí, desparramados en los sofás, viendo una peli de acción con varias bolsas de patatas fritas abiertas sobre la mesa de centro.
Se callan de golpe al vernos entrar juntos.
Las tres cabezas se giran hacia nosotros al unísono, y las expresiones de sorpresa se transforman rápidamente en sonrisas llenas de malicia y curiosidad.
—¡Hombre, mirad quiénes han decidido honrarnos con su presencia! —exclama Jace, bajando el volumen de la tele con el mando. Su tono es puro cachondeo—. ¿De dónde salís, tortolitos? Creíamos que os había tragado un agujero negro.
Siento la cara arder y Easton se tensa a mi lado.
—Estábamos dando un paseo —murmuro, deseando que me trague la tierra.
—Espera. ¿Has dicho ESTÁBAMOS? ¿Los dos juntos? —me interroga Brooke con los ojos como platos.
—Pues habéis hecho unos cuantos kilómetros, porque llevamos un par de horas en casa… —inquiere Theo con media sonrisa canalla en la cara.
—Hemos cenado fuera —aclara Easton sin añadir más detalles.
—¿¡Juntos!? —vuelve al ataque Brooke, ahora muerta de risa.
—Ay, ay… Aquí hay tomate, amigos —les dice Jace a Theo y a Brooke como si nosotros no estuviéramos presentes.
Easton, que hasta ahora había permanecido con una expresión de puro fastidio, suelta un bufido.
—Sois increíbles. ¿No tenéis nada mejor que hacer que cotillear?
Se dirige a la cocina, probablemente a por agua o una cerveza, nos da la espalda y me deja sola ante el pelotón de fusilamiento de mis amigos.
—Uy, qué serio se ha puesto el «doc» —canturrea Jace, pero baja la voz al ver la mirada que le lanza Easton al girarse de golpe.
Brooke aprovecha que se ha alejado para acercarse a mí, su rostro ahora más serio.
—Oye, Mia, luego me cuentas todo con pelos y señales. Me tenías preocupada. Tu móvil no ha parado de sonar y vibrar.
El corazón me da un vuelco.
—Lo miré un par de veces —continúa Brooke en voz baja—, por si era tu padre o algo urgente, ya sabes. Eran llamadas de un número desconocido y varios mensajes también de un número que no tienes guardado. No contesté, por supuesto, aunque deberías echarle un vistazo. Parecía insistente.
La sangre se me hiela en las venas. La breve y confusa tregua que había sentido con Easton se evapora, reemplazada por una ola de pánico, y noto cómo si la sangre se me bajara a los pies.
Easton, que había vuelto de la cocina con una botella de agua y se había sentado en el sillón individual, fingiendo ignorar el cachondeo de Jace y Theo, levanta la cabeza al notar el cambio en la atmósfera o quizás al ver mi expresión.
Sus ojos se clavan en mí y esta vez no hay disimulo: veo la preocupación tensar su mandíbula.
Se levanta y se acerca a mí, ignorando las miradas curiosas de los demás.
—¿Mia? —pregunta en voz baja y firme, y se agacha lo justo para estar a mi altura—. ¿Qué pasa? ¿Es él? ¿Más mensajes?
Asiento, incapaz de hablar, mostrándole la pantalla del móvil con las notificaciones de llamadas perdidas y mensajes de números desconocidos.
Su expresión se endurece al instante. La rabia fría que vi en sus ojos cuando le conté lo de Joe en el salón vuelve a aparecer y esta vez está mezclada con una preocupación evidente por mí.
—Joder... —masculla entre dientes, mirando la pantalla y luego a mí—. No te preocupes, ¿vale? Mírame. —Espera a que levante la vista—. No estás sola en esto. Lo vamos a solucionar.