Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 22 Bajo otra luz #2
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Capítulo 22 Bajo otra luz #2

Mierda, no debería haber dicho eso. Aparto la mirada.

—A veces. Lo normal. Ya sabes cómo son las madres —digo por quitar hierro al asunto.

—La verdad es que no, Easton —dice en un susurro—. No sé cómo son.

Me quedo helado.

Joder.

Su madre. Había olvidado por completo, en mi torpeza por intentar mantener una conversación normal, que murió al nacer ella. Qué gilipollas soy, acabo de meter la pata hasta el fondo. Veo cómo un velo de dolor cruza su rostro. Me maldigo internamente.

Idiota…

Caminamos unos metros más sin decir nada, el único sonido es el de nuestros pasos sobre las baldosas mojadas. Busco desesperadamente algo que decir, algo para arreglarlo, pero mi cerebro parece haberse quedado en blanco.

Justo entonces, doblamos una esquina y la luz cálida de un pequeño restaurante italiano, de esos con manteles a cuadros y olor a ajo y albahaca, se derrama sobre la acera.

Parece acogedor, tranquilo, y está casi vacío a estas horas.

Mi estómago, que había ignorado hasta ahora, ruge de forma audible.

Me detengo. Ella también lo hace y me mira con cautela.

—Oye —carraspeo para quitarme de encima la sensación de ser un completo idiota—. Tengo un hambre que me muero. ¿Y tú?

Mia parpadea, como si le hubiera exigido la solución a La conjetura de Hodge. Su mirada va del restaurante a mí y veo la duda en sus ojos.

—Ese sitio tiene buena pinta. ¿Quieres que entremos? Yo invito.

La última parte se me escapa sin querer. ¿Invitarla? Joder, ¿qué me está pasando? Pero ya está dicho. Espero su respuesta, casi conteniendo la respiración.

Ella sigue mirándome un instante más y luego, muy despacio, asiente.

—Vale —murmura—. Tengo un poco de hambre, sí.

Un alivio imperceptible me recorre el cuerpo. Al menos no me ha mandado a la mierda. Asiento, intento parecer casual y me dirijo hacia la puerta del restaurante.

Dentro, el ambiente es bastante íntimo. Hay pocas mesas ocupadas a estas horas, música italiana suave de fondo y olor a orégano.

Un camarero mayor, con un bigote poblado y una sonrisa amable, nos saluda y nos guía a una mesa pequeña en un rincón, junto a una ventana que da a la calle.

Es perfecto: lo suficiente apartado para tener algo de privacidad y a la vez, lo suficiente público para que no se sienta… ¿atrapada conmigo?

Nos sentamos uno frente al otro. El camarero nos deja las cartas y se retira.

Las cogemos y, yo, por lo menos, finjo un interés desmesurado por los tipos de pasta que sirven, aunque mi cabeza sigue repasando los acontecimientos de la última hora con Mia.

¿Cómo he podido estar tan ciego y ser tan injusto durante tanto tiempo?

El resentimiento sigue ahí, sí, sin embargo, ahora está manchado, contaminado por esta nueva perspectiva de ella.

El silencio se estira entre nosotros, más pesado que la lasaña que seguramente sirven aquí. Las palabras del menú me bailan delante de los ojos. Risotto, Gnocchi, Saltimbocca, nada me apetece. Solo quiero que esta noche termine o que al menos deje de ser tan jodidamente… todo.

Al mismo tiempo que abro la boca para intentar decir algo —quizás sobre la comida, lo más neutro posible—, ella también lo hace.

—Oye, yo… —empieza Mia.

—¿Te apetece…? —la piso, al referirme a si ya ha elegido algo.

Nos callamos de golpe.

—Tú primero —me cede, y vuelve a bajar la mirada a la carta como si fuera su salvavidas.

—No, dale, ¿qué ibas a decir? —insisto, más por evitar tener que pensar qué decir que por otra cosa.

Ella niega con la cabeza.

—Nada importante. Solo quería darte las gracias. Por lo de antes. Y por esto.

«Lo de antes» ha sido lo de menos hoy. Aunque asiento.

—No hay de qué. Y esto —hago un gesto al restaurante— necesitaba comer.

Otro silencio. Joder. Esto es más difícil de lo que pensaba. Intento buscar un tema seguro, algo que no nos haga explotar. Su revelación sobre querer estudiar enfermería, eso podría ser.

—Me contabas antes tu elección de estudiar Enfermería —empiezo algo forzado—. ¿Se opuso mucho tu padre?

Ella levanta la vista, sorprendida por mi pregunta y duda un momento antes de responder.

—No, la verdad es que fue más fácil de lo que pensé —confiesa, y hay una convicción nueva en su voz que no le había oído antes—.

Supongo que tu madre también ayudó a que lo aceptara.

—Se muerde los labios al mencionar a Anne.

Sabe que siempre que lo hace yo exploto.

Se aclara la garganta y sigue como si nada—.

Después de haber sido yo la paciente tanto tiempo, quiero ser yo la que ayude ahora.

Hay una lógica innegable en ello. Y una fuerza que no esperaba.

—Es una carrera dura —comento, al pensar en mis propias horas de estudio y en los turnos en el hospital.

—Lo sé y no me importa. Es lo que quiero. —Hay un brillo en sus ojos, una pasión genuina que me desarma un poco. No es la niña consentida que siempre imaginé. No es la «princesita» que tanto me irritaba. Es alguien más. Alguien con sueños y una determinación silenciosa.

El camarero vuelve a tomar nota. Pedimos rápido, casi sin mirarnos, y se retira de nuevo.

—¿Y tú? ¿Por qué medicina? ¿Siempre lo tuviste claro?

Me encojo de hombros.

—Más o menos. Siempre me interesó saber cómo funciona el cuerpo humano y arreglar lo que está roto.

—Como un mecánico de personas —dice ella, y hay un atisbo de sonrisa en sus labios.

La miro. Esa pequeña sonrisa, tímida pero real, le ilumina la cara.

Y por un instante, solo un instante, olvido la rabia, la culpa, el resentimiento, todo lo que bulle dentro de mí.

Olvido a la «princesa» y a la «niña que cuidó mi madre».

Solo veo a una chica sentada frente a mí.

Una chica que, a pesar de todo lo que ha vivido, tiene una fuerza inesperada.

Una chica que, ahora mismo, bajo la luz tenue de este restaurante, me parece…

guapa. Jodidamente atractiva, con esa mezcla de vulnerabilidad y determinación en sus ojos.

Y me sorprende lo fácil que me resulta, en este preciso momento, simplemente verla así, sin filtros, sin defensas.

—Algo así —admito, y mi propia voz suena un poco menos tensa, quizás incluso con un atisbo de la sonrisa que ella me dedica.