Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 22 Bajo otra luz
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Capítulo 22 Bajo otra luz

Easton

La tengo entre mis brazos, aquí mismo, en medio del salón.

Su cuerpo menudo tiembla contra mi pecho, aunque noto cómo su respiración, antes errática y rota por los sollozos, empieza a calmarse poco a poco al ritmo que le marco.

Me sorprendo a mí mismo al apoyar la mejilla en el lateral de su cabeza y acercar la nariz a su pelo; huele a su inconfundible champú floral que, para mi sorpresa, me tranquiliza a mí también.

Hace unas semanas, la sola idea de este contacto voluntario me habría provocado rechazo visceral.

Habría sentido mi resentimiento ardiendo, recordándome cada hora que mi madre se dedicó a ella en lugar de a mí.

Pero ahora la rabia que siento no es hacia Mia.

Es una furia fría y oscura dirigida directamente a ese cabrón de Joe.

El recuerdo del incidente de hace meses, de encontrarla aterrada en ese coche, vuelve con fuerza.

Y la idea de que él vuelva a acosarla, a asustarla así, anula cualquier otra cosa.

Protegerla, en este momento, por muy extraño que me parezca, es lo que siento como correcto. Lo único que puedo hacer. Quizás, la culpa por lo del beso también influya. O quizás, simplemente, no soy tan capullo como me hago creer.

Joder, qué lío.

Noto que ella deja de temblar casi por completo y su respiración se regulariza. Con cuidado, deshago el abrazo, muy despacio, aunque mantengo las manos en sus hombros. Mia levanta la cabeza y me mira; tiene los ojos húmedos, llenos de confusión y sorpresa por mi reacción, supongo.

—¿Estás más tranquila? —pregunto, y mi voz suena ronca como cuando te acabas de levantar.

Ella asiente despacio, sin apartar la mirada, parece que quiera descifrarme.

—Bien. —Me aclaro la garganta y vuelvo a mi modo práctico para manejar la incomodidad del momento—. Ahora necesito que me cuentes qué coño está pasando con Joe.

Noto cómo se tensa de nuevo. Aparta la vista y mira hacia el móvil que sigue en el suelo.

—Ya te lo he dicho. Me manda mensajes, me llama…

—No, Mia. Quiero detalles —insisto con firmeza, aunque sin ser agresivo, solo serio—. ¿Qué decían los mensajes? ¿Desde cuándo llama? ¿Qué ha hecho para ponerte así?

Ella duda y se muerde el labio. Tengo que apartar de la memoria el recuerdo de su tacto.

—Empezó poco después del incendio. Al principio eran mensajes esporádicos. Los ignoraba. Luego, cuando se hizo más insistente, lo bloqueé. Pero usó otro número. Y otro. Luego empezó a llamar. Nunca le he contestado. Y… y el mensaje de ahora decía que sabía que estaba sola, que teníamos que hablar.

Mi mandíbula se aprieta hasta doler. Ese cabrón sabe dónde vive. Eso es una amenaza directa.

—¿Y no se lo has dicho a nadie? ¿Ni a Brooke? ¿Ni a tu padre?

Ella niega con la cabeza.

—No quería preocupar a nadie. Pensé que, si lo ignoraba, pararía.

—Pues te equivocaste —sentencio, quizás con más dureza de la necesaria—. Con tipos como Joe, el ghosting no funciona. Hay que pararle los pies.

—¡Ya le paré los pies! —replica, con el destello de esa fiereza que tanto me flipa—. ¡Después de lo del coche! ¡Hablé con él y le dejé claro que...!

—Lo sé —la interrumpo con calma, y ella se calla de golpe y me mira con los ojos aún más abiertos—. Lo sé, Mia. Mi madre me lo contó. Después de lo que pasó hace meses. Me dijo que hablaste con él, que fuiste muy valiente.

Veo la sorpresa y la confusión en su rostro al saber que yo estaba al tanto de todo eso a través de Anne.

—Por eso mismo —continúo, mirándola fijamente—, no puedes dejar que te vuelva a intimidar.

Tienes que enfrentarlo otra vez. Pero no tienes por qué hacerlo sola.

—No me rehúye, al contrario, me analiza y procesa mis palabras: la revelación sobre mi madre, la oferta implícita de ayudarla…

Sigue pálida y el temblor ha vuelto a sus manos.

»Si vuelve a llamar, déjame el teléfono. Hablaré yo con él —propongo, con el instinto protector tomando el control.

Los ojos de Mia se abren aún más si cabe, esta vez con pánico.

—¡No! ¡Easton, no! Por favor. Eso solo lo empeoraría.

—¿Y qué? ¿Prefieres seguir así, asustada cada vez que suena el móvil? —replico, quizás más enfadado de lo que pretendía—. O díselo a tu padre. Es su jefe, joder. Puede cortarle las alas de raíz.

—¡¡NO!! —Su grito es tan desesperado que me sobresalta—. ¡A mi padre no! ¡Ni se te ocurra! ¡Por favor, Easton, prométeme que no le dirás nada! ¡No quiero volver a casa! ¡Haría cualquier cosa por no volver!

Su reacción es desmesurada. ¿Tanto miedo le da volver a su mansión? No lo entiendo.

—¿Por qué no quieres volver a casa? —Frunzo el ceño. No lo entiendo—. ¿Qué tiene de malo? Si allí vives como una princesa, ¿no? Con todo hecho, protegida, cuidada.

Mia suelta una risa amarga, sin rastro de humor, mientras las lágrimas vuelven a asomar a sus ojos.

—¿Como una princesa? —repite, y su voz tiembla de emoción contenida—.

¡No soy una princesa, Easton! En esa casa he vivido como una prisionera.

¡Eso es lo que he sido! Desde el trasplante, apenas he salido de esa maldita mansión.

Todo controlado por mi padre: mis estudios, mis horarios, mis visitas, ¡hasta la ropa que me ponía!

No he tenido amigos hasta que conocí a Brooke ¡ni siquiera he tenido fiestas de cumpleaños cuando era niña!

Solo celebraciones formales y con adultos.

Tú eras el único niño con el que jugaba ¡y ni me acuerdo de ello!

—cada vez se sulfura más. Ella se crece y yo me quiero hacer pequeñito al asimilar lo que me está contando—.

¿Crees que salir con Joe fue mi elección?

¡Era una artimaña de mi padre para que me quedara en Nueva York!

Venir a UPenn y estudiar enfermería me ha costado sudor y lágrimas.

Es mi única oportunidad de tener una vida, ¡de ser yo!

No puedo volver, Easton. No puedo volver a esa jaula de oro.

No lo entiendes, nadie lo entiende. —Se le rompe la voz y a mí el alma.

Sus palabras me golpean con fuerza, desmontan años de percepciones, de resentimiento basado en la idea de la niña mimada y privilegiada.

¿Prisionera? ¿Jaula dorada? ¿Joe como señuelo?

Miro su rostro apasionado; veo la desesperación en sus ojos y la verdad cruda de su confesión.

Y por primera vez, empiezo a dudar de todo lo que creía saber sobre Mia Astor. Necesito digerir esto, joder.

Justo entonces, su móvil, que seguía en el suelo, vuelve a vibrar con insistencia. Un número desconocido. Mia da un respingo y se encoge, como si esperara un golpe.

Ya está. Basta.

—Vale, se acabó —digo, con firmeza—. Necesitas salir de aquí. Ya.

Ella me mira, sorprendida por mi actitud decidida.

—¿Ahora? —pregunta en voz baja, aún temblorosa.

—Sí, ahora —afirmo con un tono que no deja lugar a discusión—. Para que te dé el aire. Y para que dejes de mirar el puto teléfono. Déjalo en la mesa. Vamos.

Vacila un segundo más, luego mira el teléfono que ha vuelto a quedarse en silencio y, al final, asiente con un movimiento lento y casi imperceptible.

—Vale.

—Ponte una chaqueta —le ordeno, y voy yo mismo a por la mía, que he dejado tirada en el suelo al entrar y verla en ese estado.

Necesito moverme, hacer algo práctico para canalizar esta mezcla de rabia protectora y confusión.

Ella obedece y salimos del apartamento, el silencio en el descansillo y al bajar las escaleras es denso y no se diluye con el aire frío, húmedo y nocturno de la calle.

Huele a tierra mojada después de la lluvia intermitente del día.

Las farolas del campus proyectan círculos de luz anaranjada sobre las aceras vacías.

Caminamos uno al lado del otro, manteniendo una distancia prudencial, sin rozarnos.

Mis pensamientos son un caos. La revelación de Mia sobre su vida ha dinamitado mis esquemas.

Mi resentimiento, basado en la idea de la niña rica y mimada, me parece ahora injusto, estúpido diría.

Aunque está tan arraigado que no desaparece sin más.

Y este nuevo sentimiento lo tengo que añadir a lo del beso y la preocupación real por ese cabrón de Joe que ahora sabe dónde está. Demasiadas cosas.

Camino con las manos en los bolsillos, mirando al frente, con su presencia ineludible a mi lado.

Es más bajita de lo que parece cuando está quieta y camina con pasos rápidos y cortos, casi como si le costara seguir mi ritmo o como si tuviera miedo de quedarse atrás. Reduzco la velocidad inconscientemente.

El silencio empieza a pesarme más que mis propios pensamientos. Necesito romperlo, pero no sé cómo. ¿Qué se dice en una situación así? ¿Después de besarla con furia, disculparte por ello y descubrir que su vida es una mierda diferente a la que imaginabas y que la has estado amargando injustamente?

Decido optar por lo más neutro, por lo único que ahora mismo parece conectar con algo real y no con el caos emocional entre nosotros.

—Enfermería, entonces. —Mi voz suena extraña en el silencio nocturno—. ¿Siempre lo has tenido claro?

Ella parece sorprendida por la pregunta, o quizás solo por el hecho de que le hable. Tarda un segundo en responder y no levanta la vista del suelo mientras seguimos caminando.

—Sí, bueno, no siempre lo supe, pero después de pasar tanto tiempo en hospitales…

—Se encoge de hombros—. Supongo que vi el trabajo que hacían las enfermeras.

Me pareció algo que merecía la pena. Más que las finanzas que quería que estudiara mi padre, por lo menos.

Me costó la vida que me dejara venir a estudiar aquí. Lo tuve que luchar mucho.

Asiento. Encaja con la Mia que me enfrentó en el hospital, la que se encaró a Jace y Theo, la que me acaba de confesar su vida en una cárcel de lujo.

—Mi madre siempre dijo que tenías mano para cuidar —comento, sin pensar, recordando conversaciones antiguas con Anne—. Incluso cuando eras pequeña y ella te cuidaba a ti.

Mia levanta la cabeza de golpe y me mira, sus ojos se abren con sorpresa.

—¿Tu madre te habla de mí?