Capítulo 21 Deshielo
Mia
Doy un bote contenido y aguanto la respiración antes de atreverme a abrir los ojos. Presto atención al entorno: no se oye nada, está todo en silencio, y tampoco oigo la respiración de Easton. Eso solo puede significar que estoy sola.
Me incorporo con cuidado hasta quedarme sentada en el colchón.
Ruedo la cabeza a un lado y a otro; estoy agarrotada, y recordar la conversación de ayer con él no ayuda: mis lágrimas, mi confesión temblorosa sobre el primer beso y sus palabras: «Siento que ocurriera así, Mia», y aquel: «Tranquila», susurrado en la oscuridad, el breve contacto de su mano en mi hombro… Fue real, ¿verdad? No me lo imaginé.
Pero al enfrentarme a la fría luz de la mañana, sola en su cama, la duda me asalta.
Seguro que fue un espejismo. Un momento de debilidad por su parte, producto del estrés del hospital, de la confrontación con Brooke y de mi propio melodrama.
Hoy, sin duda, volverá a ser el Easton de siempre: el muro de hielo, el rey del sarcasmo y la indiferencia.
Tengo que prepararme para la coreografía de evasión habitual y para los silencios cortantes.
Me levanto, cojo la ropa limpia que dejé anoche sobre la silla y salgo de puntillas de la habitación.
El piso está en silencio. Voy al baño común, me ducho y me visto lo más rápido posible.
Tengo ya interiorizado el no poder recrearme bajo el agua caliente, si dejo a alguien sin poder ducharse empezaría la tercera guerra mundial.
Cuando por fin salgo, respiro hondo y me dirijo a la cocina, dispuesta a prepararme un té y desaparecer en la biblioteca o en cualquier rincón donde no tenga que cruzarme con él.
Al entrar en la cocina, me quedo helada.
Easton está allí, de espaldas a mí, frente a la encimera, vestido solo con sus habituales pantalones cortos de pijama grises y el torso desnudo. Se mueve con una eficiencia tranquila, y el aroma a café recién hecho y a tostadas flota en el aire.
Se gira al oírme o quizás al notar mi presencia.
Cuando sus ojos se encuentran con los míos me preparo para la frialdad, para su mirada cortante, aunque no llega.
Hay algo diferente en su expresión. Sigue siendo reservado, sí, y hay una sombra de cansancio en sus ojos, sin embargo, el hielo se ha derretido.
Veo cautela, quizás incluso una pizca de vergüenza, no obstante, no hay ni rastro del rencor o animadversión a la que estoy acostumbrada.
—Buenos días —dice, y su voz, aunque grave, no tiene el filo habitual. Es suave y amable.
Parpadeo, sorprendida.
—¿Buenos días? —respondo, y mi propia voz suena insegura.
Él asiente y hace un gesto con la cabeza hacia la encimera.
—He hecho un poco de desayuno. Por si tienes hambre.
Miro hacia donde señala. Hay dos tazas humeantes junto a la cafetera, un plato con varias tostadas doradas y un bol con fruta cortada. No es un desayuno elaborado, pero es un desayuno. Para dos.
Me quedo mirándolo e intento procesar la escena: Easton Davis, el tipo que apenas me dirige la palabra a menos que sea para soltarme alguna impertinencia, ¿me ha preparado el desayuno? ¿El mismo Easton que anoche me pidió perdón con la voz rota en la oscuridad?
—¿Para mí? —tartamudeo, sintiéndome una completa idiota.
Él se encoge de hombros, casi con timidez, un gesto tan inusual en él que me deja aún más descolocada.
—Bueno, sí. Supongo que después de anoche… pensé que… —carraspea, como si las palabras le costaran—. Come algo. Te vendrá bien.
Coge una de las tazas de café y se apoya en el mármol. Sorbe despacio, sin mirarme, aunque tampoco me ignora por completo. Su presencia llena la cocina, pero ya no de esa tensión hostil que me hacía querer huir, sino de una incomodidad nueva, extraña, expectante.
Me acerco a la encimera con cautela, como si me aproximara a un animal salvaje que no sé si va a morder o a dejarse acariciar, y cojo la taza que me corresponde antes de apoyarme en la isla, frente a él.
Alucino, no hay ni rastro del abismo de hielo. Estamos compartiendo espacio y no ha huido de mí. ¿Qué significa esto? ¿Es una tregua? ¿Un intento de ser amable? ¿O solo otra faceta del complicado y contradictorio Easton Davis que me volverá loca antes de que arreglen el maldito sofá cama?
Decido arriesgarme. Necesito saber a qué me estoy enfrentando.
—¿Has podido descansar? —pregunto en voz baja, sin mirarlo directamente.
La pregunta es estúpida, lo sé. Después de lo de anoche, dudo que alguno de los dos haya dormido «bien».
—Lo suficiente, dadas las circunstancias. —Arquea las cejas y sonríe de medio lado, aunque aparta la mirada enseguida.
¿Qué está pasando aquí? Por favor, que alguien venga y me pellizque porque creo que aún estoy soñando.
—Gracias por el desayuno —logro decir para poner mi granito de arena en esta presunta tregua.
Easton levanta la vista y nuestros ojos se encuentran. Esta vez aguanta la mirada. Veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula antes de responder.
—No hay de qué —murmura, y vuelve a mirar su taza—. Es lo mínimo que podía hacer.
Sus palabras me dejan aún más perpleja. ¿Lo mínimo? ¿Desde cuándo Easton Davis hace «lo mínimo» por mí que no sea estrictamente obligatorio o para fastidiarme?
—Anoche —empiezo, sin saber muy bien qué quiero decir, aunque con la necesidad de hablar, de entender.
Él levanta una mano, sin que sea un gesto brusco, más bien con amabilidad, y me detiene.
—No, Mia. Mejor no hablar de anoche todavía, ¿de acuerdo?
El uso de mi nombre, otra vez, dicho con esa voz grave, pero sin rastro de burla, me provoca un escalofrío. Asiento en silencio. Tiene razón, ninguno de los dos está preparado para esa conversación.
Terminamos el desayuno —o lo que sea que haya sido esto— en un silencio que ya no es cortante, sino más bien contenido y cargado de todas las cosas que no hemos dicho, de todo lo que ha cambiado en apenas unas horas.
Me siento como si estuviera caminando sobre una capa de hielo muy fina; un paso en falso, una palabra equivocada y todo podría romperse de nuevo.
No obstante, por primera vez desde que vivo en este apartamento, desde que Easton Davis irrumpió de nuevo en mi vida con su hostilidad y su mirada matadora, siento que quizás, solo quizás, baje la guardia y me pueda llegar a considerar su amiga.
Y no sé si eso me asusta o me da una extraña y peligrosa punzada de esperanza.
─── ⋆ ♡ ⋆ ───
Las semanas se suceden unas sobre otras con una rapidez desconcertante.
Seguimos en el apartamento con los chicos.
Brooke llamó hace un par de días a la coordinadora de la residencia y le dijeron que con lo del cableado eléctrico habían decidido revisar también unas tuberías en esa ala, que la cosa va para largo y que, como ya me dijeron a mí, nos irán recolocando según puedan.
Así que mi condición de okupa en la habitación de Easton Davis se ha vuelto semipermanente.
Hemos hablado varias veces de buscar algo por nuestra cuenta, pero cada vez que lo mencionamos los chicos se oponen por completo.
Bueno, para ser sincera, se niegan Jace y Theo. Easton se queda bastante al margen.
La convivencia, sin embargo, ha mutado desde aquella noche.
No es que de repente Easton se haya vuelto amable y atento conmigo, sin embargo, la agresividad y el desprecio helado se han evaporado.
Ahora hay una especie de aceptación. No es mi mejor amigo, ni mucho menos, sin embargo, sus miradas ya no cortan como un bisturí. Diría que lo contrario.
A veces, en el salón, si Brooke o los chicos están hablando, él ya no actúa como si yo fuera invisible. Puede que asienta a un comentario general o que haga una pregunta al grupo sin excluirme deliberadamente. Son detalles mínimos, pero los noto.
El otro día, sin ir más lejos, mientras me peleaba con los músculos del antebrazo en mis apuntes de anatomía, pasó por mi lado, se desplomó en el sillón con un tocho de Medicina en las manos y murmuró sin levantar la vista:
—El braquiorradial flexiona el codo, no extiende la muñeca. Revisa esos apuntes. —Me quedé helada. Solo pude murmurar un «gracias» y corregí mi error, con las mejillas ardiendo, no solo por la corrección, sino por la simple interacción.
Y las miradas… esas siguen ahí. A veces lo sorprendo cuando cree que no me doy cuenta, y su expresión es indescifrable, una mezcla de intensidad y algo que podría ser curiosidad, sí.
Aparta la vista de inmediato si lo descubro.
Yo también lo hago. Lo miro cuando está distraído, cuando habla con Jace con esa camaradería fácil que nunca usa conmigo.
Y si me pilla, siento que me arde la cara.
Mientras esta nueva y confusa dinámica con Easton se asienta, mi vida académica y mi voluntariado avanzan.
Quisiera ser franca y decir que no tengo quebraderos de cabeza más allá de los que Easton me pueda provocar, pero mentiría porque Joe sigue ahí.
Después de bloquear varios números, sus mensajes siguen llegando desde otros nuevos.
Ya no son «¿cómo estás?». Ahora son más directos, más inquietantes.
«Sé que me lees, Mia. No puedes ignorarme para siempre.
» Y luego, las llamadas. Números desconocidos, números ocultos…
El corazón me da un vuelco cada vez que me suena el teléfono.
Nunca contesto, no obstante, la persistencia me aterra.
Hoy, el miedo me paraliza. Estoy sola en el apartamento.
Brooke ha salido con Jace y Theo está en la biblioteca.
Easton estará en el hospital, donde pasa media vida.
Intento estudiar y no lo consigo; la ansiedad me reconcome.
El móvil no para de vibrar sobre la mesa.
He desistido de bloquear más números desconocidos porque no sirve de nada.
Estoy a un pelo de contárselo todo a mi padre para que hable con él y me deje en paz, pero la posibilidad de que me haga volver a casa me horroriza.
Entra otra llamada y, cuando termina, llega un mensaje.
Número desconocido:
El aire se me escapa de golpe. ¿Cómo sabe que estoy sola?
El pánico me agarra por la garganta y me asfixia.
Empiezo a temblar. Me levanto de golpe y, del ímpetu, la silla cae al suelo con un ruido fuerte y seco que me hace dar un respingo.
Corro hacia la pared que hay al lado de la ventana.
Estamos en un cuarto piso y la idea de que me pueda ver me estremece.
Intento respirar y no puedo: es como si mis pulmones se hubieran encogido.
El corazón me martillea tan fuerte que parece que va a romperme las costillas y las lágrimas ya brotan, calientes y rápidas.
Me hago un ovillo en el suelo y me abrazo las rodillas.
Jadeo, perdida en la oscuridad que se cierne sobre mí por este ataque de ansiedad.
No sé cuánto tiempo pasa cuando oigo la puerta principal abrirse. No, por favor, Easton, no. Que no sea él. Que no me vea así.
Cuando aparece en la entrada del salón se detiene en seco. Alzo un momento la mirada y percibo su sorpresa inicial y cómo se transforma en alarma al instante al notar mi estado. Deja caer la chaqueta que se estaba quitando al suelo, corre hacia mí y se arrodilla enfrente.
—Mia. —Su voz tiene un tono urgente pero extrañamente tranquilo—. Mia, mírame. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
Niego con la cabeza, soy incapaz de hablar. Solo puedo señalar el móvil caído en la alfombra mientras lucho por respirar entre sollozos.
—No… no puedo… res-respirar.
—Sí que puedes —asevera con voz firme y calmada—. Escúchame. Olvida el móvil ahora. Solo escucha mi voz, ¿de acuerdo? Mírame a los ojos. Inspira… —toma aire él mismo, profunda y lentamente, con la mirada fija en la mía—. Ahora suéltalo. Muy despacio. Vamos, Mia. Conmigo. Inhala, exhala.
Su calma es mi ancla. Pone una mano en mi espalda, cálida y firme. Me obliga a seguir su ritmo. Poco a poco, muy poco a poco, el pánico empieza a ceder terreno.
—Eso es —murmura—. Sigue así. Tranquila. Estás aquí. Estás bien.
Cuando por fin puedo respirar con normalidad, aunque sigo temblando, él no retira la mano de mi espalda y me examina con una preocupación intensa.
—¿Qué ha pasado?
Las lágrimas vuelven a asomar.
—Ha llamado… y mensajes. Dice que está cerca, que sabe dónde estoy.
Veo cómo la mandíbula de Easton se tensa, sus ojos se oscurecen con una furia fría que esta vez sé que no va dirigida a mí.
—¿Joe? —pregunta sin más.
Afirmo, mordiéndome el labio en un intento de frenar el llanto.
—Joder —masculla entre dientes—. Cabrón hijo de puta.
Me mira de nuevo; ve mi estado, mi miedo. Su expresión se suaviza, aunque la rabia sigue ahí, latente. Duda un instante, parece luchar consigo mismo. Luego, con una voz ronca que apenas reconozco, dice:
—Ven aquí.
Y antes de que pueda reaccionar, me atrae con suavidad hacia él. Sus brazos me rodean, fuertes y seguros. Me aprieta contra su pecho en un abrazo que no tiene nada de incómodo ni de forzado. Es protector, firme. Un refugio inesperado en medio de esta pesadilla.
Me quedo rígida un segundo por la sorpresa, pero luego, algo dentro de mí se rompe y cede.
Me permito apoyarme en él, esconder la cara en el hueco de su hombro, y aspirar su olor que ya me es tan familiar.
Y por primera vez desde que Joe volvió a mi vida, por primera vez desde que llegué a este apartamento, me siento completamente segura.
A salvo. Aquí. En los brazos de Easton Davis.