Capítulo 20 La culpa #2
Me quedo sentado en la silla del escritorio, mirando la puerta cerrada por donde ella acaba de salir. ¿Cómo he podido ser tan imbécil? Perder el control de esa manera, besarla con esa furia. La imagen de sus ojos asustados y confundidos después de separarnos adquiere ahora un matiz aún más oscuro.
El resentimiento que siento hacia ella, esa barrera que me he construido durante años, parece una excusa patética ahora mismo. Puedo odiar su contexto, puedo odiar cómo mi madre la priorizaba, pero ella… ella no tiene la culpa directa de eso.
Oigo la puerta del baño abrirse en el pasillo y me tenso.
Sus pasos suaves se acercan. No levanto la vista cuando entra de nuevo en la habitación.
Oigo el clic suave de la puerta al cerrarse.
Me obligo a mantener la mirada fija en la pantalla apagada de mi portátil.
No quiero verla. No quiero enfrentarme a la mezcla de culpa y confusión que siento cuando la miro.
El silencio se alarga. Oigo el roce de su ropa de pijama, el sonido casi imperceptible de sus pies descalzos sobre la alfombra mientras se acerca a la cama.
Necesito decir algo. Romper esta tensión insoportable. Pero ¿el qué? Un: «Lo siento» sonaría ridículo y patético.
—¿Te queda mucho? —pregunta en voz baja y vacilante—. Si quieres, me voy al comedor. No quiero molestarte —propone al pensar que estoy estudiando.
Niego con la cabeza aún sin mirarla.
—No. Solo terminaba una cosa —miento.
Me levanto de la silla, tengo todos los músculos del cuerpo agarrotados. Evito su lado de la habitación y rodeo la cama por el mío. Mia ya está de pie junto a su lado, y abraza una almohada contra su pecho como si fuera un escudo. Tiene la mirada fija en el edredón.
Aparto las sábanas de mi lado con un movimiento brusco. Me meto en la cama y me giro, como cada noche, para darle la espalda. Cierro los ojos y finjo un agotamiento que, aunque real, ahora está eclipsado por esta incomodidad asfixiante.
Oigo cómo ella también se mete en la cama: el leve hundimiento del colchón a mi espalda y el roce de las sábanas sobre su cuerpo para taparse.
Se tumba lo más lejos posible, lo noto por la ausencia de calor, por el espacio vacío entre nosotros.
Rígida. Silenciosa. Luego el «clic» del interruptor al apagar Mia la luz.
Intento obligarme a dormir y desconectar; me es imposible. Mi mente es un campo de batalla donde el resentimiento lucha contra esta nueva y horrible culpa.
Entonces, lo oigo. Un sonido casi imperceptible. Un pequeño sollozo ahogado, seguido de un intento rápido por disimularlo con una inspiración temblorosa. Me quedo helado. ¿Está llorando?
Escucho de nuevo. Otro pequeño sonido, como si intentara llorar en silencio contra la almohada. Y siento una vibración minúscula en el colchón: el temblor de sus hombros.
Mierda. Es por mi culpa. La certeza me golpea con una fuerza que me deja sin aire. Ya no hay espacio para el resentimiento, solo para esta sensación asfixiante de haber sido un completo y absoluto energúmeno con ella.
Lucho contra el impulso de seguir fingiendo que duermo, de ignorarla, de mantener mi distancia. Es lo que siempre hago, sin embargo, hoy no puedo.
Con una lentitud que me parece ajena, me giro en la cama hasta quedar de cara a su espalda encogida.
En la penumbra que entra por la ventana y la tenue luz de una farola que hay justo debajo de ella, puedo adivinar el contorno de sus hombros subiendo y bajando con su llanto silencioso. Dudo un instante. ¿Qué hago? ¿Qué digo?
Alargo una mano hacia ella, mis dedos apenas rozan su hombro cubierto por la tela del pijama.
—Mia —mi voz suena ronca, baja e insegura.
Ella se sobresalta al sentir mi tacto, deja de llorar de golpe y se queda inmóvil. No se gira.
—¿Estás bien? —Me siento el tío más idiota del planeta por la estupidez de mi propia pregunta. Claro que no está bien.
Pasan unos segundos de silencio absoluto. Creo que no va a responder y entonces niega levemente con la cabeza, un movimiento casi imperceptible contra la almohada.
Me siento aún peor. Necesito decir algo más. Aparto la mano de su hombro.
—Yo... —carraspeo—. Joder, Mia, lo siento.
Ella sigue sin moverse, pero sé que me está escuchando.
—Lo de antes, en el hospital —continúo, forzando las palabras a salir—. Siento que ocurriera así. No debí perder el control de esa manera. No fue justo para ti.
Espero una respuesta, una acusación, un sollozo más fuerte. Pero solo hay silencio. Me pregunto si debería añadir algo más, explicarle que Brooke me lo ha contado, pero las palabras no salen. Sería remover más la herida.
—Estaba fuera de mí —añado en un murmullo—. El estrés, el paciente. No es excusa, lo sé. Pero no debí pagarlo contigo. Ni besarte así.
El silencio se alarga de nuevo. Me quedo mirando su espalda inmóvil en la oscuridad, y palpo el peso de mis palabras —o la falta de ellas— en el aire. ¿Habré empeorado las cosas?
Entonces, muy despacio, Mia se gira. En la penumbra, veo su rostro húmedo por las lágrimas. Sus ojos grandes y brillantes me miran con una expresión de sorpresa, de confusión y quizás de cautela.
—¿Por qué lo hiciste? —suelta, en un susurro frágil y roto.
La pregunta directa me deja sin respuesta. ¿Por qué? ¿Porque estaba furioso? ¿Porque quería callarla? ¿Porque perdí el control? ¿O por esa otra cosa? ¿Esa corriente eléctrica que sentí y que no quiero admitir?
—No lo sé —respondo con sinceridad, y odio la vulnerabilidad en mi propia voz—. No lo sé, Mia. Estaba jodido y tú estabas ahí, presionándome, y reaccioné como un imbécil. Lo siento.
Ella sigue mirándome, procesando mis palabras. Veo cómo traga saliva.
—Era mi primer beso. —Y aunque lo supiera por Brooke, oírselo decir a ella, con esa voz quebrada, me golpea de nuevo con la fuerza de un puñetazo.
Asiento en silencio, incapaz de articular palabra. Solo puedo mirarla, viendo el dolor y la confusión en sus ojos. Sus sollozos son apenas audibles ahora, pequeños espasmos que sacuden sus hombros. Intenta controlarlos, lo veo, pero la emoción la desborda. Y yo soy la causa.
Una parte de mí quiere girarse, darle la espalda, hundirme en mi lado de la cama y fingir que nada de esto está pasando. Es mi mecanismo de defensa habitual. Pero esta noche algo es diferente. La culpa es demasiado pesada, la revelación demasiado cruda.
Con una vacilación que me resulta ajena, alargo una mano en la oscuridad entre nosotros. Mis dedos rozan los suyos, apreso su mano entre la mía y la aprieto. Ella se estremece ante el contacto, pero no se aparta.
—Tranquila, Mia —murmuro, en un susurro ronco que casi ni reconozco—. Tranquila.
No sé si las palabras sirven de algo. Probablemente no. Pero es lo único que puedo darle ahora mismo. Retiro la mano al poco y me siento extrañamente expuesto por ese mínimo gesto de consuelo.
Ella no responde, pero parece tranquilizarse un poco. El silencio vuelve a caer entre nosotros, sigue siendo tenso, aunque hay algo más. Una fragilidad compartida, una conexión que quizás podría empezar a repararse. O quizás solo es el agotamiento y la oscuridad jugando con mi mente.
Me quedo inmóvil, escuchando su respiración volverse un poco más regular.
La noche seguirá siendo larga, compartir cama con ella seguirá siendo un calvario, sin embargo, por primera vez desde que Mia Astor irrumpió de nuevo en mi vida, la hostilidad pura ha cedido para dejar paso a algo mucho más complicado y, joder, mucho más aterrador.