Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 20 La culpa
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Capítulo 20 La culpa

Easton

Cierro la puerta de mi habitación y el sonido del pestillo al encajar me alivia.

Me apoyo en la madera, con la respiración agitada, como si hubiera corrido una maratón y no solo cruzado un pasillo.

Silencio. Por fin. Un silencio que necesito desesperadamente para intentar apagar el ruido ensordecedor que tengo dentro de la cabeza.

Mierda.

La palabra retumba en mi cabeza como el único pensamiento coherente en medio del caos.

El aire se vuelve espeso, casi sólido, cargado con el eco de su mirada y de mis pensamientos, incapaces de olvidar el tacto mullido de sus labios al hacerlos chocar contra los míos para acallar sus gritos y, luego, con el silencio atronador cuando huyó de mí.

¿Qué coño hice?

La besé. La besé para callarla, para detener ese torrente de acusaciones que me golpeaban donde más me duele, donde guardo ese resentimiento viejo y familiar. Pero no fue solo eso. No puedo mentirme a mí mismo en este silencio brutal.

Cuando sus labios respondieron a los míos, cuando sus manos se aferraron a mi pelo con esa furia desesperada, algo se rompió dentro de mí.

No fue solo ella respondiendo a mi ataque; fue una conexión.

Una corriente eléctrica, cruda e innegable.

Sentí su calor, su suavidad inesperada, el sabor salado de sus lágrimas y, por un instante demencial, todo lo demás desapareció.

No había hospital, no había paciente muerto, no había resentimiento.

Solo estaba ella, viva y ardiente contra mí.

Y esa constatación, esa rendición involuntaria a lo que sentí en ese instante, me aterra más que mi propia pérdida de control.

«Es Mia Astor», me he repetido una y otra vez. La niña de la mansión. La eterna paciente de mi madre. La personificación de todo lo que me quitaron. No puedo sentir esto por ella. No quiero.

Me aparto de la puerta y empiezo a caminar por la habitación como un animal enjaulado. Me paso las manos por el pelo y me tiro de los mechones con frustración.

Termino por dejarme caer en la silla del escritorio, agotado. La cabeza me va a estallar. Necesito una solución. Necesito distancia. Necesito que ella desaparezca de mi espacio vital y de mi cabeza. Sin embargo, sé que no va a pasar. No pronto, por lo menos.

Miro la cama vacía. Dentro de un rato, ella entrará por esa puerta y se meterá en ese lado del colchón.

Y yo tendré que tumbarme en el mío y fingir.

Fingir que no pasó nada. Fingir que no sentí nada.

Fingir que todo sigue igual. Aunque ya nada lo es, y no tengo ni puta idea de cómo volver atrás.

Ni siquiera estoy seguro de si quiero hacerlo. Y eso es lo que más me jode de todo.

Unos golpes suaves e insistentes en la puerta me sacan de mi espiral. Joder. Ahora no.

—¿Qué? —gruño, en un tono más hostil de lo que pretendía.

—Easton, soy yo, Brooke. —Su voz llega amortiguada desde el otro lado—. ¿Podemos hablar un segundo?

Mierda. Brooke, por supuesto. Seguro que Mia ya ha ido corriendo a contarle su versión del drama, presentándome como el monstruo que probablemente soy. No me apetece nada su interrogatorio ni sus sermones de amiga leal.

Dudo. Podría ignorarla; decirle que estoy ocupado.

Pero sé que eso no la detendrá. Es terca como una mula cuando se le mete algo entre ceja y ceja.

Respiro hondo, resignado. Más vale quitármela de encima rápido.

Me levanto y abro la puerta, no del todo; interpongo mi cuerpo entre la hoja y el marco.

—¿Qué quieres, Brooke? No es buen momento.

Me la encuentro con los brazos cruzados y una expresión que no augura nada bueno. No es la Brooke risueña y despreocupada de siempre. Tiene la mirada seria y dura.

—Déjame pasar, Easton. No vamos a tener esta conversación en el pasillo.

—No tengo nada de qué hablar contigo.

—Yo sí contigo. —Empuja la puerta con firmeza, aunque no de una forma brusca, y me obliga a retroceder para dejarla entrar. Cierra la puerta detrás de ella—. Mia ha vuelto del hospital hecha polvo. Me ha contado lo que ha pasado en la sala de descanso.

Me tenso. Lo sabía.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué versión te ha contado la princesa? ¿La de que yo soy el ogro y ella la víctima inocente?

Brooke niega con la cabeza, su mirada es una mezcla de decepción y enfado.

—Me ha contado que te encontró mal después de lo del paciente, que intentó decirte algo bueno y que tú la atacaste verbalmente de forma brutal. Y que luego, cuando ella te plantó cara y te gritó las verdades a la cara, la besaste.

El suceso, narrado así, en voz alta, suena aún peor. Siento un calor incómodo subirme por el cuello y aparto la mirada.

—Fue un error. El estrés…

—¡No me vengas con gilipolleces, Easton! —me corta, con la voz cargada de furia—. ¡Un error! ¿Sabes lo que hiciste? —Hace una pausa antes de seguir. Yo resoplo, niego con la cabeza y agacho la mirada—. ¡Le robaste su primer beso!

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Su qué?

—Su. Primer. Puto. Beso —repite Brooke, deletreando las palabras—.

Esa chica, con todo lo que ha pasado, con la burbuja en la que ha vivido, con la vigilancia a la que está sometida…

Ese era su primer beso, Easton. ¿Y tú vas y lo conviertes en…

en eso? ¿En un arrebato de furia para callarla? ¿En qué coño estabas pensando?

La información me cae como una losa. Joder.

No tenía ni idea. ¿No tuvo una especie de relación con aquel imbécil de Joe?

No, mi madre me dijo que solo eran amigos, pero ¡yo qué iba a saber!

O quizás sí, en algún rincón de mi mente lo había pensado alguna vez, aunque no lo había procesado.

Su primer beso, joder. Y yo lo he manchado.

Me siento como si le hubiera arrebatado la virginidad.

La culpa, que antes era una molestia, ahora me aprieta el pecho con fuerza.

—No lo sabía —murmuro y, por primera vez, mi voz suena insegura.

—¡Pues deberías haberlo imaginado! —replica Brooke—. ¡O deberías tener más autocontrol! ¿Qué te pasa con ella, Easton? ¡No es normal cómo la tratas! ¡Y lo de hoy ya se ha pasado de la raya!

—¡No es asunto tuyo, Brooke! —espeto, volviendo a la defensiva. Odio sentirme expuesto y culpable.

—¡Claro que es asunto mío! ¡Es mi amiga! ¡Y está viviendo aquí por mi culpa! ¡Y tú eres mi amigo, joder! ¡Y no entiendo por qué actúas como un capullo integral con ella!

—¡No tienes nada que entender! —replico, dando un paso hacia ella.

—¡Explícamelo! —me desafía, sosteniéndome la mirada.

Nos quedamos ahí, frente a frente, con la presión vibrando entre nosotros.

Quiero gritarle, quiero echarla, quiero decirle que se meta en sus asuntos.

Sin embargo, la imagen de los ojos de Mia después del beso, llenos de shock y quizás de dolor, se superpone a la mirada enfadada de Brooke. Su primer beso. Mierda.

—Déjalo, Brooke —digo al final, cansado, derrotado—. No quiero hablar de esto.

—No, no lo voy a dejar —insiste—. Tienes que arreglarlo, Easton. O, al menos, tienes que dejar de hacerle daño.

—No sé cómo —admito en un susurro, más para mí que para ella.

Brooke suspira, su enfado parece disminuir un poco, reemplazado por la exasperación.

—Pues empieza por dejar de ser un imbécil con ella. No te pido que seas su mejor amigo, pero al menos trátala con un mínimo de respeto. ¿Puedes hacer eso? ¿O es demasiado pedir para el gran Easton Davis?

Me quedo callado, la miro. Su lealtad hacia Mia es feroz. Y tiene razón, me he comportado como un gilipollas.

—Lo intentaré —accedo, aunque no estoy seguro de ser capaz.

—Más te vale —me advierte—. Porque como le vuelvas a hacer daño así, te juro que la próxima conversación no será tan calmada.

Se da la vuelta y sale de mi habitación, cierra la puerta tras ella y me deja solo de nuevo con mis pensamientos caóticos, la culpa recién descubierta y la certeza de que estoy metido en un lío mucho más grande de lo que imaginaba.

Su primer beso.

Joder.

La imagen de sus ojos desorbitados después de separarnos vuelve con más fuerza.

He sido el primero en besarla. Easton Davis, el tipo que la desprecia sin razón aparente —o con demasiadas razones retorcidas—, el hijo de la mujer que la cuidó como a una hija.

La ironía es tan jodidamente cruel que me dan ganas de estampar los nudillos en la pared.

Todo mi resentimiento, toda la justificación que intentaba construir para mi hostilidad hacia ella, se tambalea ante esta nueva información. Ya no es solo la niña mimada que acaparaba a mi madre. Es alguien a quien acabo de joderle un recuerdo importante.

Y ahora tengo que dormir en la misma cama que ella.

La idea, que antes era solo incómoda y tensa, ahora se me antoja como una tortura china. ¿Cómo voy a tumbarme a su lado sabiendo esto? ¿Cómo voy a ignorarla cuando cada célula de mi cuerpo grita que he sido un completo gilipollas?

Quizás debería dormir en el sillón, por muy incómodo que sea. O en el suelo. Sería lo mínimo. Pero, joder, estoy agotado: el turno en el hospital, la muerte de ese pobre hombre, Mia, esta conversación con Brooke... Necesito descansar.

Me vuelvo a dejar caer en la silla del escritorio, derrotado. No hay salida fácil. Mis amigos y sus estúpidos planes de cupido, mi propia incapacidad para controlar mis impulsos y mis conflictos, todo ha conspirado para crear esta situación imposible.

Pasan los minutos y oigo ruidos amortiguados del pasillo. ¿Y si entra ahora? ¿Qué le digo? ¿Me disculpo? Imposible. No sabría cómo. Sonaría falso y probablemente lo sería, porque bajo la culpa sigue hirviendo la rabia, la confusión y, sí, el deseo.

La puerta se abre despacio y ella asoma la cabeza, con la misma expresión de ansiedad que llevaba antes. Nuestros ojos se cruzan. Aparto la mirada de inmediato, incapaz de sostenerla ahora que sé lo del beso.

Mia entra en silencio, coge su neceser de la silla y se dirige al baño común sin decir palabra. Bien, un respiro, aunque sé que volverá y que tendré que enfrentarme a la noche, a la cama, a ella y a la jodida culpa que me pesa en el pecho.