Capítulo 19 Hielo agrietado #2
—Y lo peor —sollozo, incapaz de contenerlo más—.
Lo peor es que ¡ese ha sido mi primer beso!
¡Mi primer beso de verdad, Brooke! ¡Y ha sido así!
¡Con él! ¡Gritándonos! Es horrible. Se suponía que debería haber sido algo especial y bonito, y solo ha sido furioso.
¡Es que todo está siendo horrible! Se nos quema la residencia, me pongo mala con mi primer chupito, tengo un compañero de piso que no puede verme y tú…
tú me dijiste que tu primer beso había sido precioso, que te hubiera gustado recordar más detalles del momento y yo…
¿Qué voy a recordar yo de mi primer beso?
¿Qué nos gritamos como energúmenos antes de que me besara un tío que no me puede ni ver?
Me tapo la cara con las manos, sacudida por los sollozos de pura frustración, decepción y confusión. Brooke se sienta a mi lado en el sillón, me rodea con los brazos y me aprieta fuerte.
—Oh, Mia, cielo. Joder. —Noto su propia indignación vibrando en su abrazo—. Es imbécil. ¡Te juro que lo mato!
Me aferro a ella y doy rienda suelta al llanto contra su hombro.
—Pero es que… Fue horrible, sí. Pero también fue… —busco las palabras—. Intenso. Hubo algo, lo noté aquí, en el estómago —confieso con el puño clavado en el punto donde sentí la explosión—. Y yo respondí. No entiendo por qué lo hice, no me lo explico.
Brooke me aparta con suavidad para mirarme a los ojos. Su mirada ahora es seria, aunque comprensiva.
—Eh, tranquila. Respira. Es normal que estés hecha un lío.
Ha sido una situación límite: mucha tensión acumulada y emociones a flor de piel.
Y sí, Easton es un capullo integral por besarte así, aunque no debes culparte por haberlo correspondido.
A veces las reacciones nos superan. Y entre vosotros dos hay una tensión que se corta con cuchillo desde el primer día, eso lo hemos visto todos.
Asiento y me seco las lágrimas con rabia.
—Pero no debería haber sido así. Mi primer beso, Brooke, el primero. Tú dijiste que se recuerda toda la vida y ahora lo tendré grabado a fuego de esta manera para siempre.
—Lo sé, cielo. Lo sé. Es una putada enorme —dice, volviendo a abrazarme—. Pero ya está hecho. Ahora lo que importa es cómo te sientes tú y qué vas a hacer. Y que sepas que a Easton pienso cantarle las cuarenta en cuanto lo vea. Robarte tu primer beso. ¡Tiene cojones el niñato!
Sus palabras, su apoyo, me calman un poco. Al menos no estoy sola en este lío monumental. Pero la confusión sigue ahí. El recuerdo y la sensación de sus labios, su cercanía y la certeza de que nada volverá a ser igual. ¿Cómo voy a mirarlo a la cara esta noche cuando vuelva?
Brooke me da un último apretón en el brazo.
—Tú tranquila ahora, ¿vale? Intenta no pensar mucho. Y si ese idiota te dice algo o te mira mal cuando vuelva, se las verá con las dos.
Asiento, aunque sé que «no pensar» es misión imposible. Me hago un ovillo en el sillón e intento encontrar una calma que no llega. Brooke vuelve a su portátil, aunque de vez en cuando me lanza miradas de soslayo para comprobar que sigo respirando.
Cada vez que oigo pasos en el pasillo o la puerta de algún vecino, mi cuerpo se tensa.
Jace y Theo vuelven a casa, ruidosos y sudorosos tras un partido de baloncesto que nos narran al detalle.
Llenan el piso con su energía habitual, ajenos al drama que acaba de desarrollarse en mi cabeza y en la sala de descanso del hospital.
Bromean con Brooke, me preguntan si quiero ver una película con ellos después de que se cambien.
Consigo articular un «quizás» poco convincente.
Estamos eligiendo título cuando oigo el sonido inconfundible de la llave de Easton en la cerradura.
Contengo la respiración. Brooke levanta la vista del móvil que estaba consultando en ese momento, y me mira, alerta.
Incluso Jace y Theo parecen notar el cambio repentino en la atmósfera y bajan el volumen de su conversación.
La puerta se abre y entra Easton.
Viene cargado con su mochila, el pelo revuelto y la expresión cansada. Deja la mochila junto a la puerta sin decir nada.
—¡Hombre, por fin! —exclama Jace en un intento de romper el hielo con su habitual efusividad—. ¿Día duro en el matadero?
Su mirada barre el salón. Pasa por Jace y Theo, se detiene un instante en Brooke. Noto una tensión casi palpable entre ellos: ella quizás por la conversación que piensa tener con él y él, porque sabe que le habré contado lo que ha sucedido. Entonces sus ojos se desvían y se encuentran con los míos.
Me quedo sin aire.
No es la mirada fría y distante de siempre.
No es el desprecio velado. El hielo se ha agrietado.
Hay algo más ahora, algo candente y penetrante.
¿Es la sombra de la furia de esta tarde?
¿Confusión? ¿Qué? No sé ponerle nombre, pero es una intensidad que me atraviesa, que me expone y me deja sin aire.
Él sigue mirándome con persistencia, como si no hubiera nadie más en la habitación, mientras responde a Jace con voz neutra.
—Algo así —dice, pero sus ojos no se apartan de los míos. Siento cómo el color me sube a las mejillas bajo ese escrutinio fijo e indescifrable.
—¿Todo bien por el hospital? —pregunta Theo, quizás al notar lo extraño de la situación.
Easton parpadea, sale del trance y ahora le presta atención a Theo.
—Sí. Mucho trabajo.
Se pasa una mano por la cara, visiblemente incómodo o abrumado y, sin decir nada más, se da la vuelta y se dirige con paso rápido hacia el pasillo.
—¡Eh, tío! ¿No cenas? —grita Jace a su espalda.
—No tengo hambre —responde, sin detenerse ni girarse.
Oímos la puerta de su habitación cerrarse con un clic suave.
Silencio de nuevo en el salón. Jace y Theo intercambian una mirada de «¿qué coño ha sido eso?». Brooke me mira, tiene las cejas arqueadas casi hasta la línea del pelo y su expresión es una mezcla de «¿has visto lo mismo que yo?» y «¡tía, tía, tía, tenemos que hablar!».
Yo me quedo inmóvil, con el corazón latiendo desbocado.
¿Qué ha sido esa mirada? No era odio. No era indiferencia.
Era algo más. Algo que me ha dejado más confundida y nerviosa que nunca.
Su frialdad era un terreno conocido, doloroso pero predecible.
Esto es un enigma. Y la idea de tener que entrar en esa habitación dentro de un rato, de compartir la cama con el dueño de esa mirada indescifrable, me aterra de una forma completamente nueva.