Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 19 Hielo agrietado
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Capítulo 19 Hielo agrietado

Mia

El aire vuelve a mis pulmones con una sacudida violenta, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante una eternidad. Me arden los labios, me hormiguean. El corazón me golpea las costillas con una fuerza desmedida.

Frente a mí, Easton me mira con los ojos muy abiertos, su pecho sube y baja al mismo ritmo frenético que el mío. El shock en su rostro es un espejo del torbellino que siento dentro.

¿Qué…? ¿Qué acaba de pasar?

El silencio en la pequeña sala de descanso es ensordecedor. La electricidad del momento sigue suspendida entre nosotros, igual que la sensación de ese beso inesperado. No puedo seguir aquí. No puedo seguir mirándolo.

Sin pensarlo, me doy la vuelta y salgo de allí a trompicones, casi chocando con el marco de la puerta en mi huida ciega. Corro por el pasillo silencioso del personal del hospital sin rumbo fijo, solo necesito alejarme.

Mis pasos resuenan sobre el linóleo pulido.

Esquivo a todo el que se me cruza. Tengo que llegar al baño cuanto antes.

Entro de golpe, cierro la puerta con pestillo y me apoyo de espaldas a ella.

Luego me dejo resbalar hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas dobladas contra el pecho.

Me llevo una mano temblorosa a los labios.

Todavía siento la presión de los suyos, la dureza inesperada, esa suavidad desconcertante y el recuerdo húmedo de su boca contra la mía.

El corazón me da un salto y el estómago me burbujea.

Repaso la escena en mi cabeza una y otra vez.

Mi rabia explotando, mis gritos, sus gritos.

Sus manos en mi cara, su mirada intensa y luego: el beso.

Un beso nacido de la furia, de la necesidad de callarme.

Y mi respuesta… ¿por qué le respondí? ¿Por qué mis manos se aferraron a él?

¿Por qué, por un instante demencial, devolví esa presión desesperada?

Recuerdo el sabor salado. Lágrimas: las mías que caían sin permiso. Y entonces, la realidad me golpea con la fuerza de un desfibrilador directo al corazón. Una verdad simple y devastadora que mi subconsciente tiene clara: ese ha sido mi primer beso.

Mi.

Primer.

Beso.

El que tantas veces había imaginado en mi solitaria habitación de la mansión. El que había soñado que sería dulce, romántico, bajo la luz de la luna o después de una conversación llena de risas y miradas cómplices. Con alguien que me quisiera, alguien amable, alguien que me tratara bien.

No este. No así. No nacido de la rabia y la frustración. No robado en una sala de descanso lúgubre de hospital después de ver morir a alguien. Y, sobre todo, no con él. No con Easton Davis, el tipo que me odia, el que me desprecia, el que convierte mi vida en un campo minado.

Se me escapa un sollozo, mezcla de decepción, rabia y una confusión tan profunda que me marea. Se suponía que debería haber sido especial. Se suponía que sería diferente. Me ha robado esa primera vez, la ha manchado con su hostilidad y mi propia furia descontrolada.

Pero entonces, otro pensamiento, incómodo y traicionero, se abre paso.

A pesar de todo, a pesar del enfado, del miedo y de la situación horrible, ha pasado algo más.

Una electricidad, una conexión brutal en medio del caos.

¿La he sentido solo yo? ¿Y por qué, a pesar de lo horrible que creo que ha sido, una parte de mí no puede quitarse la sensación de sus labios de encima?

¿Por qué mi cuerpo ha reaccionado antes que mi cerebro?

Y la verdad se abre clara ante mis respuestas: porque lo he disfrutado.

No. No puede ser. Sacudo la cabeza, horrorizada por mis propios pensamientos.

No me puede haber gustado un beso así, no con él.

Es imposible. Es solo el shock, la adrenalina y la confusión del momento.

Niego con fuerza y cierro los ojos, de los que se escapan dos lágrimas furtivas. ¿A quién quiero engañar?

Sí, me han dado mi primer beso. Robado. Confuso. Intenso. Y con Easton Davis.

No, no ha sido como lo había imaginado.

Pero la verdad es que me ha gustado.

No sé qué sentir al respecto, además de esta sensación abrumadora de que todo está mal, de que mi vida se ha complicado de una forma que no sé cómo empezar a desenredar.

¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelvo ahí fuera? ¿Cómo lo miro a la cara?

¿Cómo sigo con mi turno de voluntaria como si nada?

Imposible. Necesito irme. Necesito escapar de este hospital, de él y de mí misma.

Necesito mi cama improvisada en el sofá —¡ojalá!

—, necesito a Brooke, necesito… Necesito llamar a Anne, aunque no es muy buena idea, ¿no?

¿Qué le digo? «Hola, Anne, estoy mal porque tu hijo, que no me soporta, acaba de besarme después de que nos chilláramos».

Imposible.

Lo único seguro es que no puedo seguir aquí ahora mismo.

No puedo.

La decisión es súbita pero firme. Necesito irme. Necesito la —relativa— tranquilidad del apartamento, aunque eso signifique volver al territorio enemigo. Necesito tiempo y espacio para intentar entender qué demonios ha pasado y qué siento al respecto.

Me seco la cara con una toalla de papel, respiro hondo un par de veces más e intento encontrar un mínimo de compostura. Abro la puerta del baño con sigilo y asomo la cabeza. El pasillo está relativamente tranquilo. Ni rastro de Easton. Mejor.

Con el corazón aún latiendo con fuerza, pero con una nueva determinación —la de la huida—, camino a paso rápido hacia la salida de Urgencias, evito mirar hacia los boxes, aunque antes de salir escopeteada aviso a la enfermera Evans de que me voy a casa.

Miento sobre que no me encuentro bien —cosa que no será difícil de creer porque mi cara debe ser un cuadro— y me voy.

Las puertas automáticas se abren y salgo al exterior.

El aire fresco de la noche, aunque frío, me golpea la cara y es un alivio.

Camino a paso rápido por las calles del campus, bajo la luz anaranjada de las farolas: me siento completamente descolocada.

Entro en silencio. El apartamento está tranquilo; Jace y Theo deben de seguir fuera o en sus habitaciones.

Encuentro a Brooke en el salón, semitumbada en el sofá con el portátil apoyado en las rodillas y unos auriculares puestos.

Levanta la vista cuando entro y se los quita de inmediato al ver mi cara.

—Mia, ¿qué haces aquí? ¿No tenías turno hasta más tarde? —pregunta con la voz llena de preocupación a la vez que se incorpora.

Me quedo parada en medio del salón, sin saber qué decir ni cómo empezar. Las palabras se me atascan en la garganta. Niego con la cabeza, pero sé que mi expresión me delata.

Brooke deja el portátil a un lado, se levanta y se acerca a mí.

—¿Mia? Estás pálida como el papel. ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

—Yo… —empiezo, pero la voz se me quiebra. Las lágrimas que he estado conteniendo desde que salí del baño del hospital me empiezan a picar en los ojos—. No puedo más, Brooke, no puedo más.

La expresión de mi amiga pasa de la preocupación a la alerta máxima.

—Eh, eh. ¿Qué ha pasado? ¿Ha sido Easton? ¿Qué te ha hecho ese capullo ahora? ¡Te juro que voy a…!

—No, espera —la interrumpo, aunque su lealtad defensiva me arranca una pequeña y temblorosa sonrisa—. Es más complicado que eso.

Me acerco al sofá y me siento —o más bien me dejo caer—; las piernas ya no me sostienen más. Brooke se sienta en la mesita de centro, frente a mí, expectante.

—Es todo, Brooke: habituarme a la facultad, a las clases, a esta nueva vida que tanto anhelaba. Estoy sobrepasada. Luego tener que lidiar con Easton y sus desplantes para conmigo me ha terminado de desbordar. Y hoy… Hoy ha… —no sé cómo contárselo—. Todo esto me supera —sollozo.

—Pero ¿qué ha pasado? —insiste ella. Me coge de las manos y me las aprieta para darme ánimos.

—Estábamos en el hospital —empiezo a relatar—. En Urgencias. Ha muerto un paciente de un accidente de moto. Easton estaba en el equipo que lo atendía y se lo ha tomado muy mal. Ha salido furioso hacia la sala de descanso.

—Vaya —murmura Brooke—. Tiene que ser duro asimilar eso.

—Sí, lo sé. He ido detrás de él. Solo quería, no sé, ver si estaba bien. Decirle que no fue culpa suya.

—¿Y? —Brooke me mira fijamente, su gesto me dice que intuye que viene lo peor.

—Y me ha gritado. Me ha dicho cosas horribles.

Que me largara, que no tenía ni idea de nada, que no me quería cerca…

—Respiro hondo—. Y yo he explotado, Brooke.

Le he gritado todo lo que llevo pensando semanas.

Que es imposible, que no hay quien lo entienda, que un día me trata fatal y al otro me cuida.

—¡Bien hecho! ¡Ya era hora! —exclama con orgullo.

—Sí, bueno. —Desvío la mirada y me siento la cara arder—. Él me gritaba que parara, estábamos muy cerca. Y entonces… —Me callo y me muerdo los labios. ¿Por qué es tan difícil decirlo?

—¿Entonces qué, Mia? ¡No me dejes así! —Brooke se inclina hacia mí, con los ojos como platos.

Trago saliva.

—Entonces, me ha besado.

Brooke se queda boquiabierta. Literalmente. Parpadea varias veces, como si no hubiera oído bien.

—¿Que Easton te ha besado? ¿¡Easton Davis!? ¿El témpano de hielo contigo? ¿El borde profesional ante Mia Astor?

Asiento en silencio y las lágrimas empiezan a resbalarme por las mejillas.

—A ver, a ver. Un momento. ¿Cómo ha sido? ¿Un beso… beso? ¿Un beso en plan romántico? —pregunta con una mezcla de incredulidad y excitación en la voz.

Niego con la cabeza y sorbo por la nariz.

—No. No ha sido romántico. Ha sido… no sé. Intenso. Lleno de rabia. Creo que lo ha hecho para callarme. Y yo… —la voz se me rompe— yo le he respondido, Brooke. Le he devuelto el beso.

—¡Hostia! —suelta Brooke ya con una mano en la boca.