Capítulo 18 Caos e intensidad
Easton
No puedo más. No puedo seguir fingiendo que no me importa.
Que no me afecta verla con otros. Que no me revienta por dentro cada vez que me mira como si yo fuera el enemigo.
No lo soy. No quiero serlo. Pero tampoco sé cómo ser otra cosa.
Y ahora está aquí, gritándome, sacándome de quicio, justo cuando acabo de perder a un paciente, y lo único que quiero es callarla.
No con palabras. Con algo que me devuelva el control. O que lo destruya del todo.
Y entonces, la beso.
Es un impulso ciego, irracional. Mis labios se estrellan contra los suyos con una dureza que nace de la pura necesidad de silenciarla.
Y lo primero que registro, incluso a través de la niebla roja de mi propia furia y frustración, es que son increíblemente suaves.
No sé qué esperaba, pero es incongruente con la tormenta que se acaba de desatar en esta sala.
Son cálidos, también, una colisión brutal con la lava que siento en mis propias venas.
Se queda rígida bajo mis manos, sus labios inmóviles bajo los míos. Sin embargo, es solo un instante. Porque entonces, como si mi propio impulso hubiera roto una presa dentro de ella, responde.
Y joder, ¡cómo responde! No hay timidez, no hay vacilación.
Es pura furia canalizada en un beso. Siento sus labios moverse contra los míos con una presión desesperada, casi hambrienta.
Ya no son solo suaves; ahora tienen una textura temblorosa, la de la piel estirada por la emoción contenida y recién liberada.
Sus manos, que antes estaban pasivas, se aferran a los mechones de mi nuca con una fuerza sorprendente, y siento el calor de su cuerpo muy cerca, demasiado cerca.
Me pilla totalmente desprevenido. Esto no era parte del plan —si es que alguna vez hubo alguno—.
Yo quería control y silencio. Ella me devuelve caos e intensidad.
El beso se convierte en una colisión brutal, un choque de trenes emocional.
Noto el sabor salado de sus lágrimas que debía estar a punto de derramar, mezclado con algo que es indefiniblemente ella.
Aflojo la presión de las manos en su rostro, le acaricio los pómulos por acto reflejo antes de que me dé cuenta y vuelva a tensarlas.
El beso se profundiza un segundo caótico o quizá son diez minutos, no lo sé.
He perdido la noción del tiempo ante la inesperada rendición o a su ataque.
Y de repente, como si ambos tocáramos un cable de alta tensión al mismo tiempo, nos separamos.
Es un movimiento brusco y simultáneo. Un respingo violento que nos lanza un paso atrás a cada uno.
Nos quedamos mirándonos con la respiración agitada; el pecho nos sube y baja con rapidez.
Sus labios están hinchados, rojos y húmedos.
Sus enormes ojos reflejan un shock idéntico al que siento yo recorrer mi cuerpo.
El silencio cae como plomo en la pequeña sala de descanso.
El eco fantasma de sus labios persiste en los míos.
La he cagado.
Monumentalmente.
Hemos cruzado una línea, juntos, y la onda expansiva nos ha dejado a ambos temblando en la orilla de algo desconocido y, sin duda, peligroso.
Mierda.