Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 17 Urgencias #3
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Capítulo 17 Urgencias #3

Me aparto para no molestar, pero mis ojos siguen la escena con una mezcla de fascinación profesional y horror humano.

Los médicos y enfermeras se mueven con rapidez y precisión.

Entonces lo veo: Easton está allí, junto a otro residente de cuarto año, que le da indicaciones rápidas.

Él asiente, concentrado, su rostro es una máscara de profesionalidad absoluta. Está en su elemento.

El contraste con el idiota borde del apartamento es desconcertante.

Nuestras miradas se cruzan por encima del bullicio durante una fracción de segundo.

Veo el reconocimiento inmediato, un endurecimiento casi imperceptible de su mandíbula, y aparta la vista tan rápido como yo. Vale. Ignorarlo. Centrarme.

Desde mi posición, veo fragmentos de la escena a través de la cortina abierta del box. Los doctores dan órdenes rápidas y precisas.

—¡Intubación ya! Monitorización completa. ¡Necesito dos vías de grueso calibre! —La enfermera Evans los asiste con celeridad—. ¡Entra en parada! Carro de reanimación.

Veo a Easton moverse con rapidez, sigue las órdenes del residente y del médico adjunto que ha llegado. Está concentrado, tenso, pero parece saber lo que hace.

El tiempo se vuelve denso. Los pitidos del monitor son una tortura. Descargas del desfibrilador. Más compresiones. Más medicación. La tensión es casi física. Hasta que, finalmente, el adjunto que lidera el equipo niega con la cabeza.

—Hora de la muerte: 21.23 h.

Silencio. Un silencio pesado, cargado de la derrota contra la muerte, que cae sobre ese pequeño espacio.

Veo los hombros caídos de las enfermeras y la resignación en la cara del residente.

Y veo a Easton. Se aparta de la camilla con brusquedad.

Su pecho sube y baja, agitado. Tiene la mandíbula apretada con tanta fuerza que puedo ver los músculos marcados desde aquí.

Y entonces, con un movimiento rápido y furioso, golpea con el puño el lateral de un carro metálico, haciendo que todo tintinee.

Se da la vuelta y sale del box a grandes zancadas, desapareciendo por el pasillo que lleva a las salas de descanso con una expresión de rabia y frustración que me deja helada.

El resto del equipo empieza a recoger y hablar en voz baja.

Pero yo no puedo apartar la vista del pasillo por donde él se ha ido.

Su reacción ha sido tan intensa, tan visceral…

Es tan contenido que no me creo que haya perdido el control así.

Y a pesar de todo, a pesar de su hostilidad hacia mí, siento una punzada de preocupación por él.

Sin pensarlo dos veces, movida por un impulso que no entiendo del todo, dejo el historial que tenía en las manos en el mostrador y me dirijo hacia el mismo pasillo. Camino con rapidez y el corazón desbocado.

Llego a la puerta entreabierta de la sala de descanso del personal y lo veo dentro, de espaldas a mí, apoyado con ambas manos en una pequeña mesa y la cabeza gacha entre los hombros.

—Easton. —No me atrevo a gritar demasiado, está tan rígido que parece que va a romperse.

Se gira de golpe al oírme, como un animal acorralado. Tiene los ojos inyectados en sangre y el rostro contraído.

—¿¡Qué coño haces aquí, Mia!? —escupe con un gruñido bajo y peligroso.

Retrocedo un paso. Su hostilidad es un muro más alto aún del que pone frente a mí a diario.

—Yo solo... —empiezo, con la voz temblorosa—. Quería ver si estabas bien. Lo siento mucho por el paciente. No ha sido culpa tuya. Lo has hecho bien, de verdad. Llegó muy inestable, era casi imposible…

—¡Cállate! —Su grito me hace dar un respingo. Da un paso hacia mí, su cuerpo vibra de furia—. ¡No tienes ni puta idea de nada! ¡Cierra la maldita boca y lárgate de aquí! ¡No quiero verte! ¡Déjame en paz!

Sus palabras me golpean, crueles e injustas. Y algo dentro de mí, la cuerda que llevaba tensándose semanas se rompe. La Mia paciente desaparece. La rabia, la frustración, la confusión acumulada… todo explota.

—¿¡Pero de qué vas!? —grito, plantándome frente a él—. ¡Estoy harta de ti! ¿¡Se puede saber qué te pasa conmigo!? ¡No hay quien te entienda, joder! ¡Eres imposible! ¡Me vuelves loca! ¡No puedo más!

—¡Que me dejes en paz! ¿Es que estás sorda?

—¡No! Déjame en paz tú. Te estás pasando mucho conmigo y ya tengo bastante. Deja de tratarme así. No soy tu saco de boxeo, ¿sabes? Si quieres desahogarte con alguien no lo hagas conm…

—¡Calla! —Su voz resuena como un trueno. Tiene los ojos fijos en los míos, y el pecho le sube y le baja al ritmo de su rabia. Da otro paso y acorta aún más la distancia que nos separa, su presencia es abrumadora.

—¡No! He tenido mucha paciencia contigo, pero ¡se acabó, Easton!

—¡Mia, para!

—¡No me da la gana! ¡Dime qué te pasa conmigo de una puta vez! ¡Dime qué...!

—¡He dicho que pares!

Su grito resuena en mis oídos justo cuando cierra el último centímetro que nos separa.

Su cara está a un suspiro de la mía, su mirada intensa, oscura, ilegible…

fija en mis labios que aún tiemblan por la rabia y las palabras no pronunciadas.

Y antes de que pueda reaccionar, antes de que pueda procesar el cambio en su expresión, antes de que pueda hacer nada…