Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 17 Urgencias #2
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Capítulo 17 Urgencias #2

Han sido dos meses en los que la situación se ha convertido en una extraña y tensa normalidad.

El sofá cama del salón se secó, pero entre los chicos lo terminaron de romper cuando intentaron arreglarlo, así que hicimos bote, compramos otro y estamos a la espera de que llegue.

Con lo que la situación habitacional se ha cronificado: Brooke comparte feliz y abiertamente habitación —y lo que no es habitación— con Jace, y yo sigo siendo la compañera fantasma del cuarto de Easton Davis.

Theo se excusa en que su cama es individual, tiene unos horarios muy complicados de estudio y no quiere molestar a nadie, por lo tanto, sigue tan tranquilo en su habitación.

La convivencia con Easton es un arte de la evitación.

Hemos perfeccionado la coreografía del silencio.

Entramos y salimos del baño común en horarios casi opuestos.

Nos cambiamos de ropa sin coincidir. Él pasa la mayor parte del tiempo fuera o encerrado estudiando en el escritorio con los auriculares puestos.

Yo hago lo mismo, salvo que busco refugio en la biblioteca, en mis clases o pasando el rato en el salón con Brooke y los chicos cuando él no está.

Las noches son lo peor. Compartimos la misma cama, sí, pero es como dormir en dos islas separadas por un océano congelado.

Rígidos, en nuestros respectivos bordes, evitando cualquier roce accidental, fingiendo dormir hasta que uno de los dos se levanta con sigilo al amanecer.

Apenas cruzamos palabra, y cuando lo hacemos, son monosílabos funcionales.

A pesar de todo, mi vida fuera de esas cuatro paredes empieza a tomar forma.

Los exámenes parciales fueron muy bien; parece que el estrés académico puede más que el estrés emocional o quizás estudiar era mi única vía de escape.

Y luego está el hospital. Llevo ya cinco semanas como voluntaria y cada turno me reafirma en que elegí bien mi camino.

Me encanta aprender, observar, sentirme útil, aunque sea llevando cafés o ayudando a una enfermera a cambiar unas sábanas.

He conseguido evitar a Easton allí gracias a la amabilidad de una enfermera que me muestra los cuadrantes de los estudiantes de medicina; los reviso con paranoia y procuro elegir mis próximos turnos con cuidado para no coincidir en planta. Hasta ahora, ha funcionado.

Aunque no todo es perfecto. Cada cierto tiempo, recibo un mensaje de Joe.

Un: «¿Qué tal todo?». Un: «Espero que estés bien» o «Felicidades por los exámenes, me lo dijo tu padre».

Palabras aparentemente inofensivas que ignoro y borro, pero que me recuerdan que sigue ahí, una amenaza latente que me mantiene alerta y me roba un poco de paz cada vez que veo su nombre en la pantalla.

Sacudo la cabeza para quitarme justo ese pensamiento de encima.

Hoy es un día importante. Hoy tengo que estar centrada en el hospital.

Después de cinco semanas haciendo tareas muy básicas en planta, hoy me toca acompañar a una enfermera en una guardia en Urgencias y, a pesar de los nervios, estoy muy ilusionada.

Es una oportunidad única para vivir la primera línea de verdad, para aprender, para sentir la adrenalina de la que tanto hablan.

Me pongo el uniforme de voluntaria —la bata azul clara que ya empiezo a sentir como una segunda piel—, reviso mi identificación y cojo mi mochila.

Salgo de la habitación tranquila. Easton no estaba cuando he llegado de clase esta tarde y aún no lo he oído regresar, así que no hay peligro.

Hoy no pienso en sofás rotos, ni en compañeros de cuarto bordes, ni en mensajes indeseados.

Hoy solo existe el hospital. Hoy solo quiero aprender y ayudar.

Las puertas automáticas del Hospital Universitario de Pensilvania se abren y me sumerjo en el ambiente caótico de Urgencias.

El olor a limpio y desinfectante, los pitidos constantes, el movimiento rápido pero organizado del personal.

Es un mundo aparte que, por muy extraño que parezca, me calma.

Aquí soy solo una voluntaria más, una bata azul clara con una identificación, no la chica Astor, ni «princesa» ni la incómoda compañera de cuarto de Easton.

Ficho mi entrada y busco a la enfermera Evans, la coordinadora. Me saluda con una sonrisa cansada pero amable.

—Mia, justo a tiempo. Nos espera una noche movidita, hay partido de Playoffs y siempre se lía. Vas a estar en observación y reponiendo material en los boxes 1 a 5. Atenta a todo, ¿de acuerdo?

—Entendido, gracias —respondo con una mezcla de nervios y emoción.

Me dirijo a la zona asignada, con mi libreta y un bolígrafo preparados. Empiezo a revisar los carros de curas y me aseguro de que todo esté en orden: gasas, esparadrapo, jeringuillas… Me concentro en la tarea, intentando absorber la atmósfera sin estorbar.

Estoy ayudando a organizar unos historiales en el mostrador cuando las puertas se abren de golpe. Entra una camilla a toda velocidad, empujada por paramédicos, rodeada de personal. Accidente de tráfico. Paciente politraumatizado, inestable.