Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 17 Urgencias
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Capítulo 17 Urgencias

Mia

Me quedo inmóvil un instante, con la espalda apoyada en la madera, para respirar y asimilar la realidad de la situación.

Voy a dormir aquí. En su cama. Con él. De nuevo.

Ahora la idea me parece tan absurda, tan cargada de tirantez, que casi preferiría el sofá mojado de cerveza.

¿Por qué habré tenido que abrir la boca?

Él sigue sentado en la silla de su escritorio, de espaldas a mí, y actúa como si no estuviera. Mejor. Necesito un segundo para ordenar las ideas antes de enfrentarme a la logística de esta locura.

—Necesito el pijama —murmuro hacia su espalda. Mi voz suena pequeña en el silencio de la habitación.

Todo esto me ha pillado tan desprevenida que me he venido sin cogerlo, pero me va a venir bien para asimilar la situación en la que nos encontramos.

No se gira, solo hace un gesto vago con la mano hacia la puerta.

—Pues ve a por él.

Salgo de la habitación como si escapara de la pena de muerte.

Cruzo el pasillo y llego al salón. El sofá con el lamparón de cerveza me recuerda la ridícula secuencia de eventos que nos ha traído hasta aquí.

Localizo mi maleta y saco un pijama de algodón limpio.

Lo abrazo contra el pecho y vuelvo al pasillo.

Me dirijo al baño y giro el pomo con cuidado, ya no me fío de que esté libre ni de que, precisamente él, esté dentro semidesnudo. Aunque hoy tengo suerte y no hay ocupantes indeseados. Entro como las balas y cierro con pestillo.

Me aferro al borde del lavabo, la imagen que me devuelve el espejo es horrible: tengo ojeras, la cara pálida por el cansancio y la tensión acumulada.

Mejor que olvide mi aspecto; me cambio a toda velocidad y, ya con el pijama puesto, me siento un poco más yo misma, aunque la sensación de vulnerabilidad no desaparece.

Respiro hondo varias veces antes de atreverme a salir de nuevo.

Me paro frente a la puerta de su habitación.

«Uf, esto es más complicado que encontrar el billete dorado de Willy Wonka, leches».

Apoyo la frente en la madera antes de tener el valor de abrirla.

La empujo despacio y asomo la cabeza. Easton ya no está en el escritorio.

Está de pie junto a la ventana y ya se ha cambiado.

Lleva solo unos pantalones cortos de dormir y no lleva camiseta, otra vez.

Me detengo en seco en el umbral. No es la primera vez que lo veo así, pero el contexto lo cambia todo.

Ya no es un encuentro accidental en el pasillo o una emboscada en el cuarto de baño.

Estamos en su habitación, a punto de meternos en su cama.

Y él está ahí, semidesnudo, como si fuera lo más normal del mundo, mientras a mí se me acelera el pulso y siento que me falta el aire.

Mi mirada, traidora, se desliza sin permiso por su espalda ancha, recorre los músculos definidos de sus hombros y baja por la línea de la columna vertebral que desaparece bajo la cinturilla baja de los pantalones.

Trago saliva; me sube un calor repentino desde el bajo vientre hacia arriba que me enciende las mejillas.

No es justo que el tío que peor me trata del mundo tenga que estar así de bueno.

Aparto la vista antes de que me pille y la clavo en mis propios pies descalzos como si fueran lo más interesante del universo.

—¿Ya? —pregunta con voz grave y un poco ronca.

Se gira, despacio, como si hubiera notado mi lucha interna. Su mirada me roza, fría y evaluadora.

Asiento, sin voz.

—Eh... ¿Qué lado...?

—Ese —dice, cortante, antes de que termine la frase y señala el lado más alejado de la puerta.

Se acerca al costado que ha elegido y levanta el edredón sin decir nada más. Se mete y se tumba de espaldas a mí. Ocupa su espacio con una autoridad silenciosa que me hace sentir aún más intrusa.

Me quedo ahí de pie un momento más, sintiéndome muy torpe.

Dejo mi ropa y el móvil en una esquina del escritorio y me acerco a mi sitio en la cama, levanto mi parte de la colcha con manos temblorosas y me deslizo debajo con el mayor cuidado posible.

Me tumbo de lado, lo más pegada al borde que puedo, rígida como un palo.

El silencio vuelve a llenar la habitación. Solo se oye el sonido de nuestras respiraciones, que parecen competir en tensión. Soy hiperconsciente de su espalda a pocos centímetros de la mía, del calor que emana de su cuerpo y de la posibilidad de rozarnos si alguno de los dos se mueve.

—Princesa. —Su voz baja, inesperada, me hace dar un respingo.

Luego, aprieto fuerte las muelas. Cada vez me fastidia más que me llame así.

No lo hace con cariño, ni mucho menos, sino al revés, con mucho desprecio.

Nunca le he dicho nada porque no le quiero dar el gusto, pero se me está terminando la paciencia.

Si él supiera lo que ha significado para mí estar en ese castillo…

—¿Sí? —susurro en respuesta.

—Intenta no dar patadas mientras duermes. Necesito descansar.

Aprieto los labios. ¿Encima eso?

—No notarás que estoy aquí. Tú intenta no roncar —le devuelvo con toda la intención.

Oigo algo que podría ser una risa ahogada o un bufido. No estoy segura.

—Buenas noches, Mia —murmura, y el uso de mi nombre de pila, tan inesperado después del «princesa» con retintín, me descoloca aún más.

—Buenas noches, Easton —respondo con la voz apenas audible.

Cierro los ojos con fuerza. Esto es muchísimo más incómodo que despertar aquí esta mañana, porque acostarme en su cama anoche fue una emergencia.

Esto es un acuerdo consciente y terriblemente íntimo.

Intento pensar en cualquier otra cosa: en anatomía, en el voluntariado, en las galletas de Anne…

, pero mi mente vuelve una y otra vez a la presencia silenciosa y cálida a mi espalda. Dormir va a ser una misión imposible.

Justo cuando empiezo a pensar que quizás el agotamiento pueda ganarle la partida a la tensión, un sonido rompe la quietud.

Mi móvil vibra sobre el escritorio y la pantalla se ilumina en la oscuridad.

«¡Oh, no! Se me olvidó silenciarlo, Easton me va a echar a patadas».

Antes de que pueda terminar de pensarlo, oigo un movimiento a mi espalda y la voz grave y cortante de Easton.

—¿Puedes apagar eso, Astor?

—Sí, perdón —tartamudeo. Me levanto en la oscuridad y me acerco al móvil a tientas.

Al cogerlo se enciende de nuevo y veo la notificación entrante antes de poder silenciarlo: Joe. El corazón me da un vuelco de puro pánico y fastidio. ¿No puede dejarme en paz?

—¿Pasa algo? —pregunta Easton al notar que me he quedado congelada mirando la pantalla y no vuelvo a la cama.

—No, nada —miento con rapidez. Quito el sonido y la vibración del teléfono y lo dejo bocabajo en la mesa—. Era spam. Ya está, perdón por el ruido.

No responde, solo oigo cómo suelta el aire en un suspiro irritado.

El silencio vuelve a la habitación, pero ahora está cargado de una tensión distinta: mi mentira flotando en la oscuridad, la ansiedad por el mensaje de Joe, apretándome el pecho, y la conciencia insoportable de que estoy atrapada aquí, junto a Easton, fingiendo una calma que no siento en absoluto.

Ahora sí que sé que dormir va a ser imposible.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Me despierto de golpe, sin saber muy bien por qué. La habitación sigue en penumbra, debe ser muy temprano.

El pánico me deja sin respiración.

No estoy en el borde de la cama, más bien en el medio.

Tengo un cuerpo cálido pegado a la espalda.

Un peso me rodea la cintura: un brazo. Su brazo.

«Mierda, mierda, mierda». Sí, y eso que yo no suelo hablar mal, es evidente que el influjo de Easton me altera, para mal.

Me quedo inmóvil, ni siquiera me atrevo a respirar. Si se despierta y me encuentra así, después de su advertencia de anoche…

Justo entonces, siento cómo su respiración cambia. Se vuelve más superficial, más consciente. El brazo alrededor de mi cintura se tensa de un modo muy sutil. Se ha despertado y se ha dado cuenta de que me tiene abrazada.

En una reacción simultánea, casi cómica, ambos nos separamos con un respingo violento. Ruedo hacia mi borde de la cama, él hace lo propio hacia el suyo. El aire frío de la habitación se cuela entre nosotros, donde antes solo había calor corporal compartido.

Me atrevo a girar la cabeza un milímetro. Él también lo hace y nuestros ojos se encuentran: veo sorpresa, incomodidad y ¿fastidio? Sí, definitivamente, fastidio en su mirada antes de que la aparte con brusquedad, se siente en el borde de la cama y se pase una mano furiosa por el pelo revuelto.

No dice nada. Yo tampoco. El silencio es denso, cargado de la electricidad estática que ha provocado ese contacto roto. Salto de la cama como si tuviera muelles en los pies, cojo la ropa que me puse ayer y huyo hacia la puerta.

—Voy al baño —murmuro sin mirarlo y salgo al pasillo antes de que pueda responder.

Necesito aire. Necesito distancia. Necesito, y con urgencia, que arreglen el maldito sofá cama.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Las semanas vuelan, o quizás se arrastran, no estoy segura. Han pasado dos meses desde el incendio, desde que nuestra vida se trasladó a este piso que no es el nuestro.

He presentado varias instancias para una reubicación a la administración de residencias, sin embargo, mis reclamos todavía no han dado fruto.

Estamos en una lista interminable para que nos den una nueva habitación —a estas alturas me conformo con cualquier zulo—, pero todavía no ha llegado nuestro momento.