Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 16 Confabulación #3
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Capítulo 16 Confabulación #3

—Espera un momento —lo corto, antes de que siga con sus tonterías.

Me giro hacia Brooke—. ¿Cómo que te vas con Jace?

A ver. —Intento mantener una calma que no siento y expongo la lógica obvia que ellos ignoran a conveniencia—.

Hay dos chicas. Hay dos camas: la mía y la de Jace, ya que Theo se debe haber quedado dormido ya.

Que Mia duerma contigo, Brooke, en mi cuarto o en el de Jace, me da igual. Y nosotros dos en otra.

La cara de Jace es un poema. Pasa de la sonrisa de ligón a la indignación en medio segundo.

—¿Contigo? —exclama, como si le hubiera propuesto dormir con un puercoespín—. ¡Ni de coña, tío! ¡Ni hablar! Roncas como un puto oso en hibernación y das más patadas que Kobra Kai, la última vez casi me tiras de la cama. ¡Me niego!

—No seas exagerado, Jace —replico—. Y no ronco.

—¡Que no! Además —añade, recuperando su sonrisa pícara y mirando a Brooke—, Brooke y yo tenemos… eh… ¡Asuntos pendientes! Sí, tenemos que discutir sobre el impacto de las redes sociales en la comunicación interpersonal moderna. ¡Muy importante! ¿Verdad, Brooke?

Brooke asiente con una seriedad tan falsa que me dan ganas de tirarles cualquier cosa que pille a la cabeza.

—Importantísimo, Jace. Una conversación crucial para nuestro desarrollo académico.

Me los quedo mirando. Son patéticos. Y me han ganado.

Me han acorralado con excusas absurdas y una clara conspiración de parejita feliz.

Miro a Mia. Sigue de pie, junto a la mesa, con cara de querer que la tierra se la trague.

Está pálida, sus ojos van de Jace a Brooke y luego al sofá mojado con pánico.

Suelto un bufido cargado de frustración. No hay salida.

Ambos se miran con una complicidad que me revuelve el estómago. Se van juntos hacia el pasillo, dejándonos a Mia y a mí plantados en medio del salón, con el sofá inutilizado y la tensión flotando como una nube tóxica.

Suelto un bufido de pura frustración; me siento completamente manipulado por mis propios amigos. Mia parece a punto de echarse a llorar o de salir corriendo. O las dos cosas.

—Pues… —digo, arrastrando las palabras, y la voz cargada de resignación y fastidio—. Parece que te toca mi habitación otra vez, princesa.

Ella me mira con esos enormes ojos.

—¿Y tú?

—Yo dormiré aquí —señalo el sillón individual—, o en el suelo, o donde sea. Ya veré. Pero tú necesitas una cama. Anda, tira.

—Espera —dice con la voz más firme de lo que la he oído nunca, aparte de cuando plantó cara a Jace y Theo—. No. Es injusto.

La miro, sorprendido por su repentina firmeza.

—¿Qué es injusto? ¿Que tengas una cama donde dormir?

—Que tú duermas en el suelo o en ese sillón —replica, señalándolo—. Es tu cuarto, tu cama. Yo soy la invitada inesperada aquí.

Resoplo. La lógica en sus palabras es irritante.

—El sofá está empapado, Astor. No hay muchas más opciones.

—Sí que las hay —insiste—. Mira, Easton, somos adultos.

La cama es grande. A mí no me importa compartir colchón si a ti…

—Hace una pausa y veo cómo traga saliva antes de mirarme directamente a los ojos, desafiante—.

Si a ti no te da… no sé, ¿asco? O lo que sea que te pase conmigo, que te hace tratarme como si fuera una apestada.

Si el problema soy yo, si te incomoda tanto mi presencia, duermo yo en el sillón. Pero tú no vas a dormir en el suelo.

Sus palabras —«asco», «lo que sea que te pase conmigo», «apestada»— son como dardos certeros.

Ha leído mi hostilidad, mi rechazo, aunque no sepa la raíz profunda de mi resentimiento.

Y me desafía con ello, poniéndome contra las cuerdas.

Me quedo sin respuesta y con la verdad incómoda de su percepción flotando entre nosotros.

Podría discutir. Podría reafirmarme en mi decisión inicial. Pero estoy jodidamente cansado. Cansado del día, de la noche anterior, de esta tensión perpetua, de la manipulación de mis amigos, de mi propia batalla interna. Pelear ahora mismo requiere una energía que no tengo.

Me paso una mano por la cara y termino por despeinarme con fuerza. La miro. Está ahí, esperando mi respuesta, con esa mezcla de vulnerabilidad y esa firmeza que me descoloca.

—Joder, princesa —murmuro en un suspiro cargado de derrota—. Haz lo que quieras. Me da igual.

—¿Eso significa que sí compartimos?

—Significa que estoy demasiado cansado para discutir esta mierda —replico con la voz áspera por el agotamiento—. La cama es grande, sí. Pero que te quede claro: tú en tu lado, yo en el mío. Muy a tu lado. Y como te muevas mucho, te juro que te tiro al suelo.

Un atisbo de sonrisa, quizás de alivio o de diversión, ante mi amenaza poco convincente, cruza sus labios antes de que la controle. Asiente rápidamente.

—No me moveré. Gracias.

Me encojo de hombros, demasiado agotado para añadir nada más. Me doy la vuelta y me dirijo hacia mi habitación. Abro la puerta y entro, la dejo abierta para que ella pase después.

Me siento en la silla del escritorio y escucho los pasos vacilantes de Mia entrar en la habitación y el clic suave de la puerta al cerrarse.

Otra noche compartiendo espacio con ella.

Pero esta vez, por un acuerdo tácito y reticente, no por una emergencia.

Mis amigos han ganado esta batalla. Y yo, solo sé que dormir a un metro de Mia Astor va a ser cualquier cosa menos descansado.