Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 16 Confabulación #2
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Capítulo 16 Confabulación #2

Como está justo a mi lado, su lucha es imposible de ignorar. Y antes de que pueda pensarlo dos veces, me inclino un poco hacia ella.

—Así te vas a morir de hambre, princesa —murmuro, por encima de la conversación de los demás.

Mia se sobresalta y gira la cabeza hacia mí, con los ojos de par en par por la sorpresa y el rubor que vuelve a sus mejillas.

—Puedo, puedo —replica en voz baja, pero con convicción. Vuelve a intentar coger, sin éxito, un trozo de brócoli.

Suelto un suspiro casi imperceptible. Miro de reojo a mis amigos que hablan entre ellos, aunque noto que Brooke nos mira disimuladamente, con una sonrisita. Malditos conspiradores.

—No, no puedes. A ver, dame —le ordeno. Tengo que acercarme un poco más a ella. Le quito los palillos de la mano e ignoro, no sin esfuerzo, la pequeña descarga eléctrica que siento cuando nuestros dedos se rozan.

Cojo su mano.

—Mira, el de abajo, quieto, aquí. Apoyado. El de arriba, como un lápiz y es el que solo tienes que mover. ¿Entiendes?

Mis dedos guían a los suyos, ajustando la presión y la posición.

Es una sensación extraña la de estar enseñándole algo tan básico, tan íntimo, casi, en estas circunstancias.

Porque soy consciente de su respiración contenida junto a mí, como también lo soy de que Jace, Theo y Brooke han bajado el volumen de su conversación y nos están observando con un interés desmesurado.

Le suelto la mano despacio.

—Inténtalo, ahora tú sola.

Coge aire y, con una concentración absoluta, intenta pinzar un trozo de brócoli de su plato. Los palillos tiemblan un poco, y… lo consigue. Levanta el brócoli triunfalmente. Una pequeña sonrisa de sorpresa y orgullo ilumina su cara.

—¡Ya está! —exclama, incrédula.

—No era física cuántica —replico, en un intento de recuperar mi tono seco y mi distancia. Me aparto un poco y vuelvo a mi plato sin evitar sentirme expuesto.

—Bueno, bueno, ¡parece que tenemos un maestro Miyagi de los palillos entre nosotros! —exclama Jace, hecho que confirma que no se han perdido detalle.

Le lanzo una mirada asesina.

—Céntrate en tu comida, anda.

La conversación general se reanuda, aunque algo ha cambiado. La tensión sigue ahí, sin embargo, ahora tiene una capa más, una memoria compartida de ese instante de contacto, de esa ayuda inesperada.

Mia come con más confianza, a pesar de que la noto tensa todavía.

Y yo… Yo intento ignorar la sensación residual del roce de su piel y la mirada de suficiencia de mis amigos.

Sé exactamente lo que están pensando. Y sé, como si los hubiera parido, que su intromisión en esta especie de relación insoportable que tengo con Mia no ha hecho más que empezar.

Esto solo puede empeorar. Y doy fe de ello cuando, después de dar buena cuenta del contenido de todos los cartones y, como si se hubieran pasado una nota mental invisible, empieza el espectáculo de la retirada.

—Uf, estoy que reviento. Este cerdo agridulce estaba increíble, pero necesito procesarlo en horizontal —anuncia Theo, al tiempo que se levanta con esfuerzo fingido—. Me retiro a mis aposentos a meditar sobre el significado de la vida y los rollitos de primavera. ¡Nos vemos!

Desaparece por el pasillo. Ni cinco segundos después, Jace mira su reloj.

—Anda, es verdad. Tenía que llamar a mi hermana. Siempre me echa la bronca si no la llamo los sábados. Voy a mi cuarto, que si no, no oigo nada con vuestro jaleo. Brooke, ¿quieres que te preste el cargador que me has pedido antes?

—¡Ay, sí! Me queda un cinco por ciento de batería y no sé dónde he dejado el mío —responde ella con naturalidad—. Ahora vuelvo.

Se levanta y desaparece con Jace hacia su habitación o a Narnia, porque sé que no va a volver pronto.

El silencio cae de golpe. Solo se oye el murmullo lejano de la tele que alguien dejó encendida y el sonido de los coches pasando por la calle.

Levanto la vista de mi cartón vacío que contenía arroz.

Mia tiene la suya clavada en medio rollito de primavera que hay en su plato como si contuviera respuestas cósmicas.

Señores, les presento a mis brillantes amigos y su sutileza de elefante en una cacharrería. Siento la irritación subirme por la garganta, pero también una incómoda conciencia de la situación: los dos aquí, en silencio, después de todo lo de anoche. La tensión es casi sólida.

Mia levanta la vista de golpe, quizás al notar mi mirada. Nuestros ojos se encuentran. Veo pánico reprimido en los suyos, y seguro que ella ve fastidio en los míos, porque vuelve a agachar la mirada hacia el plato.

No puedo soportar este silencio incómodo. Romperlo con normalidad parece imposible, así que opto por mi mecanismo de defensa habitual cuando ella está cerca: el ataque velado.

—¿Qué tal la resaca, princesa? —pregunto con un tono que quiere ser casual, sin embargo, tiene todo el filo de burla—. ¿Ya se te ha pasado por completo? A lo mejor necesitas otra ducha fría para espabilar del todo.

Mia vuelve a levantar la cabeza de golpe; sus ojos lanzan chispas. Sabía que eso la haría reaccionar.

—¿Ahora te preocupas por cómo estoy? —replica, y su voz, aunque tiembla un poco, está cargada de indignación. Se levanta para alejarse de mí—. Llevas aquí más de dos horas y ni siquiera me has preguntado si estaba bien después de tu «terapia de choque» de anoche.

—No parecía que necesitaras nada. —Me encojo de hombros y finjo indiferencia. Me pongo también en pie para no hablarle desde el suelo—. Te las apañaste muy bien para desaparecer de mi cama antes del amanecer.

Veo cómo se sonroja violentamente, pero no aparta la mirada.

—¡Porque me sentía humillada! ¡Y porque sabía que no querrías encontrarme ahí por la mañana! ¡Porque eres imposible, Easton! ¡Un minuto me cuidas de una forma que no entiendo y al siguiente me tratas como si fuera basura!

—Quizás si no bebieras hasta casi perder el conocimiento, no necesitarías que nadie «te cuidara» —ataco de nuevo, y siento cómo mi propio resentimiento alimenta la discusión.

—¡Yo no pedí que me cuidaras! ¡Ni pedí que…!

—Oye, oye, ¿podéis bajar un poco la voz? —Brooke nos interrumpe desde el pasillo—. ¿Sabéis el espectáculo que estáis dando? Venga, a recoger, necesito abrir el sofá-cama, ya.

Se acerca al sofá con un bostezo y empieza a tirar del mecanismo. Tira una vez, dos veces.

—¡Ugh! Esto no… ¡No se abre! ¡Está como atascado! ¿Qué le pasa?

Mia y yo nos quedamos mirando el uno al otro sin demasiado cariño. Brooke sigue forcejeando con el sofá, sin éxito.

—¿Qué escándalo es este? —Aparece Jace por el pasillo, vestido solo con unos pantalones de pijama anchos y dejando su torso al descubierto.

Mis ojos van instintivamente hacia Mia. La pillo mirándolo, quizás con sorpresa o simple curiosidad por la aparición repentina. Pero esa mirada suya hacia él, hacia otro tío semidesnudo, me provoca una reacción irracional, una punzada de algo feo y posesivo en el estómago.

—Jace, ¿quieres ponerte una camiseta? —espeto, con más dureza de la que pretendía—. Tenemos compañía femenina casi recién llegada, por si no te acuerdas.

Jace me mira extrañado, luego a Mia, y se encoge de hombros.

—Uy, ¿nos ponemos celosones, amigo? —Levanto una ceja en señal de advertencia. No estoy para que me toquen los cojones. Jace me saca la lengua y pasa de mí—. ¿Qué pasa con el sofá?

—¡Que no se abre! ¡Ayúdame! —le pide Brooke, todavía intentando abrir el sillón.

Jace se acerca y prueba él. Tira con fuerza.

—Ostras, pues es verdad. Está bloqueado. ¿Le habéis hecho algo?

Niego con la cabeza, pero vislumbro una pequeña sonrisa de mi amigo que me hace sospechar. Esto huele a montaje. Me acerco hacia ellos, exasperado.

—Apartad, anda, inútiles. Dejadme a mí.

Empujo a Jace y agarro el tirador que abre el sofá. Tiro con fuerza. Nada. Vuelvo a intentarlo, aplicando más palanca. Sigue sin moverse ni un milímetro. Mierda. Estos cabrones lo han roto a propósito, seguro. ¿Cómo?

—¿Ves? ¡Te lo decía! —exclama Brooke—. ¿Y ahora qué hacemos? ¡Yo quiero dormir!

Y entonces ocurre. Brooke, al moverse para dejarme más espacio —o eso parece—, topa con la mesa auxiliar donde cenábamos y que había retirado a un lado.

La lata de cerveza medio llena que llevaba en las manos y estaba retirando de delante del televisor para llevarla a la cocina cae en el sofá, y su contenido se derrama con un chasquido húmedo sobre los cojines del asiento.

—¡¡Ay, mierda!! ¡Lo siento! ¡Qué torpe soy! —exclama Brooke, con las manos en la boca y una expresión de horror exagerada.

Miro el charco oscuro extendiéndose por la tela. Miro la cara de «oh, qué desastre» de Brooke. Miro la sonrisa mal disimulada de Jace. Lo pillo. Todo. El sofá atascado, el «accidente» de la cerveza… Es un plan. Su estúpido plan para obligarnos a…

—Bueno —dice Brooke con un suspiro, mirando el estropicio—. Pues parece que aquí no duerme nadie hoy. Jace, ¿me haces un hueco en tu cuarto? Ya que estamos.

Jace sonríe abiertamente.

—¡Claro! ¡Sin problema! ¡Mi reino es tu reino!