Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 16 Confabulación
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Capítulo 16 Confabulación

Easton

Estoy agotado. El día se me ha hecho eterno, no tenía ganas de volver a casa y he empalmado dos turnos: uno de prácticas y otro de voluntariado en el hospital universitario, más tres horas de estudio en la biblioteca.

Dejo caer la mochila junto a la puerta; los hombros me agradecen que les haya librado del peso que aguantaban, aunque es insignificante comparado con la carga mental que arrastro desde anoche.

O, más bien, desde esta mañana, cuando desperté solo en la cama.

Su huida traicionera y silenciosa al amanecer es lo que me ha tenido más distraído de lo que he querido admitir durante todo el día.

El espacio a mi lado estaba vacío y no había ni una sola señal de que haberla sostenido entre mis brazos hasta que dejó de tiritar hubiera sido real y no un sueño.

Aunque tengo muy claro lo que viví cada momento de anoche: yo metiéndome en la cama con ella, el frío de su piel, mis brazos rodeándola casi por instinto profesional —o eso me obligo a creer— para detener sus temblores.

Y sus palabras. Joder, sus palabras. Confusas, contradictorias.

Que soy guapo, que tengo un cuerpo de estatua griega, que le doy miedo y le gusto a la vez, que quiere ser mi amiga.

Y la mención a Joe, ese cabrón. Todo dicho en susurros ebrios contra mi pecho.

¿Cómo coño se supone que debo actuar después de haberla tenido durmiendo en mis brazos? ¿Después de que se escabullera como si hubiera estado durmiendo con el enemigo? Aunque lo de enemigo es normal después de cómo la trato.

Hoy, el resentimiento habitual que siento hacia ella está ahí, pero ahora se mezcla con esta… conciencia física. Esta memoria corporal de su cercanía que me irrita y me confunde a partes iguales. Hasta eso se me ha pegado de ella.

—¡Hombre, Easton! ¡Justo a tiempo para ver cómo humillo a este paquete! —grita Jace, señalando a Theo con el mando y sacándome del bucle en el que llevo desde esta mañana.

—¡Ya quisieras, tramposo! —replica Theo, concentrado en la pantalla.

Sonrío. Mis amigos. Mi piso. Normalidad, por fin.

—Ya veo que no aprendes, Theo. ¿Otra vez te está dando una paliza? —Me acerco al sofá y me dejo caer en el sillón individual—. ¿Qué me he perdido? ¿Algún golazo a destacar?

—¡De todo! —exclama Jace—. ¡He marcado uno de chilena que ni Messi! Y este —señala a Theo—, no para de decir que el mando no le va bien.

Me río y me uno a sus piques habituales. Comentamos el partido y nos emocionamos con una jugada absurda. Por fuera, soy el Easton de siempre: relajado, social, uno más del grupo. Pero es una fachada. Porque mientras bromeo con Jace, mi radar interno está activo.

Aunque no le haya dicho nada, sé exactamente dónde se encuentra y qué hace. Está sentada en la mesa del comedor, bajo la lámpara, parece estar estudiando. Brooke está frente a ella y teclea, con una velocidad pasmosa, en su portátil, quizá trabajando en algún proyecto de comunicación.

Mia ya no viste mi ropa, sino unos vaqueros y un jersey con el logo de la UPenn.

Tiene el pelo limpio y suelto, que le cae sobre los hombros.

Escribe en una libreta, concentrada. Parece que, para ella, lo sucedido ayer por la noche —la borrachera, la ducha fría, los temblores, el acabar en mi cama…

— no hubiera ocurrido. Como si ya lo hubiera procesado y guardado en el rincón de los recuerdos «olvidados» de su neocórtex.

Y eso, inexplicablemente, me jode. Me jode verla tan entera mientras yo llevo todo el día con esta sensación de desorden interno, con el recuerdo de su vulnerabilidad y mi propia reacción turbada grabados a fuego.

¿Para ella ha sido tan fácil? Ducharse, cambiarse y seguir adelante como si nada.

¿Y yo? Yo llevo todo el día con su voz metida en la cabeza.

Con el recuerdo de su piel helada y sus palabras confusas.

La vieja herida del resentimiento —ella siempre recuperándose, siempre cuidada, siempre saliendo adelante mientras yo me quedaba sufriendo— se reabre un poco.

—¿Tierra llamando a Easton? ¿Te has quedado frito, tío? —La voz de Theo me saca del ensimismamiento.

Parpadeo.

—¿Qué? No, solo… pensaba en el examen del lunes.

—Ya, claro, en el examen —se burla Jace, que comparte una mirada cargada de no sé qué intención con Theo—. Anda, coge una cerveza que te irá bien —me ofrece una lata que cojo sin dudar.

Necesito algo que aplaque esta irritación absurda. Me uno a ellos, intento seguir su conversación sobre no sé qué compañero de Theo y sobre los exámenes que vienen. Río con una broma de Jace. Comento una jugada del FIFA. Actúo. Me pongo la máscara del Easton social y despreocupado.

No obstante, sigo pendiente de Mia. Noto cuando cierra la libreta. Cuando se levanta y lleva su taza a la cocina. Se mueve con una tranquilidad que me crispa los nervios. Evita mi mirada; nadie diría que es la misma chica que temblaba como una hoja en mi cama anoche.

Me cabreo.

¿Acaso no significó nada para ella? ¿Ni siquiera la humillación, la confusión o la extraña intimidad al confesarme lo que le hago sentir? Verla ahí, tan compuesta, hace que mi propio desconcierto interno se magnifique de una forma ridícula.

Sacudo la cabeza e intento centrarme.

—¿Qué hay para cenar? Me muero de hambre. —Me retrepo en el respaldo del sillón con un sonoro resoplido y me despeino aún más.

—Justo antes de que llegaras, hablábamos de pedir chino —dice Theo ya con el móvil en mano—. ¿Te apuntas? Hay un sitio nuevo cerca que dicen que está brutal.

—Chino, suena bien —acepto. Cualquier cosa con tal de no tener que pensar en cocinar.

—¡Genial! Brooke, Mia, ¿os apuntáis a pedir chino? —grita Jace hacia la zona del comedor.

—¡Sí! Quiero dumplings al vapor con verduras, porfiii —suplica Brooke.

—Lo que digáis me irá bien —murmura Mia, casi inaudible.

—¿Tienes alguna preferencia? —le pregunta Jace, que mira el menú por encima del hombro de Theo.

No sé por qué, nos quedamos mirándola los cuatro. Se pone nerviosa y se le empiezan a enrojecer las mejillas. Se tira de las mangas del jersey y esconde las manos.

—No sé —dice aún más bajito.

—Bah, vosotros pedid que seguro que le gusta todo —sale Brooke en su ayuda.

Los chicos vuelven a lo suyo, sin embargo, yo no despego la mirada de las dos y escucho con toda claridad cómo Brooke, tras levantarse, ir a su encuentro y rodearle con un brazo los hombros, le dice:

—¿Otra cosa más que podemos tachar de tu lista de «primeras veces»? —le susurra con mucho cariño.

—Sí —afirma, cohibida—. Qué triste, ¿no? —Vuelve a sonrojarse.

—Mia —dice Brooke con una sobreactuada solemnidad—. Vas a fliparlo con los tallarines tres delicias con salsa de soja. Vas a tener un crush total.

Y su comentario la hace reír.

¿De verdad no ha probado nunca la comida china? Pensar en esa lista que ha mencionado Brooke hace que me compadezca un poco de ella. Pero solo un poco.

Mientras Theo hace el pedido por teléfono, la conversación desvaría.

Participo, hago comentarios sarcásticos sobre la habilidad de Theo para dormirse en clase de bioquímica, me río con una anécdota de Jace sobre una cita desastrosa que puntualiza, muy mucho, tuvo hace un par de semanas, mientras Brooke lo mira desafiante con una ceja alzada. ¿Qué hay entre estos dos?

Intento ser normal, ser el Easton que mis amigos conocen.

Y funciona, a ratos. Porque de reojo, capto los movimientos de Mia cuando recoge sus cosas de la mesa, la forma en que evita pasar cerca de mi sillón para dejarlas en las estanterías que les hemos cedido y cómo vuelve a evitarme cuando quiere sentarse en el sofá.

Cada movimiento suyo es un pequeño recordatorio de la tensión que flota entre nosotros.

La comida no tarda en llegar. Jace abre la puerta al repartidor y pronto la mesa auxiliar frente a la televisión se llena de cartones humeantes con ese olor dulzón y salado tan característico.

—¡Al ataque! —anuncia Jace, y reparte palillos y sobrecitos con salsa de soja y salsa agridulce.

Nos acomodamos alrededor de la mesa baja, la mayoría en el suelo sobre cojines.

Brooke y Mia ocupan el lado pegado al sofá; la primera palmea el cojín junto a ella para que Mia se siente a su lado.

Frente a ellas, al otro lado de la mesa, se coloca Theo, mientras que Jace se queda en el extremo, frente a mí y al lado de Brooke.

Yo me quedo en el sillón individual, mi refugio habitual, apartado del círculo, pero Jace me lo impide.

—Tío, siéntate aquí, que, si no, no llegas bien a la comida —dice señalando el único hueco libre en los cojines, justo al lado de Mia.

Mierda. Miro el hueco. Miro a Jace. Miro a Brooke.

Sus caras son la inocencia personificada, pero sé leer entre líneas.

Estos cabrones lo han hecho a propósito.

Me han dejado sin mi espacio seguro y me han arrinconado junto a ella.

Respiro hondo para no mandarlos a la mierda y me siento en el cojín, manteniendo tanta distancia con Mia como el espacio limitado me permite.

Ella también parece notar la maniobra, porque se encoge un poco sobre sí misma. Genial. Empezamos bien la cena.

Sigo mi estrategia de ignorarla, pero soy dolorosamente consciente de la persona sentada a mi lado.

Noto el roce ocasional de su rodilla contra la mía cuando se mueve, el olor floral suave de su pelo, la tensión que emana de ella.

La veo luchar con los palillos y la escena es casi graciosa.

Intenta coger un trozo de ternera, falla.

Lo intenta con un rollito de primavera, casi lo consigue y se le escurre en el último segundo.

Aprieta los labios, frustrada, y una pequeña arruga le aparece entre las cejas.

No puedo evitarlo: una sonrisa diminuta, que casi podría pasar por un tic nervioso, se dibuja en mis labios. Es ridículo. Patético. Y, muy a mi pesar, adorable.

No.

Borro esa palabra de mi mente al instante.

Es exasperante. Eso es.