Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 15 Mañana de resaca #2
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Capítulo 15 Mañana de resaca #2

Oigo un asentimiento de conformidad de Jace o Theo. Luego, pasos firmes que se alejan de la zona de la cocina y se dirigen hacia la entrada. Unos segundos después, el sonido inconfundible de la puerta principal al abrirse y cerrarse con un golpe seco.

Se ha ido. Ni siquiera ha venido a ver cómo estaba. Ha dejado instrucciones sobre mi hidratación como si fuera una orden médica para una paciente problemática y se ha largado. La evitación es tan deliberada que duele casi tanto como mi dolor de cabeza residual.

Respiro hondo, el olor de su camiseta me envuelve de nuevo y hace que me burbujee el estómago. Dios, no voy a poder con esto. Exhalo hondo, por lo menos ahora puedo moverme sin riesgo inmediato de un encuentro incómodo con él.

—¿Creéis que sigue durmiendo? —oigo susurrar a Brooke, más cerca ahora.

—Déjala un poco más —responde Jace en voz baja—. Si la noche ya fue intensa para nosotros, no me imagino cómo debe de estar ella.

Intensa. Sí, es una forma de decirlo. Venga, es ahora o nunca. Me muevo y me estiro con un quejido fingido, como si acabara de despertar.

—Buenos días… creo —murmuro con voz rasposa.

Brooke se acerca y se sienta a mi lado en el sofá.

—¿Cómo estás? Ayer se nos fue un poco de las manos, ¿no? Prometo que no siempre es así. —Bonita manera de disculparse.

—Tranquila, que las primeras veces sean a lo grande, ¿no? —Le quito hierro al asunto para que deje de sentirse culpable. Me paso una mano por la cara y me quito alguna legaña imaginaria—. Me siento como si me hubiera atropellado un camión. ¿Qué hora es?

—Casi las once —responde Theo, con su sempiterna sonrisa—. ¿Quieres zumo especial de arándanos del Doctor Davis?

Suelto un bufido.

—Prefiero agua. Y mi ropa. Y una explicación de dónde dormiste tú anoche, Brooke.

—Touché, amiga. —Levanta una mano para que le choque los cinco—. Tenemos tela que contarnos.

Sí. Definitivamente. La conversación con Brooke sobre nuestras respectivas noches y, sobre todo, sobre mis actos y confesiones vergonzosas, es inevitable. Y sé que la sombra de la huida de la habitación de Easton planeará sobre mí todo el día.

Después de que los tres me obliguen a beberme casi un litro de zumo y comprobar que me tomaba la medicación —cuando nunca habían estado pendientes, por lo menos ellos—, los chicos se van al gimnasio y Brooke y yo seguimos vegetando en el sofá.

El silencio que se queda está cargado de preguntas no formuladas.

Brooke se ríe por lo bajo; la he visto mirarme de reojo un par de veces repasando mi indumentaria y cada vez que lo ha hecho he sido consciente de la ropa que llevo puesta y que, por alguna razón que escapa de mi entendimiento, no me he quitado todavía.

—Vale —rompe el hielo Brooke—. ¿Vas a contarme qué pasó anoche después de que… bueno, después de que empezaras a encontrarte mal?

Me encojo y me abrazo las rodillas.

—Fue un desastre, Brooke. Un completo y absoluto desastre.

—Eso ya lo imaginaba —responde, con una media sonrisa comprensiva—. Estabas bastante perjudicada. Y ¿por qué llevas su ropa? —pregunta sin tapujos.

—No puedo contarte más que cosas inconexas, solo sé que terminé vestida bajo el agua helada de la ducha.

—¿¡Qué!? —exclama Brooke, incrédula—. ¿Easton te metió en una ducha fría? Pero ¿por qué?

—¡No lo sé! —replico, la frustración y la humillación aparecen de nuevo—.

Supongo que porque le estaba diciendo… cosas.

Recuerdo estar recriminándole su actitud conmigo y, de repente, estaba empapada y tiritando.

Lo siguiente de lo que me acuerdo es estar sentada en el borde de su cama, mientras él me ayudaba a quitarme la ropa mojada.

Brooke se tapa la boca con las dos manos y abre mucho los ojos.

—Wow, ¡qué heavy!

—Luego… —La vergüenza me hace bajar la voz hasta casi un susurro—. Me puso esta ropa y me metió en su cama porque no paraba de temblar.

Omito a propósito la parte en la que se metió en la cama conmigo y yo le toqué la cara mientras desvariaba. Es demasiado. Contarle lo de la ducha ya ha sido suficientemente mortificante.

—Vaya. Eso es… no tengo palabras. ¿Y dormiste ahí? ¿Y él? ¿Dónde durmió?

—Él... —dudo. ¿Le digo la verdad? ¿Que desperté a su lado? No sé por qué, quiero quedármelo para mí. Así que decido mentir—. No lo sé. Cuando me desperté estaba sola en la habitación, me levanté y me vine al sofá.

—Ajá. —No sé si llega a creerse toda la historia porque me mira con cara de estar encajando todas las piezas.

—Es que no lo entiendo, Brooke —sigo hablando para que deje de pensar y no encuentre incoherencias en mi relato—.

Es exasperante. Me trata fatal, luego me cuida de esta forma tan rara y controladora, ¡me mete en una ducha fría!

, me deja su ropa, su cama… y luego huye por la mañana y me ignora. ¿¡Qué sentido tiene!?

Brooke frunce los labios y suspira.

—Ninguno, la verdad. Pero, Mia, tienes que admitir que, a su manera extraña, te cuidó anoche. Podría haberse largado a su habitación cuando llegó y nos encontró jugando, sin embargo, se quedó a tu lado.

—Supongo —reconozco a regañadientes—. Aunque no justifica su trato. Ni me compensa esta sensación horrible que tengo ahora.

—Ya, es un poco raro, sí. —Me reconforta con un apretón en el brazo.

—Bueno, dejemos de hablar de mí. —Cambio de tema, harta de hablar de él—. ¿Dónde dormiste tú? El sofá cama estaba muy vacío y recogido esta mañana.

Brooke se sonroja, aun así, sonríe un poco.

—Eh… bueno… Jace me invitó a charlar un poco en su habitación porque Theo quería mirar no sé qué resultados de unos partidos de baloncesto. Y nos quedamos dormidos.

—¿Dormidos? —Enarco una ceja, incrédula.

—¡Sí, dormidos! —insiste, aunque la sonrisa la delata—. Bueno, quizás no inmediatamente —confiesa al final con cara de pillina.

—¡Brooke! —Le tiro un cojín por haberse hecho rogar, con un pellizco de remordimiento por ocultar lo que pasó en realidad en mi caso, aunque no tuviera nada que ver con lo que hicieron ellos—. ¿Por qué no me habías contado nada de que había algo entre vosotros?

—¡Porque no es nada serio! —ríe Brooke—.

Surgió una noche antes del incendio. Fue inesperado.

Y genial. Y ya basta, que ya te he dado mucha cancha: cuéntame de verdad cómo fue anoche, porque ya te digo que no te acordarás o no quieres acordarte, pero Easton no apareció por aquí más y nosotros tardamos en irnos del comedor.

Así que haz memoria: aparte de la ducha loca y la cama, ¿hablasteis? ¿Te dijo algo?

—No, nada, de verdad. Yo desvarié bastante, por lo que recuerdo —admito, y me siento la cara arder de nuevo al pensar en mis confesiones—. Le dije un montón de tonterías. Él apenas habló. Solo me abrazaba para darme calor.

—Mmm, me da la impresión de que es un corderito vestido de lobo. Quizás no es tan malo como parece —sugiere Brooke—. Quizás solo es que, por algún motivo, le remueves algo por dentro.

—Sí, le saco su versión sociópata-controlador —replico—. Aunque… —me muerdo el labio y la miro de reojo—, con un cuerpo de escándalo.

Me muerdo los labios esperando la reacción de Brooke.

—¡Mírala cómo espabila! —exclama muy sorprendida de mi comentario.

Ambas soltamos una carcajada que nos dobla en dos y nos deja tiradas en el sofá el resto de la mañana.

Hablar con Brooke me ayuda un poco a quitarle hierro al asunto, aunque la vergüenza sigue ahí, latente.

Y la confusión sobre Easton es más grande que nunca.

Pero al menos no estoy sola en esto. Y parece que Brooke también tiene sus propios secretos y novedades.

La mañana avanza, y con ella, la inevitable espera hasta que Easton vuelva a casa.

¿Estará furioso por mi comportamiento? ¿Me ignorará como hizo esta mañana?

O, por el contrario ¿tendrá la amabilidad de preguntar cómo me encuentro o si he pillado una pulmonía?

¿Cuál de todos los Easton Davis me encontraré cuando se digne a volver?

¿El borde, el controlador, el atento o el preocupado que me abraza para darme calor?

Es imposible saberlo. Y esta incertidumbre es peor que la propia resaca.

El reloj de la pared marca las siete de la tarde.

Brooke me trae un trozo de pastel de zanahoria que han traído Jace y Theo cuando han llegado después de comer.

Cuando marca las ocho, tengo el culo cuadrado de esta silla de madera del comedor donde estoy sentada frente a los apuntes de bioquímica que he leído ya tres veces sin enterarme de nada.

A las nueve tengo el estómago tan encogido que casi tengo ganas de vomitar.

A las nueve y diez oigo el sonido metálico de unas llaves en la cerradura de la puerta principal.

Jace y Theo, que están en el sillón y gritaban hace un momento mientras jugaban al FIFA, contienen el aliento y se giran para mirarme.

Mi amiga, que está sentada frente a mí, despega la mirada de su portátil y hace lo mismo.

Yo me quedo rígida en mi sitio, tras la mesa del comedor donde me he refugiado media tarde.

El pomo gira. La puerta se abre y aparece él.