Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 15 Mañana de resaca
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Capítulo 15 Mañana de resaca

Mia

Se me escapa un quejido cuando intento abrir los ojos. Un dolor fuerte y punzante me late en la sien y se expande por toda la cabeza como si fuera una mancha de aceite sobre el mar. ¿Esto es la tan temible resaca? Pues se quedan cortos al describirla. Dios… quiero morir.

Abro los ojos con esfuerzo, y me encuentro con una oscuridad casi total, apenas rota por una rendija de luz grisácea que se cuela por el borde de la ventana. Debe de ser muy temprano.

Tengo la boca como el desierto del Sahara, necesito agua.

Ya. Hago el amago de incorporarme, pero el brazo que me rodea me lo impide y mi propia cabeza protesta con una nueva oleada de dolor.

Un momento. ¿Un brazo? Espera, si no es mío…

Y como piezas de un puzle siniestro, que encajan lentamente en la niebla de mi cerebro resacoso, empiezo a ser consciente de dónde estoy y, lo peor, de con quién estoy.

El ritmo constante bajo mi mejilla es una respiración. La superficie firme, aunque cómoda, es un pecho. Mi brazo está rodeando una cintura masculina y cuando miro mi cuerpo, veo que llevo una camiseta que, por supuesto, no me puse yo para dormir.

El corazón me da un vuelco tan violento que me deja sin aire.

No.

Giro la cabeza con pánico contenido y ahí está: el perfil de Easton, a centímetros de mi cara.

Duerme profundamente, boca arriba, con el rostro girado hacia mí.

Es su brazo el que me rodea con firmeza y me mantiene pegada a su costado.

Mi cabeza descansa sobre su hombro y parte de su pecho y tengo las piernas enredadas con las suyas bajo el edredón.

No. No. No.

Me incorporo un poco para no despertarlo, y miro alrededor para situarme. ¡Horror! Estoy en su habitación. Estoy en su cama. Abrazada a él. Y él a mí.

El corazón se me va a salir por la boca y me martillea tan fuerte las costillas que tengo miedo de que moleste a Easton y abra los ojos.

Un flash me noquea de repente: Agua helada que me congela. Gritos. Mis propios gritos.

Flash —todavía peor—: Easton ayudándome a quitarme la ropa mojada. Vergüenza ardiente.

Flash: estoy hecha un ovillo, tiritando y su calor acercándose a mí. Mi mano... ¿en su cara? ¿Diciendo qué? «…guapo…» «…cuerpo…» «…me confundes…» «…Joe me ha escrito…» «…miedo…» Oh, Dios mío. Las palabras brotan en mi memoria como setas venenosas. ¡Cómo le pude decir todo eso!

El pánico se convierte en terror puro. Tengo que salir de aquí. Ahora mismo. Antes de que abra los ojos. Antes de que tenga que enfrentarme a la humillación de despertar en sus brazos después de mi lamentable espectáculo.

Con la respiración contenida y movimientos más lentos que los de un caracol reumático, intento liberar mi brazo de alrededor de su cintura.

Fácil. Ahora, el suyo, que descansa pesado sobre mi costado.

Con sumo cuidado, intento levantarlo lo justo para deslizarme por debajo.

Se mueve un poco, un gruñido bajo retumba en su pecho.

Me quedo petrificada, y espero. El corazón me martillea en las sienes.

«No te despiertes, por favor, no te despiertes», rezo para mis adentros.

Tengo suerte y mis plegarias han funcionado: sigue dormido.

Vale, consigo levantarle el brazo un milímetro y puedo empezar a deslizarme muy despacio para separarme de su cuerpo centímetro a centímetro.

Es como pretender escapar de arenas movedizas hechas de edredones y calor corporal ajeno.

A la vez, intento desenredar las piernas de las suyas, pero mi pie tropieza con su espinilla.

Se mueve de nuevo, esta vez girándose un poco más hacia mí en sueños, y su brazo vuelve a apretarme contra él con más firmeza que antes.

¡Jolín! Estoy atrapada de nuevo. Intento moverme, me retuerzo como un gusano, aunque con mucho tiento.

Easton frunce el ceño en sueños. Suelto un gritito ahogado por el pánico.

Tengo que salir. Como sea. Uso la mano libre para empujar con suavidad de su hombro.

Él murmura algo ininteligible y se da la vuelta, quedando de espaldas a mí, pero liberándome en el proceso.

¡Sí!

No pierdo ni un segundo: me deslizo fuera de la cama como una anguila y solo respiro cuando los pies tocan el suelo.

Me agacho, me hago una bola junto a la cama, sentada en el suelo, y me quedo atenta a cualquier posible movimiento.

Bien, sigue como un tronco. Me incorporo y, con mucha suavidad, lo cubro con el edredón para evitar que el frío lo despierte.

Busco a tientas en la oscuridad mi ropa de ayer… Ah, no, espera, ¡que llevo la suya! Se me vuelven a encender las mejillas por la vergüenza de que me haya visto desnuda. «Mia, ahora eso no importa, céntrate en huir», me reprendo.

Llego a la puerta, giro el pomo con un cuidado infinito y salgo, cerrándola de nuevo con un suspiro de alivio tembloroso.

Apoyo la frente en la madera y me centro en respirar.

Estoy temblando y esta vez no es por el frío.

He pasado tantos nervios ahí dentro que no sé ni cómo me tengo en pie porque las piernas parecen de gelatina.

Mis pies descalzos apenas hacen ruido sobre la madera mientras me alejo de la puerta cerrada de Easton, como si el diablo me pisara los talones.

Cada sombra parece una amenaza, cada crujido distante de la casa me sobresalta.

Solo quiero llegar al salón, a mi rincón del sofá-cama, y desaparecer bajo las sábanas.

Llego al arco que da al salón y me detengo de golpe: el sofá está cerrado. Ni rastro de Brooke, ni del edredón. Está claro que mi amiga tampoco ha pasado la noche aquí.

Otro recuerdo aparece como un relámpago: Jace y Brooke.

Anoche, en el juego, cuando se miraron al responder a la pregunta de Theo sobre besar a alguien de la sala.

Claro, tiene que haber pasado la noche con él.

Seguro que la suya ha sido muy distinta a la mía.

Otro tema del que hablar luego, supongo.

Si es que sobrevivo a la vergüenza de hoy.

Ahora que estoy «a salvo» en el comedor, soy plenamente consciente del dolor de cabeza que me martillea con fuerza el cráneo.

Necesito agua y algo para este dolor infernal antes de que me incapacite del todo.

Mi neceser debería estar en la balda baja de la estantería, donde lo dejo para no molestar mucho.

Voy hacia allí de puntillas, lo encuentro y rebusco dentro hasta dar con la tira de paracetamol.

Saco una pastilla con dedos temblorosos, voy a la cocina, abro el grifo con cuidado para no hacer ruido y lleno un vaso de agua.

Me tomo la pastilla de golpe, deseando que haga efecto rápido.

Bebo el resto del agua y luego otro vaso entero, mi garganta reseca lo agradece.

Me apoyo en la encimera un momento y tengo que hacer un gran esfuerzo por bloquear todas las preguntas que se me acumulan dentro, eso y la vergüenza y el pánico que me atenaza cuando recuerdo algo de lo ocurrido anoche.

Vuelvo al salón y me quedo mirando el sofá; no tengo fuerzas para montar la cama, así que cojo el edredón y mi almohada y me encojo en un rincón del sillón.

Ahora ya puedo respirar tranquila; cojo aire con fuerza y…

Error, no debería haberlo hecho. Su olor, limpio y masculino, me rodea; un recordatorio constante de dónde he estado y de lo que —creo que— ha pasado.

Es extrañamente reconfortante y muy muy humillante al mismo tiempo. Odio esta dicotomía.

Cierro los ojos, resignada, y el agotamiento físico y emocional, combinado con el paracetamol que empieza a hacer efecto, me arrastra de nuevo hacia la inconsciencia.

Solo espero que la próxima vez que despierte, el mundo tenga un poco más de sentido.

O al menos, que no esté Easton Davis cerca.

Caigo en un sueño pesado, incómodo y sin sueños.

─── ⋆ ♡ ⋆ ───

Un ruido persistente de cacharros y voces amortiguadas me saca a la fuerza del pesado letargo en el que me había sumido.

¿Qué hora es? Me muevo en el sofá y espero que me sacuda el maldito dolor de cabeza, sin embargo, parece que la medicación ha hecho efecto —gracias, paracetamol—.

Tengo el cuerpo pesado y, a la vez, como si fuera de cristal fino.

Sigo terriblemente cansada y deshidratada.

No tengo fuerza para abrir los ojos ni mucho menos para levantarme.

Oigo las voces de Jace, Theo y también la de Brooke.

Están preparando el desayuno y se ríen por alguna gracia de ayer.

Intento hacerme aún más pequeña, y cruzo los dedos para que no se den cuenta de que estoy despierta.

Todavía llevo la ropa de Easton, y no me siento capaz de enfrentarme a su más que seguro interrogatorio.

Entonces, oigo otra voz. Una más grave, más tranquila, que corta a través de las otras: Easton.

—... y aseguraos de que Mia se beba esto cuando se despierte —les insiste—. Zumo de arándanos o, si no queda, agua con mucho limón. Nada de café o té hoy, necesita hidratarse bien. Tiene que reponer líquidos mucho más que vosotros, por si no estáis al caso, está trasplantada de riñón.

Me tenso al oír la mención a mi trasplante. ¿Se lo tenía que contar a todos? Bueno, Brooke ya lo sabía, pero el resto no y no quiero que ahora me traten como si estuviera enferma.

—Easton yo… —La voz de Brooke suena comprometida, como si hubiera metido la pata hasta el fondo y quisiera disculparse.

—Me voy —la corta Easton al hablar por encima de ella—. Hacedme caso, por favor.

Ahí está otra vez, Easton Davis imponiendo lo que necesito, aunque sea a través de terceros.

Siento una punzada de irritación, aunque también una incómoda gratitud porque, maldita sea, es que tiene razón.

Hidratarse es crucial para mí, y más hoy.

Y que se haya acordado, aunque sea de esta forma tan clínica y distante es confuso.

Y humillante, también, que esté hablando de mi estado con los demás.