Capítulo 14 Ducha fría #3
Y entonces, cuando empiezo a pensar que quizás se duerma así, se mueve.
Gira la cabeza primero, luego, con un esfuerzo torpe y confuso bajo las sábanas, consigue girar el cuerpo entero dentro de mi abrazo laxo hasta quedar cara a cara conmigo.
Nuestros rostros están a centímetros. Sus ojos, nublados y enormes en la penumbra, intentan enfocarme.
Levanta una mano, todavía fría, aunque ya no helada, que apoya en mi mejilla.
Su tacto es vacilante, casi infantil. Me quedo rígido, con cada músculo del cuerpo tenso.
Quiero apartarme, quitar su mano de mi cara, decirle que se duerma, pero estoy atrapado entre la necesidad de seguir dándole calor y el impacto de esta intimidad impuesta y extraña.
—Eres... eres muy guapo, ¿sabes? —Su aliento, todavía alcoholizado, golpea mi cara. Su pulgar dibuja círculos erráticos en mi mandíbula—. Demasiado. Y es un problema.
Su mirada se posa en mi boca, luego en mis ojos, mi nariz y de nuevo baja y me sorprende acariciándome el labio inferior con el pulgar. Actúa con la franqueza brutalmente honesta que solo el alcohol puede dar.
—Y tienes un cuerpo... —Su mirada baja por mi cuello hacia mi pecho desnudo—. Joder. Como si... como si Afrodita te hubiera esculpido con un cincel o algo así. —Suelta una risita débil y confusa—. No, ese era Adonis... bueno, da igual. Estás... uf.
Me quedo inmóvil, como una piedra, y un calor me sube por el cuello.
Sus palabras, su contacto en esta proximidad forzada son una tortura de alto voltaje.
Mi mente grita que esto está mal, que ella no es dueña de sus actos, que yo no debería estar aquí.
Sin embargo, su tacto, su cercanía y sus palabras son ineludibles.
—Mia… —La voz me sale en un susurro ahogado.
—No —murmura. Y me silencia con un dedo sobre los labios.
Cierra los ojos un instante y los vuelve a abrir de golpe—.
Me confundes. A veces, eres un capullo integral.
Mandón. Frío. —Frunce el ceño, supongo que recordando todas las borderías que le he soltado estos últimos días—.
Y luego me apoyas con la llamada de mi padre, me cuidas como lo has hecho esta noche, a pesar de que lo haces a regañadientes.
—Su mirada vidriosa recorre mi cara de nuevo—.
Y te metes en la cama conmigo para que no tenga frío.
Aunque este Easton me da miedo. Y me… me gusta.
—La contradicción sale con una sinceridad aplastante—. ¿Ves? Me confundes.
Esas últimas palabras flotan en el aire. Confusión y miedo. ¿Yo le doy miedo? Para mi sorpresa, la idea me resulta desagradable. Antes de que pueda procesarlo o intentar responder, sus párpados empiezan a cerrarse. Me quedo observando la lucha consigo misma por mantenerse despierta.
—Y luego está el maldito mensaje de Joe.
—Pone una mueca graciosa y me sorprendo sonriendo, aunque me obligo a ponerme serio de nuevo—.
Le dije que no me escribiera. Nadie me hace caso —gimotea y hace pucheros como si fuera una niña pequeña—.
No quiero saber nada más de él, me da miedo.
No quiero que me escriba ni que me llame ni nada de nada.
Mi madre me contó algo sobre la conversación que tuvo con ese tipejo. Yo también creía que la dejaría en paz, y que diga que le da miedo, me pone en alerta.
Mia no permite que siga el hilo de mis pensamientos, vuelve a hablar, no sé si con demasiada coherencia y esta vez me deja más helado si cabe.
—¿Por qué no me dejas ser tu amiga, como lo son los demás?
—masculla ya casi en los brazos de Morfeo —.
Yo no te odio, Easton. Yo quiero… —No termina la frase, sus ojos parpadean y la mano que tenía en mi cara resbala y cae sobre la almohada entre nosotros.
Suelta un suspiro largo y tembloroso, como si dejar ir esas palabras la hubiera agotado por completo.
Su respiración se vuelve más lenta, más profunda.
Los últimos vestigios de tensión la abandonan.
Y a mí me sorprende mi subconsciente que grita preso en mi mente: «¿Qué coño me pasa?
No debería haberla metido en mi cama. No debería haber sentido nada.
Solo era frío, joder. Pero su aliento contra mi cuello…
hostia puta. ¿Por qué me afecta tanto? ¿Por qué me importa si se siente sola?
Si se va. Si me mira como si yo fuera algo más que el imbécil que la empapó con agua helada.
No quiero esto. No quiero sentir esto. Pero ya está aquí. Y no sé cómo apagarlo».
Ahora que ya está tranquila y ha entrado en calor, podría moverme y deslizarme fuera de la cama e irme, pero aquí estoy, pegado a ella, con su cuerpo relajado contra el mío, incapaz de hacerlo.
Estoy paralizado, no por el miedo a despertarla, sino por la maraña de sensaciones y pensamientos contradictorios que me asaltan: la extraña responsabilidad que siento por ella, la perturbadora intimidad de este momento.
Sus palabras confusas y contradictorias rebotando en mi cerebro: idiota, guapo, miedo, me gustas.
La noche va a ser jodidamente larga y tengo la sensación de que acaba de pasar algo de lo que no sé cómo voy a salir.