Capítulo 14 Ducha fría #2
La imagen me golpea el plexo solar. El sonido del agua contra su cuerpo, sus hombros hundidos, la cara entre las rodillas que tiene dobladas contra su pecho.
Mierda. Me he pasado. Cierro el grifo lo más rápido que soy capaz.
El silencio que sigue es casi peor, solo roto por castañeteos de dientes y jadeos temblorosos.
Está empapada y tiritando. Menudo panorama he creado. Cojo la única toalla grande que hay colgada, se la echo por encima de los hombros y la envuelvo con ella. No sirve de nada.
—Vamos —le susurro con calma—. Fuera de aquí. Necesitas secarte.
Tengo que ayudarla a salir de la ducha, sus pies resbalan en el suelo mojado. Ahora sí se apoya en mí, con todo su peso muerto y tembloroso contra mi costado, que también se empapa. Ya no protesta por mi cercanía, tan solo tirita.
Necesita quitarse la ropa mojada, meterse en la cama y entrar en calor. La saco del baño y dejamos atrás el suelo encharcado y el helor del ambiente a causa del agua fría. La noche acaba de complicarse mucho más.
El corto pasillo hasta mi habitación parece durar una eternidad. No quiero pensar en lo que estoy haciendo. Solo quiero que entre en calor.
Le tiembla la mandíbula sin parar, un sonido que me taladra los oídos y remueve la culpa que siento por mi estúpida reacción en la ducha. El agua fría gotea de los bordes de la toalla y de los bajos de sus vaqueros empapados, dejando un rastro oscuro en el parqué claro del pasillo.
Giro el pomo de la puerta y la empujo para abrirla.
La guío hacia dentro, al refugio ordenado y tranquilo que es mi habitación, un contraste brutal con el estado caótico y tembloroso de la chica que prácticamente estoy arrastrando.
La llevo directamente hacia la cama y la ayudo a sentarse en el borde.
Se queda ahí, encorvada, abrazándose a sí misma por debajo de la toalla, tiritando violentamente.
—Tienes que quitarte esa ropa mojada —digo con suavidad—. Te vas a poner enferma.
Mia levanta la cabeza, tiene los ojos muy abiertos y las pupilas han eliminado el azul intenso de sus iris, cosa que contrasta mucho con la palidez de su cara.
Veo miedo en ellos, y me duele aún más que escucharla despotricar sobre mí con la furia etílica de antes.
Asiente, pero sus manos tiemblan demasiado como para intentar desabrocharse el botón de los vaqueros.
Mierda.
Respiro hondo. Esto es necesario. Miro hacia el techo un segundo, en busca de una paciencia que no tengo, le aparto la toalla, se la pongo como puedo enrollada en el pelo para que vaya absorbiendo el exceso de agua y luego me arrodillo frente a ella.
—Déjame ayudarte —murmuro, sin mirarla directamente a los ojos.
Mis dedos rozan los suyos, helados, mientras desabrocho el botón y bajo con dificultad la cremallera de sus vaqueros empapados.
La tela se pega a su piel. Tengo que ayudarla a levantarse un poco para poder bajárselos por las piernas.
Todo el proceso es torpe, incómodo, y lo hago lo más rápido y mecánicamente posible, intentando ignorar la extraña intimidad de la situación y la perfección de su piel.
Una vez fuera los vaqueros, quedan sus piernas desnudas y temblorosas.
—La camiseta, Mia —indico, aún sin mirarla.
Ella asiente de nuevo, sumisa de una forma que me inquieta. Intenta quitársela, pero sus brazos parecen no obedecerla. Con otro suspiro, la ayudo a pasársela por la cabeza y se queda en sujetador y bragas, encima de mi cama.
Maldita sea mi estampa. En qué momento he pensado que esto era buena idea.
Me levanto y abro mi armario. Saco la primera camiseta de algodón que encuentro y un par de pantalones de chándal.
—Mia, tengo que quitarte la ropa interior, ¿de acuerdo?
—Trago con fuerza y gimoteo por dentro como si fuera un niño pequeño frente a un pastel que no se puede comer.
Le desabrocho el sujetador lo más rápido que puedo.
Juro que me cuesta horrores mantener la mirada al frente, taladrando la pared que queda por encima de su hombro.
—Ponte esto —le ofrezco la camiseta, que también termino por ponerle yo.
Joder.
Joder.
Joder.
Por suerte, Mia es menuda y le llega casi hasta las rodillas.
—De acuerdo, princesa. Ahora quítate las braguitas, si no, vas a empapar la camiseta.
Lo intenta con movimientos descoordinados: es inútil
—No... no puedo... —susurra a duras penas porque el dentelleo se lo impide.
Resoplo exasperado, ahora creo que hasta he verbalizado el quejido, aunque ella no se ha enterado. Me arrodillo otra vez, la ayudo a levantarse para poder bajarle las bragas y luego le pongo los pantalones antes de que vuelva a sentarse. Le refriego un poco la toalla por el pelo y se la retiro.
—Ya está —la informo con suavidad—. Métete en la cama.
Ella obedece sin rechistar, se desliza bajo el edredón y se acurruca hecha un ovillo.
Pero los temblores no cesan. Castañetea los dientes y puedo ver cómo tiembla todo su cuerpo bajo la gruesa capa del edredón. Le toco la frente con el dorso de mi mano; está helada. La ducha fría ha sido una idea pésima, impulsiva y ahora potencialmente peligrosa. No está entrando en calor sola.
Recuerdo algún curso de primeros auxilios olvidado: shock por frío, hipotermia leve...
la forma más rápida de transferir calor es el contacto directo.
Cuerpo a cuerpo. La idea me produce un rechazo visceral.
No obstante, la imagen de sus labios con un ligero tinte azulado y el sonido incesante de sus dientes repiqueteando me obligan a actuar por encima de mi incomodidad. Esto no es opcional. Mierda.
Respiro hondo con la decisión tomada a regañadientes.
Me saco la camiseta de un tirón —que tengo algo húmeda por haber sostenido a Mia junto a mi cuerpo de camino a la habitación —, me quito los pantalones, aparto un lado del edredón y, sin darme tiempo a pensarlo demasiado, me deslizo en la cama junto a ella.
Está hecha un ovillo, de espaldas a mí. Dudo un instante, esto es una locura, pero sus temblores son la única respuesta que necesito.
Con la máxima delicadeza posible, aunque con firmeza, la atraigo hacia mí y hago que su espalda se apoye en mi pecho. ¡Ostia puta! Es como abrazar un bloque de hielo.
Paso un brazo por encima de su cintura de forma muy impersonal, me pongo en la piel de «doctor» para que esto no me afecte. «Es solo por su salud», me digo para frenar el cosquilleo que se me empieza a formar en el estómago.
Su pelo, húmedo, me roza la barbilla; huele a champú floral mezclado con el olor dulzón del tequila.
Odio esta situación, odio mi conducta de esta tarde; no debería haberla dejado beber.
Odio tenerla entre mis brazos. Sin embargo, al notar un intenso escalofrío en su cuerpo, la abrazo más fuerte contra mí.
«Solo soy una fuente de calor, solo soy una fuente de calor… », me repito como un mantra.
Pasan varios minutos y, muy poco a poco, noto que la intensidad de sus temblores disminuye. Ya no son sacudidas violentas, sino un temblor más fino, residual. Su cuerpo, antes rígido por el frío y el shock, parece relajarse contra el mío, una rendición inconsciente al calor.