Capítulo 14 Ducha fría
Easton
Veo el desconcierto florecer en los ojos de Mia.
Es como si le hubiera lanzado una ecuación matemática imposible en lugar de una simple advertencia.
Su mirada, que hace un segundo me desafiaba con el fuego del tequila recién tragado, ahora parpadea, perdida.
Bien. Quizás eso haga que se lo piense dos veces antes del siguiente chupito.
No sé exactamente por qué he dicho eso en lugar de algo más duro.
Quizás ha sido al verla cuando entré, sosteniendo el vaso, con esa sombra de angustia en la cara que no tenía nada que ver con el juego.
O quizás es simplemente la estupidez de la situación: Brooke, Jace y Theo pensando que el alcohol es la mejor forma de «animar» a alguien que claramente está mal.
Alguien como Mia, que parece absorber los problemas como una esponja y luego intenta ocultarlo bajo capas de eficiencia o, como ahora, de un desafío un poco desesperado.
Un carraspeo de Jace rompe el silencio.
—¿Te unes, Easton? ¿O solo vienes a vigilar? —Ha sonado casual, pero sé que lo ha lanzado con toda la intención del mundo después de la conversación que tuvimos ayer.
Niego con la cabeza, sin apartar la vista de Mia, que sigue procesando mis palabras, con las mejillas sonrojadas por el ardor del alcohol o la confusión o ambas cosas.
—De momento, no. Prefiero ver qué burradas soltáis para restregároslo mañana. —Me dirijo a mis dos amigos ahora. No es la primera vez que jugamos a esto y sus experiencias son de todo menos normales.
Y aunque no juego, me quedo aquí, sentado en la alfombra junto a ella. Mi presencia es un ancla, una declaración silenciosa que me cabrea; al final, sin quererlo, sí que estoy cuidando de ella.
El juego se reanuda, Brooke lanza la siguiente ronda de Yo nunca, con algo sobre copiar en un examen. Mia tarda un segundo en reaccionar, luego niega con la cabeza, con un movimiento un poco más lento, menos firme.
Pasan las rondas. Jace confiesa haberse quedado dormido en una cita.
Theo admite haberle puesto sal al café de un compañero de piso como broma.
Brooke cuenta que una vez tiñó accidentalmente toda una colada de rosa.
Y Mia... Mia bebe. No en todas las rondas, pero sí en más de las que debería.
Bebe cuando Jace dice: «Yo nunca he llorado con una película de Disney».
Bebe cuando Theo refiere: «Yo nunca he deseado mandar a un profesor a la mierda».
La veo tragar, hacer una mueca, pero seguir.
Ignora mi mirada de advertencia, incluso he tenido que poner la mano sobre su rodilla y apretarla, disimuladamente, para que se saltara alguna ronda, a lo que me ha hecho caso omiso.
Su risa empieza a ser un poco más alta de lo normal, sus gestos, más amplios y torpes y, cuando le toca hablar, arrastra ligeramente las palabras. Me mira de reojo con demasiada frecuencia, con una mezcla extraña de fastidio y... ¿curiosidad?
—Mi turno —anuncia. Se apoya un poco en el suelo para estabilizarse—. Yo nunca he pensado que mi compañero de aquí al lado —me señala con un dedo vacilante, casi rozándome el brazo— es el tío más exasperante y controlador del planeta Tierra.
El silencio cae como una losa. Jace ahoga una risa nerviosa. Brooke me mira con los ojos muy abiertos. Mia me sostiene la mirada, con las pupilas dilatadas y un brillo peligroso. Y entonces, con una sonrisita torcida, coge su vaso y bebe de un trago.
—Ups —dice, dejando el vaso vacío—. Supongo que sí lo he pensado.
Aprieto las muelas. Parte de mí quiere levantarse e irse.
Otra quiere quitarle la botella de delante.
Y una tercera, la más pequeña y confusa, casi encuentra divertido el descaro que le da el alcohol.
De cualquier modo, y esto es lo que más me cabrea admitir, me preocupa la forma en que está perdiendo el control.
Navega directa hacia el desastre, y la idea de tener que recoger sus pedazos me cansa antes siquiera de empezar.
El juego sigue, pero mi atención está fija en ella. En cómo suelta una carcajada demasiado sonora a una broma tonta de Theo. En cómo casi vuelca la botella al intentar servirse agua. Y en cómo, de repente, su rostro palidece un poco. Se lleva una mano a la frente y cierra los ojos con fuerza.
—Mia, ¿estás bien? —Ahora su amiga se preocupa por ella, a buenas horas…
Mia abre los ojos y se esfuerza por enfocar.
—Sí, yo... solo un poco mareada. Mucho... mucho… Ufff, me da todo vueltas.
No espero a que nadie más reaccione.
—Se acabó el juego —declaro, con la voz más firme de lo que pretendía. Me levanto y le tiendo una mano—. Vamos, necesitas aire. Y agua.
Ella mira mi mano extendida como si fuera un objeto alienígena.
Luego levanta la vista hacia mi cara, con los ojos nublados por el alcohol.
Por un momento, creo que va a rechazarme, a mandarme a freír espárragos de nuevo.
Pero entonces, su fachada de desafío se resquebraja por completo, asiente despacio y, con una vacilación que me aprieta algo en el pecho, pone su mano en la mía. Su piel está caliente, casi febril.
La ayudo a ponerse en pie. Se tambalea un poco y se apoya en mí más de lo que seguramente le gustaría.
—Nosotros recogemos esto —dice Brooke, ya apilando vasos.
Asiento, sin decir nada más. Con una mano firme en su espalda para estabilizarla, empiezo a guiar a Mia fuera del salón y nos alejamos del ruido, de las luces brillantes y del estúpido juego que la ha puesto así.
Solo sé que esta noche está lejos de haber terminado.
Y tengo el presentimiento de que lo peor —o lo más complicado— está por venir.
La guio hacia el baño, la dejo apoyada en el lavabo y cierro la puerta. Se mira al espejo y niega con la cabeza.
—Estoy hecha un desastre —murmura, pero antes de que pueda abrir el grifo o buscar una toalla, se pone más blanca aún y sé lo que va a pasar.
Me adelanto a ella y abro la tapa del váter, donde se lanza, apartándome de un empujón, y vomita hasta la primera papilla que le dieron de bebé.
Me sitúo detrás de ella y le retiro el pelo de la cara, que recojo en una coleta en mi puño.
Con la otra mano le agarro la frente, para que el esfuerzo en cada arcada le sea más llevadero.
Mia hace aspavientos con las manos; sé que quiere que me vaya para que no presencie la escena. Si ella supiera lo que he tenido que ver… Supongo que estoy en modo doctor y he relegado mi aversión hacia ella por esta noche, si no, no me explico por qué la estoy ayudando.
Cuando ya no tiene nada más en el estómago, se endereza, o lo intenta, me aparta y me clava los ojos inyectados ahora en sangre
—¿Y tú qué? Debes de estar disfrutando de lo lindo del espectáculo, Davis.
Suelta mi apellido como si fuera un insulto.
—Nadie está disfrutando, Mia. Estás borracha —Intento mantener la calma, de verdad que sí.
—¡No me digas lo que estoy! —Sube el tono de voz para replicarme y se tambalea—.
Siempre igual. Me dices lo que tengo que hacer, cómo lo tengo que hacer y casi cuándo.
Desde el primer día. ¿Te repugna tenerme en tu apartamento?
¿Le recriminaste a tus amigos que me hubieran acogido el primer día que llegamos?
Odio que me trates así —termina sollozando.
Inmediatamente, se lleva una mano a la cabeza y gime. Ha sido demasiado intensa. Me río para mis adentros.
—Ugh... todo da vueltas.
Da un paso hacia mí, acusadora, cuando se me escapa la sonrisa.
—Y siempre corrigiéndome. Delante de Jace, de Theo... ¡de todos! Crees que lo sabes todo, ¿verdad? Que eres el único competente aquí.
Cada palabra es una pequeña espina. Sé que está borracha, que probablemente mañana ni se acuerde o se muera de vergüenza, pero escuchar esta retahíla de reproches, mientras la veo cada vez más pálida y descompuesta, me agota la paciencia.
Es una mezcla tóxica: su vulnerabilidad física y su ataque verbal directo.
—¡Ya basta, Mia! —digo con más dureza de lo que pretendía—. Estás diciendo tonterías. Necesitas despejarte.
Ella suelta una carcajada que se corta a medio camino por una arcada.
—¡Tonterías! ¡Claro! ¡Todo lo que no te gusta son tonterías!
—Mia, basta. —Me pinzo el puente de la nariz e inspiro profundo para armarme de paciencia.
—Eres detestable —sigue ella.
—Para…
—Un cretino…
—Por favor, Mia…
—Y un cobarde.
Eso me sorprende, pero no le voy a dar pie a que me explique el por qué lo dice.
—Creo que te estás pasando —respondo, en contra.
—Y un… Un…
No la dejo terminar. La exasperación me hierve por dentro.
No puedo más con esto. Necesita un shock, algo que la saque de este bucle destructivo.
Ignoro el lavabo. Mis ojos se fijan en la cabina de ducha al fondo del pequeño baño.
En un impulso que sé que lamentaré, la sujeto por los brazos y la arrastro hacia allí.
—¡Eh! ¿Qué haces? ¡Suéltame!
Abro la puerta de la ducha, giro el mando directamente al tope del agua fría y el chorro helado golpea los azulejos con fuerza. Sin darle tiempo a reaccionar del todo, la empujo dentro.
El grito ahogado de Mia cuando el agua helada la golpea de lleno resuena en el baño.
—¡¡EASTON!! ¡Está helada! ¡Sácame de aquí! ¡Estás loco!
Se debate, intenta apartarse del chorro, pero sus movimientos son torpes y descoordinados. El agua le empapa el pelo y la ropa en segundos. Veo cómo el impacto inicial da paso a un temblor violento. Sus protestas se vuelven más débiles con jadeos entrecortados.
—¡Para... por favor... para...!
De repente, abandona la lucha. Se queda quieta, se apoya contra la pared de azulejos y se deja caer al plato de ducha, despacio, temblando de pies a cabeza bajo el chorro implacable, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo chorreando sobre la cara. Se ha rendido, sin fuerzas.