Capítulo 13 Yo nunca #3
—Tu turno, Jace —dice Brooke.
—Mmm... Yo nunca... he suspendido un examen en la uni —dice Jace, mirando claramente a Theo, quien bufa y coge su vaso. Para sorpresa de nadie, Brooke también bebe.
Vuelvo a negar. El nudo en mi estómago no se deshace. Creo que no han acertado con el juego porque me estoy agobiando más
—Voy yo —anuncia Theo—. Yo nunca... he besado a alguien de esta sala.
Hay un silencio incómodo. Jace y Brooke se miran de reojo, sonrojados, y ambos beben casi a la vez.
—¡Lo sabía! —grita Theo al levantarse y señalar a los culpables.
Me quedo con la boca abierta. Había notado una conexión y buenrollismo entre ellos, sin embargo, no me había planteado que hubieran tenido algo. Siento una punzada de algo parecido a la envidia por su complicidad. Yo, en cambio, solo recibo el peso de la mirada de Brooke, que espera mi turno.
—Te toca, Mia —dice Brooke. Me sonríe y me guiña un ojo para darme ánimos.
Respiro hondo. Necesito decir algo, cualquier cosa.
—Yo nunca... —empiezo, y me devano los sesos en busca de algo elocuente que decir—. Yo nunca… he recibido un mensaje de alguien a quien preferiría tener bloqueado.
Jace y Theo me miran con curiosidad y niegan con la cabeza. Brooke parece dudar, quizás preguntándose si ella también cumple esa condición con algún ex y al final niega.
—Yo no. Bebes sola, Mia.
Es una pregunta inofensiva, fácil. Pero significa que tengo que beber.
Miro el vasito. El olor acre me llega a la nariz.
Quizás uno no me hará daño. Es solo para quitarme este agobio, esta sensación de ahogo que me persigue desde esta mañana y se ha agravado con el mensaje de Joe.
Levanto la mano, me acerco el vaso a los labios…
—¿Qué estáis haciendo? —La voz de Easton, grave y tranquila, resuena desde la puerta del salón. No lo he oído llegar.
Entra con paso lento y barre con la mirada la escena que tiene delante: la botella, los vasos, las caras expectantes de los demás y, finalmente, se detienen en mí, a punto de beber el chupito. Su expresión es neutra, no obstante, puedo detectar un matiz de ¿preocupación? ¿Desaprobación?
—¡Easton! —exclama Brooke algo más alegre de lo habitual—. ¡Noche de chupitos! Ven, ¡apúntate! Intentamos animar un poco a Mia.
Easton no aparta los ojos de mí.
—¿Cuánto tiempo lleváis jugando? —Lanza la pregunta al aire, para nadie en concreto, aunque siento que va dirigida a mí.
—Nada, ¡es la primera ronda! —interviene Jace—. Es el primer chupito de Mia.
La mirada de Easton se intensifica, como una advertencia silenciosa.
«No lo hagas», parecen decir sus ojos. Y es precisamente esa mirada, esa preocupación no solicitada, sumada al agobio que ya siento, lo que me impulsa.
Como un resorte, agarro el vaso que había dejado al verlo entrar, me lo llevo de nuevo a los labios y me trago el líquido ardiente de un solo golpe.
El tequila me quema la garganta y me hace toser, pero mantengo la mirada fija en él, desafiante.
«Sé cuidarme solita», pienso, aunque el alcohol ya empieza a calentarme las mejillas y a avivar, en lugar de apagar, el nudo en mi estómago.
Easton suelta la bolsa que llevaba colgada de un hombro en mitad del salón, que cae con un ruido sordo, justo en medio del paso, aunque parece no importarle demasiado. Todos nos quedamos en silencio, observándolo. ¿Qué va a hacer? ¿Se va a ir? ¿Va a echarme la bronca delante de todos?
No hace nada de eso. Para mi completa sorpresa y también para Brooke, Jace y Theo, que se quedan boquiabiertos, camina con calma hacia donde estamos sentados, y en lugar de quedarse de pie o buscar otro sitio, se sienta a mi lado.
Tan cerca que su rodilla roza la mía y puedo sentir una oleada de calor que parece irradiar él y que se mezcla con el que el tequila ha encendido en mi cara.
Nadie se atreve a hablar. Easton se acerca a mí, tengo su rostro a escasos centímetros del mío y, por un instante, creo que va a decir algo en voz alta, a dejarme en ridículo.
Y en lugar de eso, se inclina un poco más, su aliento cálido y mentolado me roza la oreja, y susurra tan bajo que dudo que los demás puedan oírlo:
—Con calma, ¿de acuerdo?
Sus palabras son tan inesperadas, tan...
¿tranquilas?, que reverberan en el espacio minúsculo entre nosotros.
No es el reproche que esperaba, ni la ironía cortante tan típica de él.
Es casi una petición. O una advertencia suave, dicha con una calma que contrasta violentamente con el desafío que yo acabo de lanzarle y el nudo de ansiedad y alcohol que crece sin medida en mi estómago.
La frase, viniendo de él, justo ahora, me descoloca por completo.
Me roba el aire y cualquier atisbo de la respuesta desafiante que no sabía que estaba preparando.
¿Se está preocupando? ¿O me está tratando como a una niña?
La confusión me atraviesa, me deja muda, consciente de su cercanía casi insoportable y de esas cuatro palabras que resuenan en mi oído, cargadas de un significado que no logro descifrar.