Capítulo 13 Yo nunca #2
Subimos a una de las plantas de hospitalización general.
La enfermera Evans nos muestra el puesto de enfermería y la sala de espera para familiares.
Mientras señala hacia la sala de descanso del personal, mi mirada se desvía hacia el pasillo, hacia las habitaciones.
Y ahí está Easton. No de visita. Está trabajando o, al menos, lo parece.
Lleva la bata blanca corta y el estetoscopio al cuello.
Habla con un médico junto a un carro de medicación.
Señala algo en un historial que sostiene el adjunto, su expresión es seria y está muy concentrado.
No hay rastro de la tensión o el sarcasmo que me dedica a mí.
Se le ve seguro, en su salsa. Parte de este mundo al que yo aspiro a pertenecer.
Está explicando algo y gesticula con una mano mientras señala un punto de la carpeta. Parece centrado, entregado y tranquilo.
Justo cuando pienso esto, como si sintiera mi mirada, gira la cabeza.
Nuestros ojos se encuentran en la distancia del pasillo.
Dura un segundo, quizás dos. Veo el reconocimiento instantáneo, cómo su expresión se hiela y cómo se le tensa la mandíbula.
Vuelve el Easton del apartamento, el que no me soporta, el que me detesta sin que pueda lograr entender por qué.
Aparta la mirada con brusquedad y vuelve a su conversación con el médico, borrándome de su campo visual como si fuera una interferencia molesta.
La punzada de decepción es aguda. Ver esas dos caras suyas es agotador y odiosamente confuso.
Termino el recorrido con una sensación extraña: una mezcla de ilusión por el voluntariado, el peso de ese encuentro y la certeza de que, si me apunto, también lo veré aquí. ¿Podría evitar encontrármelo? Quizá si averiguo en qué especialidad está y la evito, podría funcionar.
Cuando vuelvo al apartamento, el sol ya empieza a bajar y encuentro a Brooke estudiando en el salón.
—¿Qué tal esa reunión? —pregunta, levantando la vista.
—Muy bien. Creo que me voy a apuntar sí o sí —Me esfuerzo en que mi voz suene más animada de lo que me siento—. El sitio es increíble y…
Mi móvil vibra sobre la mesa donde he dejado la mochila. Al consultar la pantalla veo un mensaje de un número desconocido.
El corazón me da un vuelco premonitorio.
Número desconocido:
El aire se me escapa de los pulmones. Las palabras amables, la mención a mi padre, la excusa perfecta... Siento un frío glacial recorrerme la espalda.
¿Es un mensaje inocente? ¿O un mero «hola, estoy por aquí»? No me fío un pelo de este tío, y llega justo ahora, cuando creía haber encontrado un pequeño respiro a mi caos mental. ¡Necesito calma o voy a explotar!
—Eh, eh, ¿estás bien? ¿Es tu padre? ¿Le ha pasado algo? —se preocupa Brooke.
—No, es Joe, una especie de amigo que tuve antes de matricularme aquí y que me salió un poco rana —le cuento por encima. No quiero hablar de él ahora. Solo quiero evadirme, necesito no pensar.
Y como si me leyera el pensamiento, Brooke se levanta y va a buscar a Jace y Theo, que, por lo visto, están en sus habitaciones estudiando.
—¡Chicos! ¡Mia necesita una ronda de chupitos! —grita desde el pasillo.
Escucho las puertas abrirse y a los dos gritar locos de alegría porque alguien los ha sacado de su aburrida sesión de estudio.
—¡Me apunto! —chillan los dos al unísono.
Se organizan con una rapidez pasmosa mientras yo solo puedo mirarlos sin entender demasiado qué están haciendo.
—Tú tranquila, ya verás que en cero coma, te va a importar todo un pimiento —me asegura mi amiga.
No las tengo todas conmigo, sin embargo, me aferro a la esperanza de que lo que me dice sea cierto.
—¿Te gusta el tequila? —pregunta Theo con un par de botellas de alcohol que no sé de qué son.
—Nnno sé… —tartamudeo. Me avergüenza mi poca experiencia y no tengo ganas de explicar el por qué.
—¡Mia! ¡Otra primera vez! —exclama Brooke, entusiasmada.
Los chicos abren un poco los ojos, pero no hacen ningún comentario al respecto.
Nos sentamos frente a la mesa auxiliar del comedor, Brooke llena los pequeños vasos con un líquido ambarino que huele fuerte, mientras Jace pone una playlist animada en el altavoz.
Todavía tengo el estómago encogido por el mensaje de Joe, que parece habérseme grabado en las retinas, y la mirada helada de Easton en el hospital, que se suma a su comportamiento de esta mañana para conmigo.
Pero Brooke me mira con esa expresión de «confía en mí, te vendrá bien», y Jace y Theo parecen genuinamente dispuestos a ayudarla a «despejarme», así que fuerzo una media sonrisa y cojo uno de los vasitos que Brooke me ofrece.
—Vale, reglas rápidas —Brooke adopta el tono de maestra de ceremonias—. Un clásico para empezar: Yo Nunca. El que lo haya hecho, bebe. Empiezo yo. —Se aclara la garganta—. Yo nunca me he escapado de casa por la noche.
Jace y Theo intercambian una mirada cómplice y ambos beben con una sonrisa. Niego con la cabeza y dejo mi vaso intacto sobre la mesa. Ya veo por donde va esto y creo que no voy a probar ni un sorbo.