Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 13 Yo nunca
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Capítulo 13 Yo nunca

Mia

Salgo de la habitación de Easton con el corazón desbocado y la sensación de que acabo de escapar de las manos de un desequilibrado, aunque la psicópata, en este caso, he sido yo.

El corazón me golpea contra las costillas con una violencia desmedida.

¿Qué acaba de pasar ahí dentro? ¿Cómo se me ha podido ir tanto la cabeza?

¿Y su mirada final? Indescifrable. Intensa.

Bueno, por lo menos ahora sí que tendrá motivos reales para odiarme.

El calor persiste en mis mejillas, el recuerdo de su cuerpo tenso bajo mis brazos y de esa electricidad que me ha sacudido entera, me tiene temblando.

Me refugio en el baño un minuto, solo uno, para poder respirar, para aprender de nuevo cómo hacer funcionar los pulmones.

Apoyo las manos en el lavabo y el frío de la cerámica me calma y me ayuda a recuperar el control.

¿Qué ha sido eso? ¿Y por qué, por un instante, bajo su mirada furiosa, sentí algo más que aversión o rabia?

Sacudo la cabeza. No. No puedo permitirme analizarlo.

Vuelvo al salón a trompicones. Brooke levanta la vista del portátil y arquea una ceja al verme. Debo tener una pinta horrible.

—¿Todo en orden, capitana? —pregunta en voz baja y cara de preocupación.

Niego con la cabeza.

—Luego… luego te cuento —susurro, incapaz de más.

Me dejo caer en el extremo más alejado del sofá y me abrazo las rodillas. Jace y Theo siguen absortos en su partido de FIFA, ajenos a todo. Mejor así. No quiero preguntas. No quiero miradas. Solo quiero que la tierra me trague.

Tiene que ser Brooke, una hora más tarde, la que los eche a sus respectivas habitaciones.

Tendremos que plantearnos si seguir aquí con ellos.

Ocuparles el comedor y esperar que se quieran ir para poder dormir no es muy práctico.

Aunque ya pensaré en ello mañana, hoy no puedo con otro rompecabezas más.

Entro en la cama como una autómata. No he abierto la boca desde que he salido de la habitación de Easton y sé que mi compañera me está dando espacio hasta que decida hablar.

Admiro mucho eso de ella: nunca presiona, aunque, con lo que le gustan los chismes, seguro que se muere de ganas de saber qué ha ocurrido con él.

Sin embargo, espera hasta que esté preparada para contarle lo que ha ocurrido.

Y sabe que no tardaré mucho porque ni se ha molestado en apagar la lámpara de pie del salón.

—Creo que… creo que la he liado mucho, Brooke —susurro, con apenas un hilo de voz.

Se destapa con rapidez y se sienta con las piernas cruzadas y los ojos clavados en mí.

—¿Qué ha pasado? ¿Te ha dicho algo muy feo? ¿Tenemos que planear un asesinato?

—No… bueno, sí, pero no es eso. Ha hablado con mi padre. Lo ha tranquilizado. Le ha dicho que estoy bien, y que me está cuidando.

—Ah, bien, ¿no? ¿Cuál es el problema? —cuestiona sin entender nada.

—Que lo he abrazado. No entiendo el por qué. Me he lanzado a su cintura sin pensarlo siquiera. De repente me he visto pegada a él como si fuera un koala. —Hundo la cara en la almohada, muerta de vergüenza.

Brooke no dice nada y eso hace que levante la cabeza y la mire. Está con los ojos abiertos como un búho.

—¿Has abrazado a Easton? ¿Al energúmeno?

Asiento y me muerdo el labio inferior. La vergüenza me quema de nuevo la cara.

—Es que sentí tanto alivio cuando me lo dijo. Fue… no sé, la gratitud. ¡No pensé! Y él… él se quedó tieso como un palo. Y luego me miró de esa manera que… Ay, Brooke, no sé qué hacer. Ha sido superviolento y…

—Eh, eh, tranquila —me interrumpe, poniendo una mano sobre mi brazo—.

Respira. Vale, lo has abrazado impulsivamente.

No es el fin del mundo. —Aunque su tono quiere ser ligero, veo en su mirada que tiene mil preguntas que hacerme—.

¿Y él qué ha hecho? ¿Te ha apartado? ¿Te ha gritado?

¿Te ha correspondido? ¡¿Qué?! —suelta en retahíla.

—No, qué va. Se ha quedado quieto. Congelado. Y cuando me he separado, me miraba de una forma que… —Me estremezco al recordarlo—. Luego he salido corriendo, básicamente.

Brooke se muerde el labio, pensativa.

—Mmm, interesante. Que no te apartara de golpe, sí que es raro en él, tratándose de ti. Quizás lo pillaste tan por sorpresa que ni reaccionó. O quizás… —Deja la frase en el aire.

—¿Quizás qué? —pregunto algo ansiosa, aunque temo la respuesta.

—Quizás el témpano de hielo no es tan témpano como parece —murmura, más para sí misma que para mí—. Sea como sea, la has liado un poquito, sí. La tensión ahora entre vosotros debe de ser para cortarla con sierra eléctrica.

Suelto un gemido lastimero y escondo la cara entre las manos.

—Lo sé. ¿Qué hago ahora? ¿Cómo voy a vivir aquí durante semanas con esta situación?

—Pues… —Brooke me rodea con un brazo—, ignorándolo estratégicamente, por ahora.

Y observando. A ver cómo reacciona la próxima vez que os crucéis.

¡Esto se pone interesante! —A pesar de la situación, no puede evitar emocionarse—.

Pero tranquila, Mia. Aquí estoy. Y si el capullo se pasa de listo, le paramos los pies juntas.

Sus palabras me reconfortan un poco, pero la imagen de la mirada de Easton, cargada de algo que no logro descifrar, sigue persiguiéndome. El haber cruzado esa línea física, aunque fuera por impulso, ha cambiado las reglas del juego. Y no tengo ni idea de cómo jugar esta partida.

La mañana siguiente, por fin viernes y sin clases a primera hora, es la obra de teatro del absurdo.

Compartir el espacio mínimo de la cocina para preparar un té mientras Easton se sirve café se convierte en una coreografía de evasión.

Nuestros cuerpos se mueven como imanes con polos de la misma carga, nos repelemos para evitar cualquier roce accidental.

No cruzamos palabra. Él ni siquiera murmura un «buenos días» al aire como hizo ayer.

Su silencio es denso, pesado. Me fijo en cómo se le marcan los músculos de la mandíbula, que aprieta mientras espera a que la cafetera termine.

Yo me concentro, con una intensidad ridícula, en remover mi té, me quedo embobada en el remolino ambarino que se forma como si contuviera los secretos del universo.

La tensión es tan palpable que hasta Jace, que entra bostezando, parece notarla.

—Uf, qué ambientillo —comenta en voz baja, más para sí mismo que para nadie, mientras abre la nevera.

No aguanto más.

—Me voy a la biblioteca —anuncio sin mirar a nadie y prácticamente corro hacia la puerta.

Me voy de la cocina casi sin respirar, dejando la taza de té sin probar sobre la encimera.

Necesito aire, espacio, cualquier cosa que no sea la atmósfera cargada de este apartamento y la mirada helada de Easton.

Cojo mi mochila y salgo a la calle, agradecida por el anonimato que me ofrece el bullicio del campus.

Camino sin rumbo fijo al principio, dejo que el movimiento de la gente a mi alrededor me arrastre.

Mis pensamientos son un torbellino: el abrazo de anoche, su reacción indescifrable, la tensión insoportable de esta mañana...

¿Cómo voy a aguantar en ese piso así? La idea me oprime el pecho.

Necesito algo más, algo mío, algo que me recuerde por qué estoy aquí.

Es entonces cuando mis ojos se fijan en un cartel grande y colorido clavado en un corcho informativo cerca de la facultad de Enfermería.

Letras grandes anuncian: «¿Tu vocación es ayudar?

¡Únete al equipo de voluntarios del Hospital Universitario!

Sé parte del cambio». Debajo, una foto de varios jóvenes sonrientes con batas azules y una dirección web.

Y, en una esquina, destacado: Próxima sesión informativa: HOY, 15:00 h, Aula 3B Edificio Médico.

Me detengo frente al cartel. Mi corazón da un vuelco.

Voluntariado en el hospital. Es perfecto.

Una conexión directa con lo que quiero hacer, una forma de empezar a sentirme parte de algo real, más allá de los libros y la tensión del apartamento.

Miro el reloj de mi móvil. Aún falta bastante para las tres.

Tengo tiempo de ir a clase de Química Orgánica y Patología, comer algo rápido y llegar a la reunión.

Una oleada de determinación me recorre el cuerpo.

Saco el móvil y hago una foto al cartel, asegurándome de tener bien guardada la hora y el lugar.

Esto sí. Esto es un plan. Un objetivo.

Poco antes de las tres, y después de avisar a Brooke de mi decisión y de que no comeré con ella, me dirijo al Edificio Médico.

El Aula 3B está en el segundo piso. Entro con cierta timidez; ya hay una decena de estudiantes sentados, charlando en voz baja o revisando sus móviles.

Me siento en una silla libre cerca del fondo.

La coordinadora, la enfermera Evans, la misma mujer amable de la foto del cartel, empieza puntual.

Explica los diferentes roles, las horas requeridas, el proceso de selección y formación.

Su entusiasmo es contagioso. Habla de la importancia de la empatía y de la diferencia que puede marcar un voluntario en el día a día de un paciente.

Cada motivo que expone me llena y me convence de que esto es lo que quiero hacer.

Al terminar la charla, la enfermera Evans ofrece responder preguntas y añade:

—Para los que estéis interesados y tengáis un hueco ahora, puedo acompañaros en un breve recorrido por las zonas comunes de acceso para voluntarios, para que os hagáis una idea del entorno.

Mi mano se levanta sola.

Salimos en un pequeño grupo detrás de ella.

El ambiente del hospital me envuelve: el olor característico a desinfectante, el pitido lejano de alguna máquina y el trajín silencioso de enfermeras y médicos.

Caminamos por pasillos luminosos. Pasamos por delante de las puertas dobles de la unidad de trasplantes.

Me detengo un instante imperceptible. Un escalofrío familiar.

Gratitud. Siempre. Y la mano, por inercia, acaricia el lado derecho de mi abdomen.