Capítulo 12 Llamada entrante
Easton
Clavo mis ojos en los suyos justo cuando sus últimas palabras —casi imploradas— se quedan vibrando entre nosotros dentro del tenso silencio del apartamento.
Avisarme.
Pedirme que no sea «bueno, ya sabes» con su papi millonario.
Que la cuidaré… Qué ironía. Es una mezcla de incredulidad y puro fastidio.
—Así que, ahora, además de okupa, eres mi responsabilidad oficial ante tu padre —espeto con aspereza y sin intención de suavizarla—. Qué considerado por tu parte meterme en tus líos familiares, princesa.
Veo cómo se encoge unos centímetros ante mi tono, aunque me mantiene la mirada.
Hay miedo en ellos, sí, pero también esa determinación terca con la que la escuché esta mañana cuando puso en su sitio a los capullos de mis amigos.
Iba a hacerlo yo, y al girar la esquina del pasillo para enfrentarlos, la oí ponerlos firmes.
Negaré haber sonreído y haberme puesto casi orgulloso de ella.
Borré de un plumazo ese sentimiento repentino que aborrecí en el acto.
—No te pido que seas mi niñera —replica ella, sin achantarse. Aunque le tiembla la voz un poco, no retrocede—. Solo que… que no hagas que se preocupe más y me obligue a volver. Por favor, Easton.
Suplica. Odio que me suplique. Odio la forma en que su vulnerabilidad me provoca una reacción visceral que no quiero sentir. Odio tenerla aquí.
—Haré lo que tenga que hacer —zanjo, cortante. Es la respuesta más neutra y a la vez más ambigua que se me ocurre. No le prometo nada y tampoco la mando directamente a la mierda, que es lo que me pide el cuerpo. Y no lo hago por mi madre, no por ella, si soy sincero.
Mia asiente una vez y traga saliva visiblemente. Parece entender que no conseguirá más de mí, así que da media vuelta y se aleja hacia la zona del salón con una rapidez que roza la huida. Bien.
Me quedo solo en la cocina con el eco de sus palabras y la perspectiva de una llamada del todopoderoso señor Astor.
Genial. Justo lo que necesitaba mi día. Entro en mi habitación y cierro la puerta, esta vez sin portazo.
Necesito pensar. ¿Qué coño le digo a ese tipo?
¿Le sigo la corriente a Mia? O, por el contrario, ¿le cuento que su preciosa hija vive en un piso de estudiantes con tres tíos desconocidos, de dudosa moral, porque su residencia ardió?
La segunda opción es tentadora, joder si lo es.
Verla volver a su jaula dorada sería satisfactorio.
Entonces pienso en mi madre. En la lealtad que le tiene a esa familia y en cómo se preocuparía si yo causara un problema así. Y en la propia Mia, enfrentándose a Jace y Theo esta mañana… No es la niña indefensa que recordaba, o al menos, no siempre. Aprieto los puños. Maldita sea mi vida.
El móvil suena sobre mi escritorio no mucho después, mientras intento concentrarme en un caso práctico de negligencia médica. Un número desconocido, prefijo de Nueva York. No puede ser otro. Respiro hondo y descuelgo.
—¿Diga?
—¿Easton Davis? Soy Robert Astor, el padre de Mia.
Su voz es exactamente como la recuerdo: profunda, controlada, acostumbrada a mandar. El tipo de voz que cierra tratos millonarios antes incluso de haber desayunado.
—Señor Astor. Sí, soy yo. —Intento que mi tono suene respetuoso pero neutro. Solo por mi madre. Si fuera por mí ni le habría cogido el teléfono.
—Mia me ha dicho que tanto ella como su amiga Brooke están con usted y sus compañeros debido al incidente en la residencia. Quería agradecerle personalmente su hospitalidad en estas circunstancias. Significa mucho para mí saber que mi hija está en un lugar seguro y bien acompañada.
Bien acompañada. Casi me río. Si él supiera que el «acompañante» con el que habla preferiría que su hija estuviera en la luna…
—No tiene por qué dármelas, señor Astor. —Elijo las palabras con cuidado—. Es amiga de Brooke, y entre compañeros hay que ayudarse. El piso es grande, no son ninguna molestia.
—Me alegra oír eso. Mia lo es todo para mí.
Después de lo que pasó con su madre y sus propios problemas de salud, mi prioridad es su bienestar.
—Hay una nota de emoción genuina bajo el control férreo.
Joder, el tipo quiere a su hija, a su manera retorcida y asfixiante, pero la quiere.
—Confío en que, estando con el hijo de Anne, estará en buenas manos.
¿Podría mantenerme informado si surge cualquier cosa?
¿O si la nota extraña? Usted estudia medicina, ¿verdad? Sabrá detectar si algo no va bien.
Medicina. Mierda. Por un momento, había olvidado que él lo sabría, probablemente por mi madre. La presión aumenta. Ahora no solo soy el «hijo de Anne», soy el «futuro médico» que debe vigilarla. Doble marrón.
—Por supuesto, señor. Aunque Mia parece estar perfecta. Se está adaptando bien a la universidad, por lo que sé. No se preocupe.
—Gracias, Easton. De verdad. Anne estará orgullosa de usted. Bueno, no le quito más tiempo. Buenas noches.
—Buenas noches, señor Astor.
Cuelgo y dejo caer el móvil sobre la mesa. Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo; lo he hecho. Le he seguido la corriente. He cubierto a Mia Astor. Siento una mezcla de alivio —por haber evitado el drama inmediato— y una profunda irritación conmigo mismo. ¿En qué coño me he metido?
Salgo de mi habitación en busca de una cerveza. Jace y Theo están en el salón viendo un partido en la tele. Mia y Brooke no están, supongo que se habrán ido a estudiar a la biblioteca para poder concentrarse sin los chillidos de estos dos de fondo.
—¿Todo bien, tío? —pregunta Jace sin apartar la vista de la pantalla—. Tienes una cara de perro que no puedes con ella.
—Acabo de hablar con el padre de Mia —suelto, abriendo la nevera.
Ambos se giran para mirarme.
—¿El pez gordo? ¿Te ha llamado? —pregunta Theo, sorprendido.
—Sí. Para darme las gracias por ser el caballero andante de su princesita y para encargarme, extraoficialmente, que la vigile porque «estudio medicina». —Mi tono es puro sarcasmo.
Jace silba.
—Joder, colega. Menudo marrón te ha caído.
—Ya te digo. —Le doy otro trago largo a la cerveza, aunque el alcohol no consigue relajar la tensión en mis hombros—.
Así que más os vale —añado, y esta vez mi mirada es dura, fija en ambos— que se acaben las «bromitas» y las gilipolleces.
Como este tío se entere de algo raro o como a Mia le dé por volver a su burbuja por nuestra culpa, mi madre me despelleja vivo. ¿Queda claro?
Asienten al unísono con las caras serias. La mención de mi madre y del señor Astor parece haber surtido efecto.
—Clarísimo, tío. No más bromas —asegura Jace.
—Sí, tranqui. Mensaje captado —añade Theo.
Y justo cuando voy a dar media vuelta para volver a mi encierro, Jace carraspea.
—Oye, Easton, ya que estamos… —empieza, algo vacilante, y mira de reojo a Theo en busca de su apoyo.
Me detengo en seco. No sé si quiero saber qué se les ha ocurrido ahora.
—¿Qué?
—A ver, tío, no es por meternos donde no nos llaman, pero… —Jace se rasca la nuca, incómodo—. ¿Se puede saber qué coño te pasa con Mia?
Me tenso de golpe.
—¿Qué dices? —¿Tan evidente es mi aversión hacia ella?
—Lo que oyes —interviene Theo, más directo de lo que esperaba—. Que no lo pillamos, tío. Eres de puta madre con todo el mundo, hasta con la pesada de contabilidad con la que te enrollas de vez en cuando. Pero con Mia… es que te transformas. La tratas fatal. Y no parece mala chica, ¿no?
—No sé de qué coño habláis —espeto, frío como el hielo. Doy un paso atrás con la intención de marcharme. No me gusta sentirme acorralado.
—¡Venga ya, Easton! —insiste Jace—. No te hagas el tonto. La miras como si te debiera dinero. Apenas le diriges la palabra y, cuando lo haces, es para ir a cuchillo con ella. ¡Nunca te habíamos visto así con nadie! ¿Qué narices te ha hecho?
La pregunta queda flotando en el aire. ¿Qué me ha hecho? ¿Por dónde empiezo? ¿Por robarme a mi madre durante años? ¿Por representar todo lo que no tuve? ¿Por meterse en mi puta casa y en mi puta cabeza sin permiso? ¿Por hacerme sentir cosas que no quiero sentir?
—No es asunto vuestro —mascullo entre dientes y con una mirada de advertencia.
—Joder, solo intentamos entender… —sigue Theo.
—¡Pues no intentéis una mierda! —lo corto. Mi voz sube un par de decibelios—. Dejad el puto tema. ¿Vale?
Les doy la espalda, aunque noto sus miradas clavadas en mí.
La conversación con el señor Astor, la responsabilidad no deseada, y ahora esto…
Es demasiado, llego a mi cuarto en cuatro zancadas y doy un portazo que hace temblar la pared.
Me apoyo en la puerta y procuro respirar con normalidad.
Que se jodan. Que se jodan todos. No tengo por qué darle explicaciones a nadie.
Sobre todo, cuando ni yo mismo entiendo del todo la rabia que Mia Astor despierta en mí.
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Intento estudiar un poco más, pero las palabras de los apuntes de farmacología se mezclan con la voz controlada del señor Astor, con la mirada suplicante de Mia, pidiéndome ayuda en la cocina y el interrogatorio de Jace y Theo.
La cabeza me va a estallar. Me siento atrapado, no solo en este piso con ella, sino en esta red de expectativas y responsabilidades no deseadas.
El hijo de Anne. El estudiante de medicina. El supuesto «cuidador». Pura mierda.
Al final, el hambre y la necesidad de cafeína me obligan a salir de la habitación.
El salón es un caos: Jace y Theo han decidido montar un torneo de FIFA con la música a todo volumen y se gritan el uno al otro.
Las chicas ya han llegado; Brooke está en una videollamada en la mesa del comedor, gesticulando y riendo.
Y entonces la veo. Mia está sentada en el sofá individual, hecha un ovillo, con un libro abierto sobre las rodillas, aunque no parece estar leyendo.
Su mirada está perdida, sus hombros tensos.
Seguro que sigue dándole vueltas a si su padre me llamará, a si la cubriré o la hundiré.
Joder. Necesito quitarme esto de encima.
Me acerco a ella. No levanta la vista hasta que estoy prácticamente delante. Sus ojos se abren con sorpresa, en alerta.
—Mia. —Uso un tono más alto de lo necesario para que me oiga por encima del ruido—. Tenemos que hablar.
Ella frunce el ceño, confundida.
—¿Ahora?
Miro hacia el televisor donde Jace acaba de marcar un gol y lo celebra como si hubiera ganado el mundial. Miro a Brooke que en este momento saluda a la pantalla de su portátil. Niego con la cabeza. Aquí es imposible.
—Acompáñame. —Dudo un instante. Mi habitación es mi santuario, mi único espacio libre de ella. Pero no hay otra opción si quiero privacidad.
Lo digo casi como una orden, sin mirarla, y me dirijo por el pasillo hacia mi cuarto.
Oigo sus pasos vacilantes detrás de mí. Abro la puerta y entro.
Ella se queda parada en el umbral, mirando el interior con nerviosismo.
Mi habitación está ordenada, aunque abarrotada de libros, apuntes, esquemas pegados en la pared.
—Entra y cierra la puerta —le indico, sin mirarla, mientras me dirijo hacia mi escritorio.
Oigo el clic suave de la puerta al cerrarse. El silencio repentino es casi ensordecedor comparado con el ruido del salón. Se crea una burbuja tensa entre nosotros. Me giro y la veo ahí, de pie, junto a la puerta, abrazada a su libro como si fuera un escudo.
—Hablé con tu padre —suelto, sin rodeos. Necesito terminar con esto rápido.
Sus ojos se agrandan, expectantes.
—¿Y?
—Y le dije lo que necesitaba oír —continúo en tono neutro, casi mecánico—. Que estabas bien. Que no eres ninguna molestia. Que te estabas adaptando. Básicamente, le mentí por ti. Se lo tragó. Está tranquilo. —Hago una pausa—. De momento.
Veo cómo la tensión abandona sus hombros de golpe. Suelta el aire en un suspiro tembloroso, tan cargado de alivio que casi puedo saborearlo en el aire. Sus ojos, fijos en los míos, brillan con lágrimas contenidas, una humedad que los hace parecer aún más grandes, más profundos.
—Gracias —susurra, y la palabra se rompe a mitad de camino, ahogada por la emoción—. De verdad, Easton, yo…
No termina la frase. En lugar de eso, hace algo completamente inesperado. Algo que cortocircuita cada una de mis defensas. Cierra la distancia entre nosotros —un metro y medio escaso que yo mantenía como una barrera invisible— y me abraza.
Me quedo rígido. Congelado. Sus brazos delgados se cierran alrededor de mi cintura con una fuerza sorprendente, se aferra a mí como si fuera un ancla en medio de una tormenta.
Su cara se aprieta contra mi pecho, y siento la suavidad de su pelo —que huele a algo limpio, floral y jodidamente adictivo— rozándome la barbilla.
Es pequeña, frágil entre mis brazos, y noto un leve temblor que recorre su cuerpo, producto del llanto contenido o del puro alivio.
El corazón, que creía tener bajo control, empieza a latir con una fuerza descontrolada contra el esternón.
Mi primera reacción es apartarla. Empujarla.
Poner distancia. Sin embargo, mis músculos no responden: están paralizados, invadidos por sensaciones contradictorias y abrumadoras.
El calor que irradia su cuerpo atraviesa mi camiseta y se instala directamente en mi piel, en mis huesos.
El latido de mi propio corazón me retumba en los oídos: desbocado, traicionero.
Siento su respiración entrecortada contra mi ropa, un sonido íntimo y vulnerable que me golpea en algún lugar profundo que no sabía que existía.
Tengo las manos suspendidas en el aire, a medio camino entre querer apartarla y… ¿qué? ¿Devolverle el abrazo? La idea es tan absurda, tan jodidamente peligrosa, que me provoca un escalofrío.
Aprieto los puños a los lados hasta que los nudillos me duelen, lucho contra un impulso desconocido y aterrador.
Es como si una corriente magnética —la misma que sentí con ese estúpido roce, pero multiplicada por mil— me recorriera, conectándonos de una forma que va más allá de la lógica, más allá de mi odio o mi resentimiento.
Una conexión física, innegable, que me deja sin aliento.
El abrazo dura solo un instante —tres latidos, cinco, una eternidad dilatada—.
Quizás es mi absoluta rigidez lo que la alerta.
O quizás la propia intensidad del momento se vuelve insostenible también para ella.
Se aparta de golpe, casi tropezando hacia atrás, como si se diera cuenta de la locura que acaba de cometer.
Tiene las mejillas rojas y los ojos, abiertos como platos, reflejan una mezcla de gratitud, vergüenza y una conmoción que, probablemente, es el espejo de la mía.
Nos miramos en el silencio denso y cargado de mi habitación.
El aire parece vibrar entre nosotros; ya no hay palabras, solo el eco de ese abrazo impulsivo, el rastro fantasma de su calor contra mi pecho, y la certeza incómoda y peligrosa de que algo fundamental acaba de romperse, o de empezar, y sin tener ni puta idea de qué hacer a continuación.