Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 11 Pánico #3
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Capítulo 11 Pánico #3

Intento concentrarme en la clase de anatomía: los nombres de los huesos, los músculos, las complejidades del cuerpo humano.

Es fascinante, un mundo lógico y tangible que contrasta con el caos emocional que siento por dentro.

Tomo apuntes con furia e intento que la precisión de los términos médicos silencie el ruido en mi cabeza.

Sin embargo, de vez en cuando, mi mente divaga.

El mensaje del grupo de la residencia dijo que podríamos tardar semanas en volver a nuestras habitaciones.

Semanas bajo el mismo techo que Easton Davis; la idea me provoca un nudo en el estómago.

Tampoco me es fácil lidiar con mi padre cuando lo llamo para informarle del incendio.

Casi le da un infarto, como era de esperar, y me cuesta horrores que no coja un avión y se plante aquí para llevarme de nuevo a casa, bajo su ala.

La conversación es una batalla agotadora contra su instinto sobreprotector.

Y entonces, en un momento de pura desesperación, suelto la frase que sé que puede calmarlo, aunque me queme en la boca.

—Además, papá, no estoy sola. Bueno, estoy con Brooke, mi compañera de cuarto, pero nos estamos quedando en el piso de… de Easton. El hijo de Anne.

Silencio al otro lado. Hasta puedo oír cómo su cerebro procesa la información. Easton, el hijo de Anne. Una persona un poco «conocida», alguien bajo la esfera de influencia de la persona en la que más confía después de sí mismo.

—¿Estás con Easton? —Su tono ha cambiado, ha perdido algo de pánico—. ¿Estás segura? ¿Estáis bien ahí?

—Sí, papá, estamos bien. Es amigo de Brooke. Nos ofreció quedarnos. Él nos cuidará, seguro. —Y tengo que cruzar los dedos y apretar los labios por la mentira tan gorda que acabo de soltar. Al menos, por lo que a mi persona se refiere.

—Bien, bien. —Noto el alivio en su voz, y me siento culpable y aliviada a partes iguales—. Eso me tranquiliza un poco. Anne siempre habla bien de su hijo. Lo llamaré más tarde para agradecerle y para que me ponga al día de cómo estás. ¿Te parece?

Ahora es a mí a quien atenaza el pánico.

—¿¡Llamarlo!? No, papá, no hace falta, de verdad, está muy liado con sus estudios, ya sabes que estamos en plenos parciales.

—Tonterías. Es lo mínimo que puedo hacer. Hablaré con él. Cuídate mucho. Te quiero.

Cuelga antes de que pueda protestar más. Me quedo mirando el móvil sin dar crédito a lo que yo misma acabo de propiciar.

¿Mi padre llamando a Easton? ¿Easton hablando con mi padre sobre mí? Si es la mitad de borde con él de lo que es conmigo, mi padre cogerá el primer avión y esta misma noche dormiré en Nueva York. Mierda. Tengo que avisarlo. Tengo que hablar con Easton. Y solo pensarlo hace que quiera vomitar.

Paso el resto de la tarde con una ansiedad que crece por segundos. Cada vez que me parece oír la puerta del apartamento, me da un brinco el corazón. Necesito encontrar el momento adecuado, armarme de valor y decirle lo de la llamada.

Llega casi a las diez de la noche, cargado con libros, con el pelo revuelto por el viento y una expresión de concentración intensa. Deja los libros de golpe sobre la barra de la cocina, con un ruido sordo, y se pasa una mano por la cara, cansado.

Me armo de valor, da igual que no me haya ni saludado: es ahora o nunca.

Respiro hondo y salgo de la zona del sofá-cama, donde fingía estudiar. Me acerco a él con paso lento pero decidido. Él levanta la vista al oírme, y su expresión se cierra al instante. El muro de hielo vuelve a su sitio.

—Easton —lo llamo con la voz más firme de lo que me siento por dentro. Él no responde, solo me mira con los brazos cruzados sobre el pecho. La postura defensiva por excelencia—. Necesito hablar contigo un momento.

Arquea una ceja.

—Ah, ¿sí? ¿Otro problema existencial en el paraíso?

Ignoro su sarcasmo. No puedo dejar que me afecte ahora.

—Es sobre mi padre.

Su expresión no cambia, no obstante, noto un levísimo cambio en su postura, quizá una pizca de curiosidad bajo su indiferencia.

—Lo he llamado antes —continúo, obligándome a mirarlo a los ojos—. Para contarle lo del incendio. Estaba… bueno, estaba como loco, quería que volviera a Nueva York de inmediato.

—Me sorprende que no estés ya en un jet privado —comenta con acidez.

Aprieto los puños y me obligo a respirar para no soltarle una bordería; no es el momento.

—Para calmarlo, le dije que estaba aquí, contigo, en tu piso, con tus amigos y con Brooke. Y le dije… Le dije que tú nos cuidarías.

Ahora sí veo una reacción. Sus ojos se abren un poco por la sorpresa, seguida de cerca por la incredulidad y, cómo no, la molestia.

—¿Que yo qué? —pregunta dos tonos más grave que su voz habitual.

—Fue lo único que se me ocurrió para que no se plantara aquí —me defiendo y siento el calor subirme a las mejillas—. El caso es que se ha quedado más tranquilo, pero ha dicho que te llamaría. Para darte las gracias y para… bueno, para asegurarse de que estoy bien.

Me mira fijamente y noto cómo intenta procesar la información. Su rostro es un libro abierto ahora mismo.

—Solo… solo quería avisarte —termino. Me siento estúpida y vulnerable—. Por si te llama. Para que no te pille por sorpresa. Y para pedirte que, por favor, si hablas con él, no seas… bueno, ya sabes. No quiero volver a Nueva York.

Espero su respuesta, el corazón me late con fuerza hasta en los oídos. ¿Se reirá? ¿Se enfadará aún más? ¿Me mandará a la mierda? Su mirada sigue fija en mí, indescifrable ahora. Y el silencio se alarga, cargado de una tensión que podría explotar en cualquier momento.