Parte II – Easton
A veces pienso que si alguien me hubiera dicho hace un año que acabaría aquí, con ella, en esta sala, después de una guardia compartida, con la cabeza llena de imágenes que no tienen nada que ver con medicina, no me lo habría creído.
Habría soltado una carcajada seca, de esas que usaba para protegerme. Para no sentir.
Pero aquí estoy.
Y no quiero estar en ningún otro sitio.
Estos últimos días, cuando hemos coincidido en turnos, hemos necesitado unos minutos en esta sala, la misma en la que nos dimos aquel fatídico primer beso, para poder cargar un mínimo las pilas y volver a casa.
Mia está a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, los dedos enredados en los míos y los labios un poco hinchados tras nuestro último beso.
Su respiración es tranquila, tiene los ojos cerrados, aunque sé que no duerme.
Nunca duerme del todo después de una guardia.
Yo tampoco. Es como si el cuerpo siguiera alerta, incluso cuando el turno ha terminado.
La miro de reojo. Tiene el ceño relajado, los labios entreabiertos. Parece en paz. Y me doy cuenta de que nunca la había visto así. Siempre estaba en guardia. Siempre esperando el golpe. Y yo… yo fui el primero en lanzarlo.
Me odio por eso. Aunque ahora entiendo que el dolor no se cura con más dolor. Que la rabia no es un escudo, sino cárcel.
Y yo ya no quiero vivir encerrado.
—¿Estás despierto? —murmura, sin abrir los ojos.
—Sí.
—¿En qué piensas?
—En ti.
Abre los ojos, me mira. No dice nada. No hace falta.
—En lo mucho que me equivoqué contigo. En lo fácil que fue juzgarte. En lo difícil que fue dejar de hacerlo.
Ella se incorpora un poco, se sienta de lado, con las piernas cruzadas sobre el sofá. Me mira con esos enormes ojos suyos y esa intensidad que a veces me desarma.
—No fuiste el único que se equivocó. Yo también te juzgué. Pensé que eras cruel. Que disfrutabas haciéndome sentir pequeña.
—Y lo hice. Durante un tiempo. Porque era más fácil que admitir que me importabas.
Ella sonríe. Y esa sonrisa me atraviesa.
—¿Y ahora?
—Ahora me importas más de lo que sé manejar.
—¿Asustado, doctor? —me pregunta con sorna.
—Mucho. —Y no lo digo del todo en broma.
—Yo también —se sincera, al ponerse también seria.
Nos miramos. Y en esa mirada hay todo lo que no hemos sabido decir. Todo lo que hemos callado por miedo. Todo lo que hemos sentido en silencio.
—¿Qué hacemos con esto? —pregunta.
—Lo que tú quieras.
—No. Lo que queramos los dos.
Asiento. Me inclino hacia ella para apoyarme en su frente. Para sentir su aliento.
—Te quiero a ti —susurro—. Sin máscaras. Sin miedo. Sin huir.
—Y yo a ti —me corresponde.
Y el corazón se salta dos latidos, porque ¡joder! Me quiere…
Nos quedamos así, con las frentes juntas, los ojos cerrados, el corazón latiendo en sincronía. Y por primera vez, no hay ruido. No hay rabia. No hay pasado.
Solo nosotros.
Y es suficiente.
Mi mano sube por su cintura y traza círculos hasta llegar bajo su pecho.
Mia se ríe. Bajo, suave, como si no pudiera evitarlo.
—¿Qué? —pregunto, sin parar mi avance.
—Esto se está poniendo muy intenso —susurra—. Y no quiero que nos pille el calentón aquí, con las batas colgadas y el cuerpo exudando desinfectante.
Sonrío. Me echo hacia atrás y la miro. Está preciosa. Despeinada, con las ojeras marcadas por la guardia, pero preciosa.
—¿Nos vamos?
—Sí —responde, sin dudar.
Nos levantamos despacio. Ella se estira, yo recojo su taza vacía. Salimos de la sala de descanso sin hacer ruido, como si estuviéramos dejando atrás algo sagrado. El pasillo está en silencio. Solo se oye el zumbido de las luces fluorescentes y el eco de nuestros pasos.
Caminamos en silencio durante un rato. Las calles están vacías, la ciudad duerme.
Las farolas proyectan sombras largas sobre el asfalto.
En algún lugar, un taxi pasa con las luces encendidas.
Mia se frota los brazos, y sin pensarlo, le paso el brazo por los hombros.
Ella no se aparta. Al contrario. Se apoya en mí.
—¿Sabes? —dice, con voz baja—. Nunca pensé que acabaría así. Que después de todo, tú y yo…
—Yo tampoco —respondo—. Pero me alegro de haberme equivocado.
Ella sonríe. Y esa sonrisa me basta.
Cuando llegamos al apartamento, no decimos nada. Solo nos miramos. Y en esa mirada hay una promesa. No de perfección. No de finales felices. Solo de estar. De elegirnos. De seguir.
Ella se detiene un segundo antes de abrir la puerta. Me mira con una sonrisa cómplice, esa que solo saca cuando está a punto de decir algo que no sabe si debería.
—¿Sabes qué pensaba cuando llegué aquí y todo el mundo hablaba maravillas de ti? —pregunta.
—¿Qué? —respondo, muerto de curiosidad—. Sorpréndeme.
—Siempre le decía a Brooke: pues a mí, Easton Davis me odia.
Me echo a reír. No puedo evitarlo. Ella también. Y en esa risa compartida hay alivio, hay memoria, hay redención.
—Tienes claro que ahora no es para nada así, ¿verdad? —pregunto, acercándome un poco más a ella.
Mia me sostiene la mirada. Hay una chispa en sus ojos, pero también algo vulnerable, como si aún no terminara de creerse que esto es real.
—Lo tengo claro —responde, con una sonrisa ladeada—. Aunque no estaría mal que me lo recordaras de vez en cuando.
Me acerco un poco más, lo justo para que nuestras respiraciones se mezclen.
—Entonces escúchame bien —susurro—. No te odio.
No podría. Ni aunque lo intentara. Porque desde que eras un moco que huía de mí jugando a dragones, ya me fascinaste.
Y cuando nos reencontramos, me partiste en dos.
Porque tú, toda tú, me rompes, Mia. Me desarmas.
Me haces querer quedarme. No quería admitirlo.
No quería sentirlo. Pero en el fondo, era así.
Y ahora que por fin lo reconozco, no pienso dejar de elegirte. Ni un solo día.
No responde. Solo se muerde el labio, como hace cuando está nerviosa o le supera la situación.
Entonces alza las manos, me toma de la nuca con suavidad y me acerca a ella. Su frente roza la mía. Y me besa.
Sin prisa. Sin miedo. Como si no hiciera falta decir nada más.
Ya no quiero protegerme.
No quiero esconderme detrás del sarcasmo, ni del orgullo, ni de la culpa.
No quiero seguir fingiendo que no me importa, que puedo vivir sin ella, que no me atraviesa cada vez que me mira como si viera algo en mí que ni yo mismo reconozco.
La quiero.
Con todo lo que eso implica.
Con todo lo que eso arrastra.
Y si amar a Mia significa arder, entonces me quemaré.
Me quemaré con ella.