Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 11 Pánico
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Capítulo 11 Pánico

Mia

Me quedo allí plantada, en medio del salón, con el pulso desbocado y el eco fantasma de su roce todavía vibrando en mi brazo.

El calor me inunda las mejillas como una marea roja y delatora.

Lo vi. Vi cómo apartaba la mano, como si mi piel fuera veneno, cómo su mandíbula se tensaba y cómo me daba la espalda sin una palabra, refugiándose en la luz fría de la nevera.

El aire a mi alrededor parece espeso, cargado con la electricidad no resuelta de ese instante.

—¿Mia? ¿Estás en órbita? —La voz de Brooke me devuelve al presente al sacudirme con suavidad de la muñeca—. Venga, respira. —Se recoloca en el sofá y se queda mirando a Easton con el ceño fruncido. Intento sonreír, para quitarle hierro a su desprecio, pero hasta yo noto que el gesto es torpe.

El resto de la noche transcurre en una especie de duermevela social.

Me refugio en Brooke y en su insistencia en que participe en las conversaciones que tiene con los chicos, sobre todo con Jace y Theo —que son simpáticos, abiertos y hacen lo posible por integrar a las «damnificadas por el incendio», como les ha dado por llamarnos, en su rutina—.

Todo lo contrario a «él». Sin embargo, mi radar interno no deja de rastrear a Easton.

Lo veo reír con sus amigos, relajado, natural.

Y luego, el cambio abrupto, el escudo de hielo que levanta si su mirada se cruza con la mía por accidente. Es desconcertante y, sí, duele.

Cuando por fin la noche se disuelve, preparamos el sofá-cama en el salón. El mecanismo chirría un poco y rompe el silencio tenso que Easton dejó tras de sí al desaparecer en su habitación sin decir ni adiós. Colocamos las sábanas y las almohadas, un trabajo en equipo silencioso y algo torpe.

Es más grande de lo que parecía, con espacio suficiente para dos. Nos acurrucamos bajo las sábanas que huelen a limpio y no puedo huir de la sensación de estar en un lugar ajeno, a pocos metros de alguien que, claramente, me detesta; eso me impide relajarme.

—Oye, Brooke… —susurro en la oscuridad, incapaz de contener la curiosidad que me corroe.

—Mmm —responde ella, ya medio adormilada.

—¿Cómo… cómo los conociste? A Jace y a Theo, digo. Parece que sois muy amigos.

Brooke se mueve un poco para apoyarse en un codo y mirar hacia mí. Noto su sonrisa hasta en la oscuridad.

—Pues a Jace lo conocí el año pasado en una clase de Proyectos de Comunicación que casi nos mata a los dos.

Nos unió el trauma compartido —ríe, bajito—.

Es un sol, siempre de buen humor. Y Theo es su mejor amigo desde el instituto, es más tranquilo, pero igual de bueno.

Vinieron juntos a la universidad. Son fáciles de querer.

—Ya veo. ¿Y… a Easton? —pregunto, y mi propia voz suena tensa al pronunciar su nombre, no vaya a ser que me oiga y se moleste por haberlo invocado.

Brooke se toma un poco más de tiempo que antes en responder.

—Easton… bueno, él es del grupo también, por Jace y Theo.

Es… diferente. Superinteligente, estudia medicina y se lo toma muy en serio, aunque normalmente es un encanto.

Siempre está dispuesto a echar una mano, tiene una sonrisa que, créeme, desarma a cualquiera, y suele ser el alma de la fiesta cuando se suelta.

Es de esos tíos que caen bien a todo el mundo.

Intenso, sí, pero majo. Muy majo. —Hace una pausa y coge aire con fuerza.

»Por eso no entiendo nada, Mia. —Su tono ahora es serio, confuso—.

Nunca, jamás, lo había visto comportarse como se comporta contigo.

Ni en sus peores días de estrés por exámenes.

Contigo es increíblemente borde. Casi cruel.

La mirada que te ha echado antes… ¿Qué demonios pasa entre vosotros?

Sé que ya os conocíais, aun así, ¿qué pasó?

¿Te tiró los trastos y lo rechazaste de malas formas o algo por el estilo?

—pregunta, en un intento de encontrar una explicación lógica.

Niego con la cabeza, con un nudo en la garganta.

—Ojalá fuera algo tan simple. Su madre, Anne, trabaja para mi familia. Me ha cuidado desde que nací. Jugamos juntos alguna vez de niños, antes de que yo enfermara y me aislaran. Casi no lo recordaba hasta que lo volví a ver, no mucho antes de entrar en la UPenn.

—¿Y ya está? ¿Esa es toda vuestra historia? —exclama incrédula.

—Que yo sepa, sí. Desde que volvimos a vernos, cada vez que me cruzo con él, es así.

Como si mi mera existencia lo ofendiera.

—Respiro hondo—. Y lo peor es que no sé por qué.

No le he hecho nada de nada, Brooke. Es que no entiendo por qué me odia.

¿Por qué es tan diferente conmigo que con el resto del mundo?

Brooke suelta un resoplido de frustración.

—Pues no tiene ningún puto sentido. Easton no es así. Te lo digo yo. Algo se le tiene que haber cruzado en el tarro. O tiene algún prejuicio absurdo contigo por… no sé, ¿por ser rica o algo así? Aunque tampoco me cuadra.

—No lo sé —murmuro, sintiéndome pequeña—. Pero me agota.

—Ya me imagino. —Siento su mano buscar la mía bajo las sábanas y apretarla con suavidad—.

Escucha, Mia. No tienes por qué aguantar esto.

Hablaré con Jace y Theo, a ver si ellos saben algo.

Y si hace falta, hablaré con el propio capullo de Easton.

Esto es una mierda, y no es justo para ti.

Conseguiré que te trate como a una persona normal o al menos que te ignore sin ser un gilipollas. Te lo prometo.

Su lealtad me calienta el pecho.

—Gracias, Brooke. De verdad.

—No hay de qué. Para eso están las compañeras de sofá-cama y dramas universitarios. Ahora intenta dormir, anda. Mañana averiguaremos más. O al menos lo intentaremos.

Cierro los ojos, pero la imagen de Easton —el amable y popular que describe Brooke, y el borde y hostil que conozco yo— baila en mi cabeza. ¿Cuál es el verdadero? ¿Y por qué me importa tanto descubrirlo? El cansancio empieza a ganarle la partida a mi cerebro, aunque sé que la noche será larga.

La luz grisácea del amanecer se filtra por la ventana del salón cuando finalmente me vence un sueño ligero e intranquilo.

Me despiertan voces bajas y el aroma inconfundible a café recién hecho.

Abro los ojos con lentitud. Brooke sigue durmiendo con el pelo enmarañado y un brazo colgando del borde del colchón.

Me incorporo con cuidado y me quejo bajito: me duele hasta el último músculo del cuerpo.

Necesito una ducha con agua hirviendo para desentumecerme, sin embargo, la idea de cruzarme con Easton en el pasillo me paraliza.

Respiro hondo; no puedo pasar los días que tengamos que permanecer aquí evitándolo.

Encuentro a Jace y Theo apoyados en la barra que separa la cocina del comedor, cada uno con una taza de café en la mano.

—Hombre, Mia. ¿Has sobrevivido al sofá? —bromea Jace.

—Eso creía hasta que he intentado levantarme y me ha parecido que tenía noventa años, por lo menos —bromeo—. Buenos días, por cierto. Oye, ¿el baño está libre? Necesito una ducha caliente antes de clase.

Jace mira a Theo, parecen hablar sin palabras y no entiendo a qué viene esa mirada que se dedican. Me tenso un poco. ¿Les molestará que gaste demasiada agua? ¿Quizá tendríamos que ofrecernos a pagar gastos mientras estemos aquí?

—Sí, mujer, dale —dice Jace con demasiada naturalidad—. Easton se fue hace un siglo a la biblioteca. Tienes vía libre.

Siento un alivio estúpido de inmediato; esquivarlo, esa parece ser mi meta principal en esta casa.

—Genial, gracias.

Cojo mi neceser, la toalla, un jersey limpio y unos vaqueros. El pasillo está silencioso. Llego a la puerta del baño, la que está peligrosamente cerca de la suya. Giro el pomo y empujo la puerta hacia adentro, solo un poco.

El aire sale denso, cargado de vapor y del olor fresco, casi boscoso, de gel de ducha masculino. Oigo un ruido dentro: el roce de una toalla contra la piel.

—Joder, tío, dame un respiro —resuena una voz grave, ahogada por la tela—. Ya salgo, dos minutos. No me presiones.

Es él. No se ha ido. Me han mentido. Mi mano se congela en el pomo. Debería retroceder, cerrar la puerta y huir. Sin embargo, mis pies no responden.

Entonces, Easton deja de frotarse el pelo. Baja la toalla, la deja caer sobre sus hombros, se gira y me ve.

El mundo se detiene. Sus ojos verdes se clavan en los míos, primero con incredulidad, luego con una dureza que me corta la respiración.

Pero antes de que el hielo me congele por completo, mis propios ojos traicioneros hacen un recorrido involuntario.

La toalla colgada del cuello enmarca unos hombros anchos, unas clavículas marcadas.

Gotas de agua minúsculas brillan sobre la piel tensa de su pecho, resbalan por los surcos definidos de sus abdominales y desaparecen bajo la toalla anudada a su cintura.

Es como un espejismo. Una combinación brutal de fuerza relajada y perfección esculpida que me golpea como una ráfaga de viento helado y caliente a la vez.

Siento la sangre subirme a la cara, el corazón me martillea en los oídos, la boca se me seca de golpe.

Una corriente extraña, una mezcla de pánico y una fascinación que me quema por dentro, me recorre entera.

—¿Qué haces aquí? Entre tus exquisitos modales no está el de llamar antes de entrar, ¿o qué? —Su voz es un latigazo, baja y cargada de furia contenida. Rompe el hechizo visual, aunque no la tensión.

Trago saliva y me obligo a encontrar mi propia voz.

—Me… me dijeron que te habías ido —logro articular con un hilo de voz tembloroso. La rabia por la broma estúpida lucha contra la reacción incontrolable de mi cuerpo.

Él suelta una especie de bufido y una risa sin humor.

—Pues a ver si aprendes a no ser tan ingenua. ¿Esperabas encontrar el baño vacío para tu sesión de spa, princesita?

—Necesito ducharme —repito, apretando mi toalla como un salvavidas. Le sostengo la mirada. No voy a huir.

Sus ojos me evalúan, lentos, intensos. Es una mirada que me desnuda, que parece buscar mis puntos débiles. Mi pulso se acelera aún más bajo su escrutinio.