Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 10 Territorio invadido #2
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Capítulo 10 Territorio invadido #2

Escuchar eso me provoca una punzada familiar de irritación. La medicación. El cuidado constante. Un recordatorio automático de por qué mi madre pasaba más tiempo en esa mansión que en nuestra propia casa. Sacudo la cabeza en un intento de apartar el pensamiento. No es mi problema.

Jace, mientras tanto, ya está al teléfono, ajeno a todo lo demás.

—¡Theo, tío! ¿Estás cerca? Sí, escucha, cambio de planes. Necesitamos provisiones… Sí, pizzas, bastantes… Píllalas en Luigi's… Y cervezas, tío, trae cervezas y lo que pilles… ¡Ah! Y un par de refrescos para las invitadas… Sí, invitadas, larga historia, te lo cuento luego. ¡No tardes!

Cuelga con una sonrisa triunfal.

—Listo. Operación «hacer que os sintáis en casa aunque el mundo arda» en marcha. Theo no tardará.

El rato que sigue es extraño. Brooke y Jace charlan desenfadados en el sofá, se ponen al día de sus respectivas clases y próximos exámenes.

Mia, después de cambiarse en el baño —de donde sale con unos vaqueros secos y un jersey gris enorme—, se sienta con timidez en el otro extremo del sofá, con el móvil en la mano, aunque apenas lo mira.

Intento concentrarme en la pantalla del ordenador; es inútil.

Noto su presencia como un zumbido constante.

Me fuerzo a comentar algo sobre una serie con Jace, a reírme de una de sus bromas estúpidas.

Mi voz suena normal, relajada. Pero en cuanto mi mirada roza la figura de Mia, siento cómo mis hombros se tensan de nuevo.

Cuarenta largos minutos después llega Theo, cargado como una mula con cajas de pizza apiladas y bolsas que tintinean. Es el típico tío tranquilo, siempre con una media sonrisa, el contrapunto perfecto al entusiasmo de Jace.

—¡Hombre, el salvador! —exclama este, ayudándole con la carga.

—¡Theo! ¡Menos mal! —añade Brooke.

Me levanto y le cojo un par de cajas.

—Buenas, Theo. ¿Qué tal? —Le doy un choque de puño rápido, como siempre, un saludo muy nuestro.

—Todo bien. ¿Qué es todo eso que he escuchado de un incendio? —pregunta, mientras deja el resto de pizzas en la mesa de centro.

—Pues eso, que la residencia de Brooke ha decidido hacer barbacoa sin avisar —explica Jace—. Por cierto, ella es Mia, la compañera de Brooke. Se quedan con nosotros una temporada.

Theo se gira hacia Mia con una sonrisa amable.

—Encantado, Mia. Vaya putada lo del incendio, pero bueno, aquí estaréis bien. Bienvenidas al caos.

Mia le devuelve una sonrisa pequeña y educada.

—Gracias. Y perdona por la invasión.

—¡Qué dices! ¡Ninguna invasión! —interviene Jace, ya abriendo una caja de pizza—. ¡Esto es una fiesta de emergencia!

Observo la escena. Theo ya está ofreciéndole un trozo de pizza a Mia, Jace le sirve un refresco a Brooke, yo sigo de pie junto a mi sillón.

Soy amable con Theo, bromeo con Jace, intercambio un comentario rápido con Brooke sobre las pizzas…

pero a Mia apenas la miro. Cuando ella habla, mi atención parece desviarse hacia ella como atraída por un imán.

Cuando ella le sonríe a Theo, siento una contracción involuntaria en la mandíbula. ¿Qué cojones…?

Es como si hubiera un campo de fuerza invisible a su alrededor que me repele y me atrae a la vez.

Y lo odio. Odio esta tensión, odio tenerla aquí, odio que Theo y Jace actúen como si fuera la cosa más genial del mundo.

Y sobre todo, odio la parte de mí que no puede dejar de ser consciente de cada uno de sus gestos.

La «fiesta» improvisada ha comenzado. Y yo ya estoy deseando que termine.

Necesito otra cerveza, o algo más fuerte.

Me muevo hacia la nevera casi al mismo tiempo que Mia se levanta del sofá, quizás para tirar una servilleta o puede que solo para estirar las piernas, la cuestión es que nuestros caminos convergen, sin poder evitarlo, en el estrecho espacio entre el sofá y la mesa de centro.

Nos giramos el uno hacia el otro en el último segundo.

Demasiado cerca.

Demasiada Mia en mi campo de visión.

Para no chocar de frente, levanto una mano por puro instinto y mis dedos rozan su brazo desnudo, justo donde termina la manga remangada de su jersey.

Un puto calambre. Eso es lo que siento. Una descarga eléctrica inesperada que me recorre desde la punta de los dedos hasta el pecho.

La calidez de su piel contra la mía es demasiado real, demasiado íntima en este espacio lleno de gente.

Nuestros ojos se encuentran, atrapados en una fracción de segundo de sorpresa mutua.

Veo el desconcierto en los suyos, un reflejo amplificado del caos que acaba de desatarse dentro de mí.

El murmullo de Jace, la música lejana, todo se desvanece.

Solo está su mirada, y esta electricidad estúpida y no deseada que chispea entre nosotros.

Aparto la mano como si su piel quemara. Doy un paso atrás, tan rápido que casi tropiezo. Mi máscara de fría indiferencia se ha hecho añicos por un instante, y sé, por la forma en que ella traga saliva y sus mejillas se tiñen de un rojo intenso, que lo ha notado.

Me giro con brusquedad y casi corro hacia la nevera, dándole la espalda, aunque siento su mirada clavada en mi nuca.

El corazón me golpea las costillas con una fuerza que me desconcierta.

Abro la puerta de la nevera con un tirón innecesario, y el aire frío en la cara no es suficiente para apagar el incendio que se me acaba de prender dentro.

¿Qué coño acaba de pasar?