Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 10 Territorio invadido
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Capítulo 10 Territorio invadido

Easton

El portazo de mi habitación resuena en mis propios oídos, un eco sordo de la irritación que me burbujea bajo la piel. Apoyo la frente contra la madera e intento controlar la respiración. Mierda. ¿Qué coño hace Mia Astor en mi casa? En el pasillo, frente a mi habitación.

El recuerdo de encontrarla ahí, con esos ojos enormes y asustados, justo cuando salía de mi habitación, me revuelve el estómago.

Y Brooke… Sabía perfectamente lo que hacía al no decirnos, ni a Mia ni a mí, que su petición de asilo iba a hacer que nos encontráramos bajo el mismo techo. Manipuladora… Igual que todas.

Suelto un bufido y me alejo de la puerta.

Mi habitación, mi supuesto refugio, de repente se me antoja pequeña, invadida.

Camino de un lado a otro, me paso una mano por el pelo todavía húmedo.

Necesito espacio, necesito… no tenerla aquí.

Trae consigo todo el pasado que he intentado enterrar: mi madre ausente, mi resentimiento infantil, esa estúpida y contradictoria necesidad de protegerla que resurgió de su salida con Joe y que me cabreó tanto en la fiesta de la fraternidad.

No puedo quedarme aquí encerrado. Jace está fuera, Theo llegará pronto. Es mi piso también. Aprieto la mandíbula y abro la puerta, preparado para lo que sea.

El salón es un cuadro extraño. Brooke está sentada en el borde del sofá, habla con Jace en voz baja y me lanza miradas nerviosas.

Mia… Mia está de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle como si buscara una ruta de escape.

Sigue con la ropa húmeda, se abraza a sí misma y parece todavía más pequeña de lo que ya es.

Joder.

—¿Ya te has calmado, colega? —pregunta Jace con su habitual despreocupación, y levanta una lata a modo de saludo.

Me encojo de hombros y voy directo a la nevera. Necesito una cerveza. Fría. Ahora.

Ignoro la mirada de Mia, aunque siento sus ojos clavados en mi espalda. Es casi una sensación física, como electricidad estática.

—Easton, siento no habértelo dicho —se disculpa Brooke al levantarse del sofá y acercarse hasta donde me encuentro—. Pero con lo del incendio… no sabía dónde más ir. Jace dijo que no habría problema.

—Jace no piensa demasiado las cosas —murmuro.

Abro la cerveza con un chasquido seco y le doy un trago largo. El líquido amargo me raspa la garganta, sin embargo, ayuda a asentar algo dentro de mí.

—Bueno, es verdad, no hay problema —interviene Jace, ajeno a la corriente subterránea que me conecta a la chica de la ventana—. Cuantos más, mejor, ¿no? Además, Mia parece maja. —Le dedica una sonrisa a Mia, que responde con un movimiento de cabeza casi imperceptible.

«Maja», si él supiera… Me giro, me apoyo contra la encimera y las observo.

Brooke intenta llenar el silencio con explicaciones sobre el incendio y sobre cómo están las cosas en la residencia.

Mia responde con monosílabos con la voz apenas audible.

Sigue pareciendo un ciervo asustado a punto de salir corriendo.

Justo entonces, el móvil de Brooke suena con una notificación ruidosa. Lo mira y su expresión se hunde.

—Mierda —dice, enseñándonos la pantalla—. Es del grupo de la residencia. Dicen que los daños en el sistema eléctrico son peores de lo que pensaban. Que la reparación va para largo. Semanas, quizás.

Un silencio pesado cae sobre nosotros.

Semanas.

La palabra flota en el aire como gas tóxico. Observo a Mia, esperando esa contracción de hombros, esa mirada de pánico buscando a Brooke.

Pero no. Levanta la cabeza con convicción y, aunque sus manos todavía juegan nerviosamente con el borde de su blusa, su mirada ya no es la de un animal asustado.

Hay algo más; ahí está de nuevo. Esa chispa.

La misma que vi cuando me plantó cara en la cocina por criticar su elección de universidad o cuando le tiró la bebida a Logan en la fiesta.

No es siempre la niña asustada. Mira a Brooke, luego a Jace.

Mi dirección sigue siendo territorio comanche para sus ojos.

—Jace —empieza Mia, y su voz, aunque no es fuerte, es clara, sin el titubeo que usó conmigo en el pasillo—. Os agradecemos, de verdad, que nos hayáis acogido así. —Hace una pausa, traga saliva y mantiene la mirada—. Pero... si van a ser semanas... no podemos quedarnos. Es demasiado.

Brooke abre la boca para protestar y Mia levanta una mano para detenerla.

—En serio. Quince días son demasiados para quedarnos aquí.

—Se dirige a Jace—. No podemos abusar de vuestra amabilidad e invadir vuestro espacio durante tanto tiempo.

Ya es suficiente con aguantaros entre vosotros tres.

—Una sombra de sonrisa irónica cruza sus labios, tan rápido que casi dudo de haberla visto—.

Buscaremos un hotel, o lo que sea. Nos las arreglaremos, no os preocupéis.

Ahí está. La Astor sacando las garras otra vez.

Ya debería estar acostumbrado, ¿no? Siempre tiene esa capacidad de pasar de cero a cien, de parecer frágil a plantarse como si fuera dueña del mundo.

Y, hostia puta, tengo que reconocer que hay algo jodidamente atrayente cuando lo hace.

Cuando deja de ser la sombra que vive en mi cabeza y se convierte en esto, en alguien que no pide permiso, algo se me remueve por dentro.

Una mezcla de irritación y... ¿qué es esto?

¿Admiración? No. Imposible. ¿Qué mierda me pasa?

Me reprendo mentalmente, apretando la lata de cerveza.

Que se ponga como quiera. Lo primordial es que quiere largarse.

Eso es lo único que importa. Que desaparezca de mi vista y de mi puta cabeza.

—Mia tiene razón —fuerzo un tono práctico, casi aburrido. Como si su arranque de dignidad me resbalara—. Es lo más sensato. Esto es un piso de estudiantes, no un refugio a largo plazo.

La reacción de Jace es instantánea.

—¿Sensato? ¡Pero bueno! ¿Te ha dado por decir tonterías? —Se planta delante de Mia, protector—. ¡Ni se os ocurra! ¿Un hotel? ¡Venga ya, Mia! ¡Acabáis de salir de un incendio! Os quedáis aquí el tiempo que haga falta. ¡Estáis en vuestra casa, coño!

Se gira hacia mí, la indignación brilla en sus ojos.

—¿Y tú? ¿Le das la razón? ¿Qué te pasa, tío? ¡No vamos a echarlas! ¡Brooke es nuestra amiga! Y, por ende, Mia también lo es.

Me encojo de hombros, pongo la indiferencia como escudo.

—Yo no he dicho que las echemos. He dicho que Mia tiene razón. Es su propuesta. Si no quiere quedarse, que no se quede.

Jace niega con la cabeza, frustrado por mi actitud.

Brooke mira a su amiga, quizás con orgullo disimulado por ella.

Mia mantiene la barbilla alta, aunque noto la tensión en la forma en que aprieta los puños a los costados.

La guerra fría ha vuelto a instalarse en el apartamento y, esta vez, ella ha disparado primero.

Vuelvo a flipar conmigo porque la sensación que me deja es mucho más complicada que simple alivio. Mierda.

—Bueno, no hay más que hablar. Os quedáis aquí y punto.

—Jace rompe el silencio, siempre optimista—.

Habrá que hacer de la necesidad una virtud, ¿no?

¡Ya sé! Tenemos que darles una bienvenida como Dios manda.

Una pequeña fiesta esta noche, para que os sintáis como en casa y os olvidéis del marrón del incendio. ¿Qué me decís?

Mira a Brooke, que asiente con algo más de entusiasmo. Luego me mira a mí. Levanto una ceja.

—Lo que tú digas, Jace. Por mucho que me niegue, lo vas a hacer igual.

Mis ojos, traicioneros, buscan a Mia, que se muerde el labio con la mirada fija en sus manos. Puedo ver el pánico silencioso en su postura. Una fiesta. Aquí. Conmigo. Genial.

—¿Tú qué dices, Mia? —pregunta Jace—. ¿Te animas a una minifiesta de bienvenida improvisada? Prometo que mi música es mejor que la de Alpha Zeta.

Ella levanta la vista, sus ojos se encuentran con los míos una fracción de segundo antes de desviarse hacia Jace. Hay duda, miedo, aunque también… ¿una chispa de curiosidad?

—Yo… no sé —murmura.

—¡Venga ya! Será divertido —insiste Brooke, dándole un codazo suave—. Necesitamos desconectar un poco después de hoy. Además, así conoces a más gente.

Mia no responde. Sigue mirando al suelo, como si la decisión fuera un peso enorme.

Y yo me quedo ahí, apoyado en la encimera, con la cerveza fría en la mano, observándola luchar contra sí misma.

Una parte de mí, la que no soporto, quiere que diga que no, que se esconda, que siga siendo la chica asustadiza de la jaula dorada.

Pero otra parte, la que me jode admitir, siente una punzada de…

algo. Algo que se parece peligrosamente a querer verla decir que sí.

Maldita sea. Esto va a ser un infierno.

Jace sigue con su mood de «anfitrión del año» y su lema de: «No os moveréis de aquí ni con agua caliente». Brooke parece rendirse con una sonrisa cansada, probablemente, pensando que discutir con Jace es una batalla perdida.

Yo me desentiendo. Agarro otra cerveza de la nevera y me dejo caer en el sillón individual, el que está más alejado del sofá-cama donde ellas dormirán estos días.

Abro mi portátil, que encuentro sobre la mesa auxiliar, y finjo que tengo algo urgente que revisar, aunque mi atención es un radar que no puede evitar rastrear cada movimiento en el salón.

Brooke, ya en modo organizadora, empieza a hacerse a su nuevo hogar.

—Vale, pues vamos a instalarnos un poco, ¿no? ¿Os molesta si dejamos las maletas por aquí? Luego vemos cómo nos apañamos con el sofá, ¿nos podréis dejar sábanas y algún edredón? —suelta de carrerilla.

Mientras, Mia rebusca en su maleta, probablemente ropa seca, escucho a Brooke preguntar en voz más baja, aunque no lo suficiente como para que no la oiga desde mi rincón:

—Oye, Mia, con todo el lío del incendio, ¿te has acordado de...? Ya sabes, ¿tu medicación?

Mia asiente, sacando un neceser.

—Sí, tranquila. La llevo siempre conmigo. No se me olvida.