Easton Davis me (odia) quiere Capítulo 9 Refugio #2
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Capítulo 9 Refugio #2

Luego, se da la vuelta y se aleja con el teléfono en la oreja. Al cabo de cinco minutos, regresa a mi lado.

—Un amigo me ha ofrecido su sofá mientras esto se arregla. Su piso no está lejos. Podemos quedarnos allí unos días, hasta que nos dejen volver —me informa, muy contenta.

—¿Un amigo? ¿Qué amigo?

—Bah, no lo conoces, pero es muy decente. Confía en mí, ¿sí?

Vacilo. Mi sentido común me grita que no.

Que eso de dormir en casa de desconocidos no es lo más seguro.

Pero una parte de mí está agotada. Harta.

Hoy ha sido un día intenso, y no quiero pasar la noche en una sala común o en el suelo del gimnasio con otros veinte estudiantes y un termo de café aguado.

—Vale —digo al final—. Confío en ti.

Brooke sonríe, aliviada.

—Vamos, entonces.

El aire de la calle me araña los pómulos y me arranca la poca compostura que me queda.

Estoy calada hasta los huesos, con el abrigo pegado a la ropa y las zapatillas hacen ese ruido desagradable de esponja mojada cada vez que doy un paso.

Brooke camina a mi lado con la mochila colgada de un hombro y el teléfono aún pegado a la oreja, y confirma por enésima vez a su interlocutor que llegamos enseguida.

Yo no tengo muy claro si estoy tiritando de frío o de nervios.

—Te juro que me va a dar algo —murmuro cuando cuelga—. ¿Seguro que no molestaremos?

Brooke suelta una risa nerviosa mientras empuja la puerta del edificio. Al instante, nos envuelve un olor tibio a madera y algo de fritanga. La entrada es modesta, con buzones metálicos en una pared y una escalera al otro lado. No hay ascensor, fantástico…

Subimos por unos escalones angostos y me aferro a la barandilla como si fuera un salvavidas. A cada paso, mi corazón se acelera más. Sé que esto es temporal, pero no puedo evitar sentir que estamos invadiendo territorio ajeno.

—Es el cuarto piso, puerta B —me informa Brooke con voz baja.

Afirmo, porque no tengo aliento y me duelen las piernas, la espalda y hasta los párpados. Cuando llegamos al descansillo, ella se adelanta y me lanza una sonrisa nerviosa mientras pulsa el timbre.

—No te preocupes. —Intenta tranquilizarme, aunque ella parece igual de inquieta que yo—. Seguro que estaremos bien.

No contesto. Solo asiento con la cabeza y aprieto la correa de mi mochila con una mano; se ha vuelto mi cuerda de salvación.

La puerta se abre al cabo de unos segundos y aparece un chico alto, de piel canela y sonrisa simpática, con el pelo recogido en un moño alto y una camiseta negra sin mangas.

—Ey, Brooke. Menuda pinta llevas. Tú eres Mia, supongo —saluda, dirigiéndose a mí con total naturalidad—. Pasad, pasad.

—Gracias por acogernos —agradezco cuando paso por su lado.

—Nada, un placer. Para eso estamos los amigos. Soy Jace, por cierto.

El interior del apartamento huele a café y a colonia masculina. Hay mochilas tiradas por el suelo, libros abiertos sobre la mesa y una manta arrugada en el respaldo del sofá. Todo resulta acogedor y algo caótico, como un lugar vivido.

—Theo está en clase. Yo acabo de llegar —dice Jace, caminando hacia la cocina abierta—. ¿Queréis algo de beber? ¿Agua, zumo, Red Bull, lágrimas de estudiante en época de exámenes?

Sonrío por inercia. Brooke también, aunque mi gesto es más bien el de quien se ríe para disimular los nervios.

—Dejad las cosas en el comedor, sin reparos, vosotras mismas. Quitaos el abrigo que vais caladísimas. Los podéis dejar en la ducha para que se sequen —sugiere, camino a la cocina integrada en el salón.

—¿Dónde está el baño? —pregunto después de deshacerme de la mochila.

—Al fondo a la izquierda, justo frente a la última puerta del pasillo. No tiene pérdida.

—Gracias.

Me escapo de allí a paso firme. El pasillo está silencioso, en penumbra y huele limpio. Me paro un segundo para soltar aire cuando me detengo frente al baño, respiro hondo y giro el picaporte. Pero en ese mismo instante, la puerta que tengo detrás se abre con brusquedad.

Me quedo sin aire.

El que sale de la estancia es Easton.

Easton sin camiseta.

Easton con el pelo revuelto.

Easton con un pantalón de chándal que cuelga bajo en su cadera y con lo que parece una camiseta colgada al hombro.

Sus ojos se abren y nos quedamos congelados. Él parece tan sorprendido como molesto. Yo, directamente, dejo de respirar. Mi mirada asciende desde sus oblicuos hasta las clavículas antes de detenerse en sus ojos. Todo en apenas un parpadeo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, con la voz tan afilada que podría cortarme la piel.

—Yo…

—¿Podrías dejar de titubear en algún momento? —replica antes de que pueda explicarme, con un tono ácido, como siempre que me habla. Se pone la camiseta con un tirón, como si mi mirada le quemara la piel—. ¿Qué haces en mi casa, Mia?

No tengo tiempo de responder, porque Brooke aparece justo entonces al final del pasillo, con una sonrisa culpable.

—¡Oh! Ya os habéis encontrado. Qué bien… —masculla con una sonrisa impostada que muestra su culpabilidad al haberme ocultado información sobre los habitantes de esta casa.

—¿Sabías que él vivía aquí? —le pregunto, aún con el corazón latiendo como si estuviera en una guerra de tambores—. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Sabes que no me soporta! No quiero ser una molestia, Brooke…

—Sabía que si te lo decía antes, no habrías venido. Y necesitábamos un sitio donde quedarnos. No tenía otra opción, Mia —se disculpa.

—Genial —susurro. No a ella, sino a mí misma.

Easton resopla y desaparece dentro de su cuarto con un portazo tan seco que hace vibrar el marco.

Yo me quedo ahí, en medio del pasillo, con las mejillas ardiendo y la cabeza hecha un nudo.

Qué bien empieza esto.