Capítulo 9 Refugio
Mia
El aula tiene un ambiente distinto al habitual, quizá sean los nervios que emanan de cada estudiante frente al primer examen parcial.
Estamos en silencio, tan solo se oye el sonido de bolígrafos que giran entre dedos, folios en blanco con esquinas arrugadas por la ansiedad y el repiqueteo de alguna pierna que no puede estarse quieta.
Me aprieto las manos bajo la mesa; las tengo frías e insensibles, espero que pueda sostener el boli sin que me tiemblen y que la letra me salga algo legible.
Me repito que he estudiado, que me sé la materia de sobra, aunque me haya costado concentrarme después de la fiesta de hace un par de semanas.
No se me va de la cabeza la pseudodiscusión que tuve con Easton.
Me reprendo por ello. ¿Qué más me da que no le caiga bien?
No puedo pedirle explicaciones por su comportamiento, tengo que asumir que no le tengo que gustar a todo el mundo y punto.
Si me cruzo con él de nuevo, tendré que aprender a no tomarme como personal su aversión hacia mí, a pesar de no entenderla.
La profesora reparte las hojas con expresión neutra, como si no estuviera a punto de influir en el estado de ánimo de más de cuarenta personas durante los próximos días.
Me lanza una sonrisa rápida cuando me deja el examen boca abajo encima del pupitre.
A mí me sale una mueca de vuelta; el nudo en el estómago no me deja hacer más.
Cuando nos da permiso para empezar, respondo, en primer lugar, la pregunta más fácil.
Siempre hago lo mismo. Es mi manera de ponerme en situación, igual que meter primero un pie en la piscina antes de sumergirte entera.
Poco a poco, los minutos dejan de pesar.
Y cuando me doy cuenta, ya estoy en la última página.
Al salir del aula, me invade una sensación rara, entre alivio y agotamiento, como la de haber corrido una maratón sin moverme del sitio.
Mientras me dirijo a la salida, saco el móvil del bolsillo y veo un mensaje de Anne y una llamada perdida de papá.
Creo que estaban más nerviosos que yo por este examen.
Miro al cielo cuando el viento, frío y húmedo, me abofetea la cara; hoy el tiempo es muy inestable, ha estado lloviznando todo el día y el cielo parece a punto de caerse en este momento.
Tendré que darme prisa en volver a la residencia si no quiero que me pille el diluvio universal, aunque antes quiero hablar con ellos: me resguardo en un lateral de la entrada, me apoyo en una columna y desbloqueo el terminal para llamar a mi padre.
—¿Mia? —responde al primer tono con la voz más tensa de lo habitual—. ¿Cómo ha ido?
—Acabo de salir, creo que bien —respondo, cruzando los dedos dentro del abrigo—. No quiero hacerme ilusiones, pero creo que puedo sacar buena nota.
—Esa es mi chica. Cariño, hablamos más tarde, tengo una reunión en un minuto.
—Claro, papá. Hablamos luego.
—¿Quieres que me pase este fin de semana? Puedo ir con Anne y así ella puede aprovechar para visitar a su hijo. —Me da un vuelco el estómago solo de pensar en él. Aunque no quiera, no puedo evitar que me afecte su animadversión hacia mí.
—Tengo muchas ganas de veros —respondo con rapidez para sacudirme esa sensación de malestar—, aunque quizá lo dejamos para más adelante porque estamos en mitad de los parciales, ¿recuerdas?
—Es cierto. Te echo de menos, pequeña. Hablamos luego que me están esperando.
—Hasta luego, papá.
Suspiro y me resigno a mi realidad: aunque haya cambiado su sobreprotección hacia mí, sigue igual de ocupado que siempre.
Cuando llamo a Anne, me descuelga con un tono más cálido, más familiar.
—Hola, cielo. ¿Cómo ha ido?
—Creo que bien. He terminado hace un rato.
—Sabía que lo harías. Estoy tan orgullosa de ti… ¿Sabes que, mientras hacías el examen, me he pasado la mañana preparando galletas por los nervios? He llenado media cocina. Vas a tener que volver a casa pronto o me las voy a acabar comiendo todas.
—Gracias —digo bajito, con una sonrisa que me nace sola—. Qué peso me he quitado de encima…
—¿Ves como todo esfuerzo tiene recompensa? ¡Y tú llevas semanas estudiando como una hormiguita!
—Ya… —Cierro los ojos y dejo que su voz me arrulle—. Gracias por estar siempre ahí, Anne. No sé qué haría sin ti. Te quiero mucho…
Una voz irrumpe con una frialdad que me deja helada.
—Qué entrañable todo —suelta con ironía y acompañado de un aplauso lento y mordaz—. Pero no olvides que ella ya tiene un hijo y no eres tú.
Alzo la vista, con el móvil aún pegado al oído. Easton está de pie, a un metro de mí. No lo he visto llegar, y ahora su mirada me atraviesa como una cuchilla.
—¿Disculpa? —digo por si he entendido mal.
—Disculpada —responde con una ceja arqueada y las manos en los bolsillos del vaquero—. Pero piénsate dos veces antes de adjudicarte relaciones ajenas como si fueran tuyas. —Pongo el móvil en mute para que Anne no oiga a su hijo «en acción».
—No pretendo…
—Claro que no. Tú nunca pretendes nada. Solo tienes que descolgar el teléfono y listo, ya tienes a MI madre para que te adopte emocionalmente cada vez que lo necesitas —espeta, dando un paso atrás—. Crece un poco, ¿quieres? Ya no tienes ocho años.
Sus palabras se me clavan como cristales.
—No sabes lo que dices —susurro.
—Sé perfectamente lo que digo. El problema es que tú crees que el mundo gira a tu alrededor.
No le contesto. No puedo. Me quedo inmóvil, apoyada en la columna, temblando de rabia y vergüenza.
Easton se da la vuelta y se aleja sin mirar atrás. Las conversaciones a mi alrededor vuelven como si alguien quitara el mute que no he sido consciente de haber activado. Pero yo sigo ahí, aturdida, con el teléfono en la mano sin poder colgar.
—Mia, ¡Mia! ¿Estás bien? —pregunta Anne desde el otro lado.
Me llevo una mano al pecho, como si eso bastara para protegerme del golpe.
—Sí, sí —respondo audaz, tras activar otra vez el sonido—. Solo… solo era un compañero de clase —miento. No sé por qué no quiero confesarle lo mal que le caigo a su hijo—. Tengo que colgar, empieza a llover fuerte y tengo que llegar a la residencia.
—Cuídate, mi niña.
—Adiós, Anne. —Y ese «mi niña» me duele, porque ahora, después de escuchar las acusaciones de Easton, me siento mal por que me trate con cariño.
Tengo que correr para no empaparme, aunque es en vano, la lluvia cae con fuerza y llego a la habitación empapada.
—¡Dios! La que está cayendo —digo a modo de saludo al entrar.
Brooke está concentrada frente al ordenador.
—Sí, menos mal que esta tarde no tenía clase. ¿Qué tal el examen?
—Bien, bien. He sabido responder a todo. Aprobaré seguro.
—Empollona…
Voy hacia el baño para cambiarme y ponerme ropa seca. Me peino y cuando enchufo el secador para no coger una pulmonía, Brooke llama a la puerta con insistencia.
—¡Mia, rápido! Tenemos que irnos —exclama con premura—. Hay un incendio en el edificio y el pasillo está lleno de humo.
Abro la puerta de un tirón e inhalo: es verdad, ¡huele a quemado!
—¡Corre! Date prisa, coge lo imprescindible —me ordena mientras mete el portátil en la mochila.
Me lanzo a mi escritorio y hago lo propio.
—Coge algo de ropa, por si acaso, el bolso, tu documentación, apuntes… —enumera, muy nerviosa.
—¿No se supone que en situaciones así tenemos que salir con lo puesto? —expreso, histérica, sin parar de coger cosas.
—Sí, sí, pero si esto arde, no quiero quedarme sin mis básicos —argumenta desde el baño donde la oigo abrir y cerrar cajones.
Unos golpes en la puerta de la habitación me sobresaltan.
—¿Hay alguien? —pregunta una voz masculina desde fuera.
Abro la puerta y me encuentro a un bombero llamando a la puerta de enfrente y una humareda, gris oscura, que entra en el dormitorio y me hace toser.
—Señorita, salga inmediatamente, debe desalojar la habitación, ¡ya! —Y sale corriendo para llamar al resto de puertas cerradas que hay en el pasillo.
—¡Brooke! Vámonos, cada vez hay más humo —la apremio a la vez que me lanzo a la cama y cojo la mochila, el bolso y una maleta de mano que he ido rellenando.
—Vamos, vamos, ya estoy.
El pasillo es una marea de estudiantes que corre escaleras abajo.
Nos tenemos que tapar la nariz con el antebrazo porque el humo es espeso y nos escuece en los ojos.
Hay varios bomberos que nos ayudan a descender y nos guían hasta la salida.
Conforme bajamos, la respiración se vuelve más difícil porque la humareda es más espesa.
En la entrada, hay mucha gente en la acera, algunos con mantas sobre los hombros, otros hablando nerviosamente por teléfono. Un par de policías y un bombero conversan junto a la entrada principal, donde una cinta amarilla acordona el recinto.
Otro agente nos obliga a alejarnos del portal y lo obedecemos sin rechistar, atónitas y asustadas frente a lo que vemos: de varias ventanillas del sótano sale un humo virulento mezclado con lenguas de fuego.
Estamos tan asustadas que no nos damos cuenta de que la lluvia no ha cesado y nos vuelve a calar enteras. Corremos a refugiarnos bajo el porche del edificio que tenemos enfrente.
—Madre mía, Brooke, esto tiene muy mala pinta. ¿Qué habrá pasado? —pregunto más para mí que a ella.
—Dicen que ha sido una avería eléctrica en uno de los cuadros de la sala de la lavandería —nos informa una chica a nuestro lado.
—Sí, y como no se den prisa, el incendio se va a extender. ¿Por qué tardan tanto en enchufar las mangueras? —dice otro compañero de residencia.
Y justo en ese momento empiezan a intentar controlar el fuego.
—Mia, creo que nos hemos quedado sin habitación, al menos, por esta noche —señala Brooke con la mirada fija en las llamas, que ahora dan mucho más miedo.
—Y con la que está cayendo… ¿Miramos algún hotel? —propongo ya con el móvil en la mano y una aplicación de búsqueda abierta.
Brooke duda unos segundos. Sus ojos, siempre seguros, están agitados, moviéndose de un lado a otro, buscando una solución en el aire.
—Tengo una idea —prorrumpe al poner una mano sobre las mías para que deje de teclear—. Pero necesito que confíes en mí. ¿Vale?