Capítulo 8 Edward Cullen
Easton
Las luces de la casa parpadean al ritmo de la música, y el bajo retumba contra las paredes con la fuerza suficiente como para hacer vibrar el suelo.
En cuanto cruzo la entrada de la fraternidad, noto ese ambiente cargado de calor, alcohol y euforia sin contención que me resulta del todo familiar.
El salón principal está abarrotado de gente que baila, ríe y grita.
Es viernes y el mundo parece haber olvidado que el mañana existe.
Theo me pasa una cerveza y me da una palmada en el hombro.
—¿Por fin has decidido comportarte como un universitario normal? —pregunta con una sonrisa torcida.
—No te acostumbres —respondo, medio en broma, medio en serio, llevándome el vaso rojo a los labios.
No tengo motivos reales para estar aquí, salvo evitar quedarme solo en el apartamento un viernes por la noche.
Y eso es algo que no pienso confesar. Me recuesto contra una de las columnas y observo cómo la gente se mueve como una marea constante a través del salón.
La risa contagiosa de Jace, mi otro compañero de piso, se escucha por encima de la música, y no tardo ni un par de minutos en sentirme integrado al grupo.
Hago un par de bromas, me río de una historia que no he escuchado entera y lanzo una mirada de complicidad a una chica que se cuela en la conversación, solo para que le preste atención.
Todo está en orden. Todo fluye hasta que veo a Brooke aparecer de la nada; no sería algo extraño si no fuera porque la acompaña Mia, y el tiempo, de repente, se atasca.
Cuando cruza el umbral de la puerta, todo mi buen humor desaparece. Tal cual. Como si alguien me hubiera dejado a oscuras. Va pegada a su amiga, que la agarra de la mano como si la arrastrara por un campo minado. Mia va algo más despacio, insegura, con esa mirada atenta que escanea cada rincón.
Está distinta, no solo por la ropa o por el maquillaje. Es algo en la forma en que pisa el suelo: más ligera, como si se atreviera a flotar un poco.
No aparto la mirada de ella. Aprovecho para observarla a placer ahora que aún no me ha visto, o eso creo, no estoy seguro. Lo único que sé es que mi pecho se tensa sin aviso cuando se le acerca un tío.
No la conozco lo suficiente como para saber si ese gesto incómodo en su rostro es porque le gusta o porque preferiría estar en cualquier otro lugar. Pero él le dice algo, ella sonríe... y yo trago saliva. Fuerte.
Decido dejar de observar la escena y vuelvo a inmiscuirme en la conversación con Theo y Jace, sin embargo, este nudo molesto en el estómago no desaparece, tira de mí, me controla y hace que vuelva a girar la mirada que, esta vez, se ancla a la suya, congelándome en el acto.
No entiendo por qué tengo ganas de cruzar ese maldito salón y arrancarle la sonrisa de idiota que seguro que tiene el tipo que la acompaña. ¿Celos? ¿De qué? ¿De alguien a quien odio desde los orígenes de la tierra? ¿De una chica con la que solo he intercambiado frases cargadas de sarcasmo?
La veo parpadear y volver a prestarle atención a ese tipo que no reconozco de espaldas.
Me obligo a dejar de mirarla. Cuento hasta cinco.
Luego hasta diez. Intento hacer caso a Jace, que se ha puesto a contarme algo sobre un profesor que se lía con una estudiante de segundo.
Pero no lo escucho. No puedo. Porque mis ojos vuelven a buscarla.
Ahí sigue, con ese idiota que no se quita de encima.
Mia se ríe. Una risa pequeña, nerviosa. Sus hombros se encogen un poco, como si no supiera muy bien qué hacer con su cuerpo.
No está cómoda, lo noto en la forma en que juega con el borde de su vaso, en cómo su mirada se escapa hacia todos lados buscando una salida.
Y de pronto, algo en su expresión me pone alerta, ya no tiene esa luz con la que ha entrado.
Me fijo mejor en la escena para averiguar qué ha podido pasarle y veo que ese gilipollas con el que habla le ha rodeado la cintura con un brazo, y ella intenta zafarse con disimulo.
No me hace falta más, me aparto del grupo y avanzo sin pensarlo.
Él se ladea y puedo ver que se trata de Logan.
Menuda mierda, tenía que hablar justo con el imbécil de entre todos los imbéciles.
Estudia alguna asignatura conmigo y no puedo con él.
Nunca me ha gustado su fanfarronería y su pavoneo cada lunes al contar a cuántas tías se ha tirado el último fin de semana. Frunzo el ceño sin darme cuenta.
Es de esos que sonríen cuando creen que tienen a su presa en el saco, que buscan fisuras y se cuelan por ellas. Y la mira como si ya fuera suya; no lo aguanto.
Doy un paso tras otro, sorteando a la gente que se me cruza y a la que me encuentro bailando en mitad del salón. Estoy cerca de ellos cuando Logan vuelve a acercarse a ella, le susurra algo al oído y la toma de la muñeca con demasiada confianza.
—No me apetece que me toques —dice ella, con la voz alta y clara.
Me detengo.
—¿Vas a negarte ahora? —responde él, con esa sonrisita de gilipollas—. Si llevas un rato coqueteando conmigo, princesa.
—No lo he hecho. Solo he sido educada.
Logan intenta avanzar un paso más, pero ella se aparta. Se le escapa un «basta», más firme de lo que esperaba leer en sus labios. Y antes de que él pueda soltar otra idiotez, levanta el vaso y le tira el contenido encima.
Una carcajada se escapa de algunos que observan. Él retrocede, furioso, con los puños a los lados, y su intención de volver a acercarse a ella me indica que ya ha llegado el momento de intervenir.
—¿Algún problema, Logan? —pregunto sin apartar la vista de su cara.
—Qué casualidad, Davis. Siempre apareces donde no te llaman.
—Y tú siempre donde no deberías. Creo que a Mia ya no le apetece hablar contigo, ¿no crees? —Señalo su camiseta empapada sin apartar los ojos de su cara.
Logan bufa, se separa la camiseta del pecho y murmura algo que no alcanzo a entender. Lo vigilo mientras se aleja y, cuando ya no está, me giro hacia Mia.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. No hacía falta que intervinieras, ya lo había solucionado solita —espeta, con los ojos furiosos clavados en los míos. No hay sarcasmo en ellos, ni rabia. Es más bien determinación.
—Lo he visto —respondo. No sé por qué, pero lo hago.
—Bien, entonces no hace falta que te dé las gracias como en aquella ocasión, ¿verdad?
Empieza a andar con paso firme para salir de casa, se aleja de mí con las mejillas encendidas por algo más que el incidente. Le tiembla un poco la mano con la que sostiene el vaso vacío, que deja encima de la estantería que hace las veces de recibidor.
Salgo tras ella a la calle y no se detiene, anda de vuelta a la residencia, cabreada. La brisa le revuelve el pelo y solo quiero notar su suavidad entre mis dedos.
¿Qué narices estoy pensando?
—¿Por qué lo haces? —pregunta sin pararse siquiera a mirarme.
—¿El qué? —Estoy totalmente fuera de juego.
—Ser tan imbécil conmigo.
Su sinceridad me atraviesa el pecho.
—No soy imbécil.
—No, claro que no. Solo conmigo. Con Brooke eres encantador. Con todos en esta maldita universidad, de hecho. Pero basta con que yo esté cerca para que te conviertas en una versión de ti que, sinceramente, no me interesa conocer. ¿Qué pasa, te crees Edward Cullen al conocer a Bella?
Me detengo y ella también.
—Yo no soy de ninguna manera contigo —me defiendo sin demasiados argumentos.
—No, claro que no. Si pudieras, me volverías invisible. ¡Y no entiendo por qué! —grita exasperada—. Te juro que no sé qué te he podido hacer para que me trates de esta manera.
No puedo responder. No puedo decirle lo que no entiendo ni yo. Que su presencia me irrita tanto como me arrastra. Que verla reír con otros me revuelve el estómago. Que mi madre la adoraba cuando yo solo quería que me mirara a mí.
—Buenas noches, Mia —murmuro al final, y me doy la vuelta.
La escucho rebufar y seguir su camino de regreso a su habitación. Yo hago lo propio hacia la mía. La noche ha terminado pronto y bastante mal.
El semáforo de la esquina parpadea en rojo y proyecta su luz sobre el asfalto húmedo. La ciudad sigue viva, ajena a lo que yo siento. Al caos que tengo dentro.
Saco el móvil del bolsillo de la chaqueta y, sin pensarlo demasiado, busco el contacto de Brooke. No suelo llamar a nadie a estas horas, pero debo informarla de que su amiga se ha ido a casa para que no se preocupe.
—¿Easton? —responde al descolgar.
—Sí. Solo quería decirte que Mia se ha ido hacia la residencia.
Silencio al otro lado. Después, una exhalación.
—¿Está bien? —Se preocupa.
—Sí. Más o menos.
Me rasco la frente, incómodo.
—¿Qué ha pasado? La dejé tranquila hablando con Logan…
—Pues precisamente eso ha pasado: Logan. Ha hecho el capullo con ella y Mia le ha tirado la bebida por encima. La he acompañado un trozo, pero hemos terminado discutiendo.
—¿Qué narices te pasa con ella? —inquiere algo incrédula.
—Ve a verla, ¿de acuerdo? —corto por lo sano. Me niego a hablar de esto con nadie.
Suspira y suelta un pequeño quejido.
—Dios, me siento fatal —murmura ella—. Fui yo la que insistió para que viniera. Me dijo que nunca había ido a una fiesta y yo pensé que sería divertido. Algo de tranquis. No tenía intención de que terminara así.
—No ha sido culpa tuya —la excuso, aunque mi voz no suena tan convencida como debería.
—Un poco sí, Easton —suelta con amargura—.
Debí darme cuenta de que estaba fuera de lugar.
Me pareció adorable lo feliz que se veía cuando nos arreglamos, cómo intentaba encajar al llegar a la fiesta.
Y aun así, solo pensaba en que se soltara, que viviera la experiencia, que se desinhibiera… Qué estúpida soy, ¿no?
Me muerdo el labio y miro al cielo. Las luces de los edificios se reflejan en las nubes bajas, creando una falsa sensación de amanecer.
—No, no eres estúpida —respondo al final—. Pero Mia no es como las demás. Nunca lo ha sido. Y eso, no sé, lo deberíamos tener en cuenta.
Brooke no dice nada y yo tampoco. A veces el silencio dice más que mil palabras.
—Bueno, voy a casa. —Soy yo quien rompe el silencio—. Avísame si mañana no está bien, ¿vale?
—Lo haré, gracias por llamar.
Cuelgo y me quedo quieto en mitad de la acera. Miro mi reflejo en el escaparate de una tienda cerrada y no me gusta la visión que proyecto. Me giro para no verme y reemprendo la marcha, jodidamente confundido.
No sé qué tiene Mia que me revuelve cada pensamiento. Tal vez es la forma en que me recuerda que crecimos en mundos diferentes. O que mi madre la cuidaba mientras yo contaba los días para que volviera a casa.
O tal vez es solo que no puedo soportar verla brillar sin entender por qué me importa tanto.
Esta noche la he visto reír. La he visto defenderse. Y me he sentido orgulloso. Orgulloso y furioso. Porque el muy idiota de Logan se ha atrevido a tocarla. Porque yo no estaba allí antes. Porque no soy capaz de tratarla como al resto. Porque con ella nada es sencillo.
Y lo peor de todo: me ha dolido verla temblar.
La rabia que he sentido cuando ella me ha pedido explicaciones ha sido solo el eco de algo más profundo. De esa maldita necesidad de mantenerla lejos, de seguir viendo en ella todo lo que me ha faltado.
Pero, entonces, ¿por qué me he quedado mirando como un imbécil mientras hablaba con Logan? ¿Por qué la he seguido por toda la fiesta con la mirada?
Apoyo la cabeza contra la puerta de entrada cuando llego al edificio y cierro los ojos.
«…Te conviertes en una versión de ti que no me interesa conocer», ha dicho.
Y tiene razón; no tiene que conocerme ni yo permitirlo.
Sacudo la cabeza, saco las llaves de casa y entro. El silencio del pasillo me envuelve como una manta cálida en una noche de invierno. Como una tregua.
Mañana será otro día. Y no quiero pensar en si me volveré a cruzar con ella.
Porque sé que lo haré.
Y también sé que la volveré a mirar.